Bajo su Imperio

Capítulo 42 El juicio del heredero

Las inmensas puertas de hierro terminaron de abrirse con una lentitud solemne.

El sonido de los antiguos mecanismos retumbó por toda la ciudad subterránea.

Nadie respiraba.

Los habitantes permanecían inmóviles, con la cabeza inclinada, como si hubieran esperado aquel instante durante generaciones.

Una intensa luz blanca nacía desde el otro lado del portal.

Poco a poco comenzaron a distinguirse varias figuras avanzando entre la claridad.

No llevaban armas.

No vestían uniformes militares.

Todos lucían túnicas oscuras atravesadas por una banda plateada sobre el pecho y caminaban con una serenidad que imponía respeto.

Al frente marchaba un anciano de cabello completamente blanco.

Su espalda permanecía recta.

Sus ojos conservaban el brillo de alguien que había dedicado toda una vida a custodiar un propósito.

Cuando llegó frente a Alessandro, el silencio se volvió absoluto.

El anciano inclinó lentamente la cabeza.

—Bienvenido, hijo de Vittorio.

Alessandro no respondió de inmediato.

Solo sostuvo la mirada del desconocido.

—¿Quién es usted?

El hombre sonrió con serenidad.

—Soy Elías Segundo.

Último custodio del Sexto Imperio.

Gabriel sintió un escalofrío.

Miró al viejo Guardián que los había acompañado desde el santuario.

—¿Elías… Segundo?

El anciano que caminaba junto al grupo dejó escapar una leve sonrisa.

—Mi hijo.

Todos quedaron inmóviles.

Incluso Vittorio parecía sorprendido.

—Nunca dijiste que tenías familia.

El viejo Guardián respondió con tristeza.

—Porque protegerlos significaba mantenerlos lejos de esta guerra.

Elías Segundo observó lentamente a cada uno de los presentes.

Se detuvo unos segundos frente a Renzo.

Después frente a Valeria.

Luego miró a Elena.

Finalmente volvió hacia Alessandro.

—Todos ustedes cambiaron el destino de las familias.

Pero solo uno deberá cambiar el destino del poder.

Alessandro negó.

—Siguen insistiendo en algo que no quiero.

El custodio sonrió.

—Por eso precisamente debes ser escuchado.

Los habitantes comenzaron a formar un amplio círculo alrededor de la plaza.

Nadie hablaba.

Los niños observaban con curiosidad.

Los ancianos lo hacían con esperanza.

En el centro del lugar apareció lentamente una plataforma circular de piedra.

No surgió del suelo.

Siempre había estado allí, oculta bajo enormes losas que comenzaron a desplazarse.

Sobre la plataforma descansaban seis antiguos asientos de mármol.

Cinco estaban vacíos.

El sexto permanecía cubierto por un paño negro.

Gabriel observó la escena.

—¿Qué significa?

Elías Segundo respondió.

—Hoy se celebrará el Juicio del Heredero.

Alessandro dio un paso atrás.

—No vine a ser juzgado.

—Nadie juzgará tu pasado.

Contestó el anciano.

—Solo descubrirán si tu corazón continúa perteneciendo al odio.

Elena tomó la mano de Alessandro.

—No tienes que demostrar nada.

El custodio la observó con una sonrisa amable.

—Se equivoca.

No debe demostrarlo ante nosotros.

Debe descubrirlo ante sí mismo.

Vittorio respiró con dificultad.

La herida seguía debilitándolo.

Aun así avanzó hasta quedar junto a su hijo.

—Escúchalos.

Alessandro lo miró.

—Toda mi vida obedecí órdenes de otros.

No volveré a hacerlo.

Vittorio apoyó una mano sobre su hombro.

—Entonces escucha únicamente a tu conciencia.

El Juicio comenzó.

No hubo jueces.

No hubo acusaciones.

Solo silencio.

Elías Segundo levantó lentamente una pequeña esfera de cristal.

En su interior parecía moverse una tenue luz dorada.

La colocó sobre el centro de la plataforma.

—Esta piedra no revela la verdad.

Solo refleja aquello que cada persona intenta ocultar de sí misma.

Alessandro observó el objeto con desconfianza.

—No creo en la magia.

El anciano respondió con calma.

—Nosotros tampoco.

Creemos en las decisiones.

La esfera comenzó a iluminarse.

Poco a poco el aire alrededor de Alessandro cambió.

Las imágenes aparecieron una tras otra.

El incendio.

El cuerpo sin vida de su esposa.

Los años gobernando con violencia.

Las noches en las que creyó que el miedo era la única forma de sobrevivir.

Después apareció Elena.

Sonriendo.

Mirándolo sin temor.

El contraste era tan intenso que todos permanecieron en silencio.

La luz continuó transformándose.

Entonces ocurrió algo inesperado.

Las imágenes dejaron de mostrar recuerdos.

Comenzaron a mostrar posibilidades.

Alessandro se vio sentado nuevamente sobre un enorme trono.

Vestía un elegante traje negro.

A sus pies se arrodillaban cientos de hombres armados.

El poder absoluto volvía a pertenecerle.

Pero alrededor no había nadie más.

No estaba Elena.

No estaba Renzo.

No existía Vittorio.

Solo el vacío.

La visión desapareció.

Una segunda imagen ocupó su lugar.

Alessandro vivía en una casa sencilla junto al mar.

Elena reía mientras varios niños corrían por un jardín.

No existían escoltas.

Ni armas.

Ni imperios.

Solo paz.

La luz se extinguió.

Toda la plaza quedó nuevamente en silencio.

Elías Segundo habló con serenidad.

—La piedra nunca se equivoca.

Solo muestra los caminos que todavía puedes elegir.

Alessandro respiró profundamente.

—Ya elegí.

No quiero volver a gobernar el miedo.

El anciano inclinó lentamente la cabeza.

—Entonces el juicio terminó.

Los habitantes comenzaron a sonreír.

Algunos incluso lloraban.

Renzo observó aquella escena sin comprender.

—¿Eso era todo?




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