Bajo su Imperio

Capítulo 41 Los olvidados del túnel

Un silencio expectante se extendió por el santuario.

Las palabras del custodio parecían desafiar toda lógica.

—Hay personas viviendo allí…

Repitió Gabriel en voz baja.

—¿Durante cincuenta años?

El comandante de la Orden sostuvo la mirada del joven.

—Eso fue exactamente lo que dijeron.

Nadie habló.

Las antiguas paredes seguían desprendiendo pequeñas piedras mientras el eco de la batalla desaparecía lentamente.

La montaña ya no parecía un campo de guerra.

Parecía un inmenso mausoleo decidido a conservar los últimos secretos de generaciones enteras.

Alessandro tomó la mano de Elena.

Ella sintió que seguía temblando.

No por miedo.

Por todo lo que acababa de descubrir.

Durante años había gobernado hombres armados, negociado con criminales y sobrevivido a incontables atentados.

Sin embargo, ninguna de aquellas experiencias lo había preparado para enfrentarse a la verdad sobre su propia familia.

Elena acarició suavemente sus dedos.

—No tienes que hacerlo solo.

Él la observó.

Por primera vez desde que entraron en la montaña, dejó de mirar el pasado.

Miró el futuro.

—Nunca más.

Respondió con una serenidad nueva.

El comandante de los Custodios dio la orden.

—Abran el corredor.

Cuatro hombres comenzaron a retirar enormes bloques de piedra que ocultaban una abertura estrecha detrás del altar principal.

El polvo llenó nuevamente el ambiente.

Poco a poco apareció un arco construido con una piedra mucho más antigua que el resto del santuario.

Sobre él podía leerse una inscripción.

Gabriel limpió cuidadosamente la superficie.

Leyó despacio.

—“Solo quienes perdonen encontrarán el camino.”

Renzo dejó escapar una leve sonrisa.

—Parece que esta montaña siempre tuvo sentido del humor.

Vittorio negó suavemente.

—No.

Siempre tuvo memoria.

El grupo comenzó a internarse en el nuevo pasadizo.

El corredor descendía lentamente.

Las paredes estaban cubiertas por antiguos frescos que mostraban escenas muy distintas a las del santuario principal.

No había guerras.

No había coronas.

No había armas.

Solo familias.

Niños.

Madres.

Ancianos compartiendo la misma mesa.

Elena observó una de aquellas pinturas.

—¿Por qué ocultaron esto?

Vittorio respondió con tristeza.

—Porque los hombres siempre conservan mejor la historia de las batallas que la de la paz.

Después de varios minutos descendiendo, el corredor desembocó en una inmensa galería subterránea.

Todos quedaron inmóviles.

Frente a ellos se extendía una pequeña ciudad construida bajo la montaña.

Había casas de piedra perfectamente conservadas.

Huertos iluminados por antiguos tragaluces naturales.

Un río subterráneo atravesaba el lugar.

Niños corrían entre las calles sin mostrar miedo.

Ancianos conversaban sentados frente a las puertas de sus hogares.

Parecía un mundo detenido en el tiempo.

Elena apenas pudo susurrar.

—Es imposible…

Gabriel respondió.

—Y sin embargo existe.

Los habitantes comenzaron a detener sus actividades.

Uno tras otro dirigieron la mirada hacia los recién llegados.

No parecían sorprendidos.

Parecían aliviados.

Como si hubieran esperado aquella visita durante décadas.

Una anciana avanzó lentamente apoyándose en un bastón de madera.

Su cabello completamente blanco caía sobre un sencillo vestido gris.

Al llegar frente a Alessandro levantó una mano temblorosa.

Le acarició suavemente el rostro.

Después sonrió.

—Tienes los ojos de tu madre.

Alessandro sintió un nudo en la garganta.

—¿Usted la conoció?

La mujer asintió.

—La vi por última vez la noche en que decidió salvarte.

Vittorio cerró los ojos.

Aquellas palabras despertaban recuerdos que llevaba demasiado tiempo intentando olvidar.

La anciana lo observó.

—Tú también regresaste.

El hombre inclinó la cabeza.

—Demasiado tarde.

Ella negó con dulzura.

—Mientras exista un abrazo pendiente…

Nunca es demasiado tarde.

Renzo recorría el lugar con incredulidad.

Cada rincón parecía conservar fragmentos de una historia desconocida.

Valeria caminó hasta una pequeña plaza central.

En medio de ella había una estatua cubierta por un paño blanco.

Algo llamó inmediatamente su atención.

En la base estaba grabado el mismo símbolo del anillo de plata.

Pero rodeado por una frase diferente.

Leon la leyó.

—“El verdadero imperio comienza cuando nadie necesita gobernar.”

Lucien sonrió.

—Eso destruye todo cuanto creíamos saber.

El comandante de los Custodios habló con la anciana.

—Madre Isabel…

Hemos cumplido nuestra misión.

Ella respondió con tranquilidad.

—No.

Solo trajeron hasta aquí a quienes deben decidir.

Todos volvieron a mirar a Alessandro.

El antiguo jefe mafioso negó inmediatamente.

—No quiero dirigir nada.

La anciana sonrió.

—Precisamente por eso viniste.

Elena observó a Alessandro.

Comprendía el conflicto que llevaba dentro.

Había pasado media vida aprendiendo que el poder era la única forma de sobrevivir.

Ahora todo aquel mundo le enseñaba exactamente lo contrario.

Se acercó despacio.

—No te están ofreciendo un trono.

Te están ofreciendo una oportunidad.

Él sostuvo su mirada.

—¿Y si fracaso?

Ella respondió sin vacilar.

—Entonces caeremos juntos.

Y volveremos a levantarnos juntos.

Aquellas palabras hicieron sonreír incluso a Vittorio.

Mientras recorrían la ciudad subterránea, Gabriel descubrió una inmensa biblioteca excavada directamente en la roca.

Miles de manuscritos permanecían perfectamente ordenados.




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