Bajo su Imperio

Capítulo 46 La verdadera heredera

El sonido del disparo todavía parecía suspendido en el aire.

Durante unos segundos nadie se movió.

La ciudad subterránea, que durante décadas había permanecido oculta del mundo, se convirtió nuevamente en un campo donde las verdades luchaban contra las mentiras.

Alessandro reaccionó antes que todos.

No pensó.

No dudó.

Solo actuó.

Con un movimiento rápido tomó a Elena entre sus brazos y la apartó de la línea de fuego.

El proyectil atravesó la columna de piedra detrás de ellos y levantó una nube de polvo.

—¡Todos abajo!

Gritó Renzo.

Los Custodios respondieron inmediatamente.

Los habitantes fueron protegidos mientras los soldados del Primer Consejo buscaban la posición del atacante.

Pero el hombre de la máscara de plata no parecía preocupado.

Permanecía inmóvil sobre la muralla.

Como si aquel lugar le perteneciera.

Elena levantó la mirada hacia Alessandro.

—Estoy bien.

Él seguía observándola como si necesitara comprobarlo por sí mismo.

—No vuelvas a ponerte delante de mí.

Ella sonrió levemente a pesar del peligro.

—Eso sería difícil.

Porque tú siempre haces lo mismo.

Alessandro quiso responder.

Pero no pudo.

Porque en el fondo sabía que ella tenía razón.

Durante años había protegido a todos con miedo.

Ahora había encontrado algo mucho más fuerte.

Alguien por quien valía la pena luchar.

Vittorio miró hacia la figura de la máscara plateada.

Su rostro cambió.

No era miedo.

Era reconocimiento.

—No puede ser.

Sofía lo observó.

—¿Lo conoces?

El anciano permaneció en silencio.

Demasiado tiempo.

Hasta que finalmente respondió.

—Sí.

Es alguien que debería haber muerto hace muchos años.

Gabriel sintió un escalofrío.

Otra vez la misma frase.

Otra vez alguien que debía estar muerto.

Parecía que el pasado nunca había terminado de desaparecer.

—¿Quién es?

Preguntó.

Vittorio cerró los ojos.

—El último miembro del antiguo círculo de Damián.

El hombre que ayudó a crear la tragedia.

La figura de la máscara descendió lentamente por la muralla utilizando una antigua escalera de piedra.

No tenía prisa.

Cada paso parecía calculado.

Damián lo observaba con una expresión que por primera vez mostraba molestia.

—Tú no debías estar aquí.

El desconocido giró la cabeza hacia él.

—Tú tampoco.

La tensión aumentó inmediatamente.

Alessandro comprendió algo importante.

Incluso Damián parecía sorprendido.

Renzo se acercó a Alessandro.

—No me gusta esto.

Alessandro tampoco apartaba la vista del recién llegado.

—A mí tampoco.

—Demasiados secretos.

Demasiadas personas que regresan de la muerte.

Alessandro asintió.

—Y todos parecen estar conectados.

El hombre de la máscara finalmente llegó al centro de la plaza.

Se detuvo frente a Alessandro.

Lo observó durante varios segundos.

Después miró a Elena.

Su expresión cambió apenas.

Un mínimo gesto de sorpresa.

Pero suficiente para que Gabriel lo notara.

—La reconoce.

Dijo en voz baja.

Valeria lo escuchó.

—¿A Elena?

Gabriel asintió.

—Sí.

El hombre levantó lentamente la mano.

No hacia un arma.

Hacia su propia máscara.

La retiró.

El silencio que siguió fue absoluto.

Era un hombre de unos cincuenta años.

Cabello oscuro con algunas canas.

Una cicatriz atravesaba parte de su rostro.

Pero lo más impactante no era su apariencia.

Era la reacción de Sofía.

Ella dio un paso atrás.

Sus labios comenzaron a temblar.

—Tú…

El hombre la miró.

—Hola, Sofía.

Ella negó lentamente.

—No.

No puede ser.

Alessandro observó a ambos.

—¿Quién es?

Sofía tardó en responder.

Finalmente pronunció un nombre.

—Adrián Moreau.

Elena quedó completamente inmóvil.

Ese apellido.

Ese nombre.

Tenían un peso que todavía no comprendía.

El hombre la miró directamente.

—He esperado mucho tiempo para verte.

Damián apretó los puños.

—Esto termina aquí.

Todos giraron hacia él.

Por primera vez desde su llegada, parecía haber perdido el control.

Adrián sonrió con ironía.

—Sigues creyendo que puedes ordenar al destino.

Damián respondió con frialdad.

—Tú no sabes nada.

Adrián negó.

—Sé más de lo que imaginas.

Sé quién destruyó aquella familia.

Sé quién manipuló la guerra.

Y sé quién es realmente la heredera.

Todas las miradas fueron hacia Elena.

Ella sintió que el peso de la historia caía sobre sus hombros.

Alessandro tomó su mano.

No para protegerla.

Para recordarle que no estaba sola.

Adrián observó aquel gesto.

Y sonrió levemente.

—Ahora entiendo.

Alessandro frunció el ceño.

—¿Qué entiendes?

—Por qué todos los planes fallaron.

Porque nadie calculó que ella encontraría a alguien dispuesto a morir por ella.

Elías Segundo dio un paso adelante.

—Explícate.

Adrián miró al anciano.

—Durante años creyeron que la línea de sangre había desaparecido.

Pero la heredera nunca desapareció.

Fue escondida.

Protegida.

Alejada de todos aquellos que querían utilizarla.

Gabriel miró a Elena.

—¿Tú?

Ella negó lentamente.

—Yo no sabía nada.

Adrián respondió.

—Precisamente por eso sobreviviste.

Vittorio observaba a Elena con una mezcla de sorpresa y dolor.

—Tu madre…

Nunca me dijo.

Adrián bajó la mirada.

—Porque sabía que si tú lo descubrías, volverías a intentar protegerla.

Vittorio sintió un golpe en el corazón.

Toda su vida había creído que había perdido una guerra.




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