Bajo su Imperio

Capítulo 34 El amo de las sombras

La inmensa puerta de piedra terminó de abrirse con un estruendo que hizo vibrar cada columna del santuario.

La figura vestida de negro permanecía inmóvil en el umbral.

No llevaba escoltas.

No empuñaba armas.

Su sola presencia imponía un silencio que ninguno de los hombres más poderosos de Europa había conseguido provocar jamás.

El resplandor de las antorchas apenas alcanzaba a delinear el contorno de su rostro.

Sus ojos, de un gris acerado, recorrían uno por uno a los presentes con una calma inquietante, como si hubiera previsto cada paso que los había conducido hasta allí.

Alessandro dio un paso al frente.

Instintivamente, Elena intentó sujetarlo del brazo.

Él apoyó una mano sobre la de ella sin apartar la vista del desconocido.

—Pase lo que pase, no te alejes de mí.

Ella asintió en silencio.

Por primera vez desde que comenzó aquella guerra comprendía que el verdadero peligro no siempre llegaba con disparos.

A veces llegaba sonriendo.

El hombre de negro observó el círculo formado por los cuatro medallones suspendidos sobre el altar.

Una leve sonrisa apareció en su rostro.

—Debo reconocer que han superado mis expectativas.

Su voz era serena.

Sin arrogancia.

Sin prisa.

Como quien sabe que el tiempo siempre juega a su favor.

Lord Octavian avanzó lentamente.

—Pensé que jamás volvería a verte.

El desconocido inclinó apenas la cabeza.

—Porque deseabas creer que habías ganado.

Octavian cerró los ojos durante un instante.

—Te vi caer.

—Viste caer a un hombre.

Respondió el desconocido.

—Pero las ideas no mueren con facilidad.

Gabriel dio un paso adelante.

El viejo Libro de los Elegidos comenzó nuevamente a vibrar entre sus manos.

Las páginas se movían con violencia.

La tinta aparecía y desaparecía sin detenerse.

Finalmente una única palabra quedó escrita con claridad.

“Némesis.”

Gabriel levantó lentamente la vista.

—Ese es tu nombre.

El hombre sonrió.

—No.

Es el nombre que ustedes me dieron.

Mi verdadero nombre dejó de importar hace mucho tiempo.

Renzo frunció el ceño.

—Siempre disfrutaste ocultándote detrás de las máscaras.

Némesis sostuvo su mirada.

—Y ustedes siempre disfrutaron creyendo que conocían al enemigo.

Elena observó atentamente al recién llegado.

Había algo extraño en él.

No parecía un mafioso.

No tenía el aspecto de un hombre acostumbrado a la violencia.

Transmitía la serenidad de un profesor.

La elegancia de un diplomático.

Y la paciencia de un estratega.

Aquello lo hacía infinitamente más peligroso.

—¿Por qué hiciste todo esto?

Preguntó.

Él la observó con una expresión casi amable.

—Porque las personas buenas hacen las preguntas correctas.

Respiró lentamente.

—Pero llegan demasiado tarde para escuchar las respuestas.

Leon apretó los puños.

Toda su vida había sido utilizada por otros.

Ya no estaba dispuesto a permanecer en silencio.

—Tú destruiste nuestras familias.

Némesis negó lentamente.

—No.

Yo solo les ofrecí la oportunidad de destruirse entre ustedes.

El silencio cayó sobre el santuario.

Lucien comprendió el verdadero significado de aquellas palabras.

Ninguna de las tragedias había comenzado por un disparo.

Habían comenzado por la desconfianza.

Por una mentira.

Por un secreto.

Renzo dio un paso adelante.

—Terminemos con esto.

Némesis lo observó con una leve sonrisa.

—Siempre fuiste demasiado impulsivo.

—Y tú demasiado cobarde para luchar de frente.

El desconocido dejó escapar una breve risa.

—¿Cobarde?

Llevo treinta años esperándolos exactamente en este lugar.

Podría haberlos eliminado uno por uno.

Sin embargo preferí esperar.

Porque necesitaba que todos descubrieran la verdad antes de destruirla.

Alessandro no soportó más el juego de palabras.

Su voz retumbó en la sala.

—¿Qué quieres?

La respuesta fue inmediata.

—Lo mismo que tú buscabas cuando comenzó esta historia.

El imperio.

Alessandro negó lentamente.

—Ya no.

Némesis observó durante unos segundos el rostro del mafioso.

Después sonrió con auténtica satisfacción.

—Excelente.

Entonces ya puedo arrebatártelo sin que intentes recuperarlo.

El Guardián permanecía inmóvil.

Sus ojos no abandonaban al hombre vestido de negro.

Elías rompió finalmente el silencio.

—Todavía puedes detenerte.

Némesis lo miró con un respeto inesperado.

—Siempre fuiste el único que creyó posible la redención.

El anciano respondió con firmeza.

—Y sigo creyéndolo.

La sonrisa desapareció lentamente del rostro del desconocido.

—Entonces has desperdiciado tu vida.

En ese mismo instante, varios kilómetros más arriba, la mujer de cabello plateado conducía a Adrián Valmont por un corredor oculto.

Las paredes estaban cubiertas por retratos de hombres y mujeres desconocidos.

Todos llevaban el mismo anillo de plata.

Adrián observó el último cuadro.

Sintió que el aire abandonaba sus pulmones.

Era el mismo hombre que acababan de encontrar en el santuario.

Mucho más joven.

Debajo del retrato podía leerse una inscripción.

“Director de la Hermandad del Umbral.”

Adrián retrocedió lentamente.

—No…

Ella asintió.

—Ahora entiendes quién dirigía realmente la guerra.

De regreso en el santuario, los cuatro medallones comenzaron a emitir una intensa luz.

Némesis observó el fenómeno sin mostrar sorpresa.

—Al fin despertaron.

Gabriel frunció el ceño.

—¿Sabías que ocurriría?

—Por supuesto.

Contestó con absoluta tranquilidad.

—Fui yo quien escribió la primera versión de la profecía.




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