Bajo su Imperio

Capítulo 48 La hija del fuego

La puerta oculta terminó de abrirse.

El sonido de los antiguos mecanismos recorrió toda la ciudad subterránea.

Durante décadas aquel lugar había permanecido sellado.

Nadie había logrado entrar.

Nadie había conocido sus secretos.

Hasta esa noche.

Alessandro permanecía inmóvil frente a la figura que había aparecido desde la oscuridad.

No podía respirar.

No podía apartar la mirada.

Porque aquella voz había pertenecido a alguien que él había llorado durante años.

Una voz que creía imposible volver a escuchar.

—No…

Susurró.

La mujer avanzó lentamente hacia la luz.

Su vestido blanco estaba marcado por el paso del tiempo.

Su cabello oscuro tenía algunas hebras plateadas.

Pero sus ojos…

Sus ojos eran exactamente como los recordaba.

Alessandro dio un paso atrás.

—No puede ser.

La mujer sonrió con tristeza.

—Pensé que cuando llegara este momento tendría más palabras.

Pero solo puedo decirte una cosa.

Perdóname.

El mundo de Alessandro pareció detenerse.

Elena observaba la escena sin comprender completamente.

Pero podía sentir el dolor que atravesaba al hombre que amaba.

No era miedo.

Era una herida antigua abriéndose nuevamente.

—¿Quién es?

Preguntó Renzo en voz baja.

Vittorio no respondió.

No podía.

Las lágrimas comenzaban a recorrer su rostro.

Finalmente susurró:

—Es Clara.

La madre de Alessandro.

El silencio que siguió fue devastador.

Alessandro sintió que todos los años de dolor, rabia y soledad regresaban de golpe.

La mujer frente a él.

La persona que había creído perdida.

La persona cuya muerte había cambiado completamente su destino.

Estaba viva.

—Tú…

Su voz se quebró.

Clara bajó la mirada.

—Sí.

Soy yo.

Durante unos segundos nadie se atrevió a intervenir.

Ni Damián.

Ni los Custodios.

Ni los soldados.

Porque incluso aquellos acostumbrados al poder comprendían que aquel momento pertenecía únicamente a una madre y a un hijo.

Alessandro avanzó lentamente.

Cada paso parecía pesar una vida entera.

—Te vi morir.

Clara cerró los ojos.

—Lo sé.

—Vi las llamas.

Vi cómo todo desaparecía.

Ella respiró profundamente.

—Aquella noche no perdiste a tu madre.

Perdiste la verdad.

Las palabras hicieron que Alessandro se detuviera.

—¿Qué significa eso?

Clara miró alrededor.

Observó a Damián.

Después a Vittorio.

Finalmente a Sofía.

—Significa que todos fueron víctimas de una misma mentira.

Damián endureció el rostro.

—No sigas.

Clara lo miró.

Y por primera vez desde que había aparecido, alguien consiguió que el antiguo líder pareciera pequeño.

—Tú ya hablaste demasiado durante treinta años.

Ahora me toca a mí.

Elena tomó la mano de Alessandro.

No para detenerlo.

Para acompañarlo.

Clara observó ese gesto.

Una pequeña sonrisa apareció en su rostro.

—Ahora entiendo.

Alessandro la miró confundido.

—¿Qué?

—Que encontraste lo que yo siempre deseé para ti.

Alguien que te recordara que eras un hombre.

No un arma.

Las palabras golpearon a Alessandro.

Porque eran exactamente lo que Elena había hecho.

Ella no había intentado cambiarlo.

Había logrado que él quisiera cambiar.

Clara caminó hasta el centro de la plaza.

—La noche del incendio fue preparada para eliminar dos cosas.

Una familia.

Y un secreto.

Gabriel abrió el Libro de los Elegidos.

Las páginas comenzaron a iluminarse.

Clara continuó.

—Damián no quería solamente controlar el imperio.

Quería borrar cualquier posibilidad de que alguien descubriera que el verdadero poder nunca perteneció a una persona.

Damián dio un paso adelante.

—Basta.

Clara lo enfrentó.

—¿Por qué?

¿Porque ahora todos saben que mentiste?

El anciano apretó los dientes.

—Lo hice para proteger el orden.

Clara negó.

—No.

Lo hiciste porque tenías miedo de perderlo.

Alessandro miró a Damián.

Por primera vez comprendió algo.

El hombre que había destruido tantas vidas no había nacido como un monstruo.

Se había convertido en uno al creer que solo el control podía salvarlo.

Pero eso no justificaba sus actos.

Marco habló desde un costado.

—Clara fue escondida porque era la única persona que conocía la ubicación del legado original.

Renzo preguntó:

—¿Qué legado?

Marco respondió:

—La prueba de que el Primer Consejo nunca fue creado para gobernar.

Fue creado para proteger.

Gabriel observó el mapa antiguo.

—Entonces la Corona del Alba…

Clara asintió.

—No es oro.

No es una joya.

Es una decisión.

Un documento que obliga a todos los líderes a renunciar al poder absoluto.

Damián soltó una risa amarga.

—Por eso tuve que destruirlo.

Porque un mundo sin un líder fuerte solo crea caos.

Alessandro respondió:

—No.

Un mundo con un líder que nadie puede detener crea monstruos.

La mirada de Damián se encontró con la de Alessandro.

Durante unos segundos padre e hijo parecieron enfrentarse.

No por sangre.

Por ideologías.

Uno representaba el pasado.

El otro, una posibilidad diferente.

Clara se acercó nuevamente a Alessandro.

—Hay algo que nunca pude decirte.

Él la miró.

—¿Qué?

Ella tomó su mano.

—Nunca dejé de buscarte.

Cada día.

Cada año.

Siempre supe que seguías vivo.

Alessandro sintió que las lágrimas finalmente aparecían.

No de debilidad.

De liberación.

Durante años había esperado respuestas.

Ahora tenía demasiadas.




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