Bajo su Imperio

Capítulo 37 La promesa de sangre

El disparo quebró el silencio del santuario.

El estampido rebotó contra las antiguas paredes de piedra mientras todos observaban, incapaces de reaccionar, la trayectoria del proyectil.

Alessandro sintió que el tiempo se detenía.

Solo alcanzó a ver el rostro de Elena.

Sus ojos permanecían abiertos, fijos en él.

Instintivamente se lanzó hacia ella.

Pero alguien llegó primero.

Vittorio.

El hombre se interpuso entre el disparo y la joven sin dudar un solo instante.

La bala impactó violentamente en su pecho.

El golpe lo hizo retroceder dos pasos.

Después cayó de rodillas.

Elena lanzó un grito.

—¡No!

Alessandro sostuvo a su padre antes de que golpeara el suelo.

La sangre comenzaba a extenderse rápidamente sobre su camisa.

Vittorio respiraba con dificultad.

Sin embargo, una leve sonrisa apareció en su rostro.

—Esta vez…

No llegué tarde.

El silencio duró apenas un segundo.

Después estalló el caos.

Marco abrió fuego contra los encapuchados.

Leon empujó a Sofía detrás de una columna.

Lucien tomó del brazo a Valeria y la condujo hacia el antiguo altar.

Adrián respondió con una precisión impecable, obligando a los atacantes a buscar cobertura.

El eco de los disparos transformó el santuario en un campo de batalla.

Las chispas saltaban al impactar contra las columnas.

El polvo volvía a llenar el aire.

Elena permanecía junto a Alessandro.

No apartaba la mano del pecho de Vittorio, intentando detener la hemorragia.

—No cierre los ojos.

Por favor…

No los cierre.

Vittorio la miró con ternura.

—Eres exactamente igual que tu madre.

Aquellas palabras dejaron inmóvil a Renzo.

Némesis observaba el enfrentamiento sin mover un solo músculo.

Su serenidad resultaba aterradora.

Parecía haber previsto cada disparo.

Cada movimiento.

Cada decisión.

El Guardián lo enfrentó con la mirada.

—Todavía puedes detener esto.

Némesis negó lentamente.

—No.

Hace demasiado tiempo crucé el punto de no retorno.

Gabriel protegía el Libro de los Elegidos contra su pecho.

De repente sintió que las páginas comenzaban a moverse con violencia.

Las letras aparecieron una tras otra.

“No permitas que la sangre inocente toque el altar.”

Levantó inmediatamente la vista.

Vio cómo la sangre de Vittorio avanzaba lentamente por el suelo.

Directamente hacia la caja abierta.

—¡Alessandro!

Gritó.

—¡Muévelo!

Pero ya era demasiado tarde.

La primera gota cayó sobre la madera.

Toda la cámara comenzó a vibrar.

Las antiguas piedras emitieron un sonido profundo.

Las paredes parecían despertar.

Los cinco medallones suspendidos sobre el altar comenzaron a girar con una velocidad imposible.

La luz blanca se transformó lentamente en un intenso color dorado.

Elías cerró los ojos.

—La Cámara aceptó el sacrificio.

Renzo comprendió inmediatamente.

—No…

Eso jamás debía ocurrir.

Vittorio tomó con dificultad la mano de Alessandro.

Cada palabra parecía costarle un enorme esfuerzo.

—Escúchame…

No queda mucho tiempo.

Alessandro negó con desesperación.

—Vas a salir de aquí.

Te sacaré.

Encontraremos un médico.

Vittorio sonrió con tristeza.

—Todavía intentas salvar a todos.

Exactamente igual que ella.

El antiguo mafioso sintió un nudo en la garganta.

—¿Quién?

—Tu madre.

Elena observaba la escena con lágrimas en los ojos.

Nunca había imaginado presenciar aquel encuentro entre padre e hijo.

Mucho menos en esas circunstancias.

Vittorio respiró con dificultad.

—Hay algo…

Que nunca te dijeron.

Alessandro acercó el rostro.

—¿Qué cosa?

—La noche del incendio…

No buscaban matarme.

Venían por ti.

El silencio cayó nuevamente.

Incluso los disparos parecieron desaparecer durante un instante.

Renzo levantó la cabeza.

Aquella confesión explicaba demasiadas cosas.

Valeria también comprendió.

—Por eso cambiaron al niño.

Susurró.

Vittorio asintió débilmente.

—Sí.

Alessandro nunca debía crecer con nuestro apellido.

Era la única manera de mantenerlo vivo.

Alessandro sintió que toda su historia volvía a desmoronarse.

Cada verdad revelada escondía otra aún más profunda.

Némesis caminó lentamente entre los disparos.

Las balas parecían respetarlo.

Se detuvo frente a Alessandro.

Lo observó durante varios segundos.

—Ahora entiendes por qué siempre intenté encontrarte.

Alessandro levantó lentamente la mirada.

—¿Para matarme?

—No.

Respondió Némesis.

—Para convencerte de ocupar mi lugar.

El silencio fue absoluto.

Incluso Adrián dejó de disparar durante un instante.

Gabriel no podía creer lo que acababa de escuchar.

Némesis continuó.

—Siempre fuiste el único capaz de mantener unidas a las familias.

Yo quería que gobernaras después de mí.

El antiguo mafioso negó con firmeza.

—Jamás aceptaría construir un imperio sobre el miedo.

Némesis sonrió.

—Por eso precisamente eras el elegido.

Las luces del santuario comenzaron a intensificarse.

La caja abierta emitía ahora un resplandor cegador.

Dentro apareció lentamente un antiguo pergamino sellado con cera negra.

Elías dio un paso adelante.

—No lo toquen.

Pero el pergamino se elevó por sí solo.

Flotó lentamente hasta quedar frente a Alessandro.

El sello se rompió.

Las palabras comenzaron a escribirse solas.

Gabriel leyó en voz alta.

“Solo quien renuncie al poder podrá romper el juramento.”

La inscripción continuó.

“El último soberano deberá elegir.”




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