Bajo su Imperio

Capítulo 50 El heredero oscuro

El silencio que dejó la desaparición de Damián fue más inquietante que cualquier explosión.

Las puertas del santuario permanecían completamente cerradas.

Nadie entendía cómo había ocurrido.

Un segundo antes, el hombre que había controlado el destino de tantas personas estaba allí.

Al siguiente, había desaparecido.

Como si la propia montaña lo hubiera reclamado.

Alessandro permanecía frente a la puerta de piedra.

Sus ojos seguían fijos en el lugar donde había estado Damián.

Elena se acercó lentamente.

—Alessandro…

Él no respondió.

—No fue una huida.

Finalmente habló.

Su voz era baja.

Peligrosamente tranquila.

—¿Cómo lo sabes?

Preguntó Renzo.

Alessandro observó los símbolos que habían aparecido en la puerta.

—Porque Damián nunca escaparía.

Él siempre quiso que todos supieran que tenía el control.

Si desapareció así…

Es porque alguien lo obligó.

Gabriel volvió a abrir el Libro de los Elegidos.

Las páginas estaban completamente vacías.

Ya no había palabras.

Ya no había símbolos.

Solo una marca oscura en la última página.

Una sombra con forma humana.

—Esto no estaba antes.

Dijo.

Elías Segundo se acercó.

Su rostro cambió al verlo.

—La sombra.

Clara lo miró.

—Creí que era una leyenda.

El anciano negó lentamente.

—No.

Era una advertencia.

Alessandro giró hacia ellos.

—Hablen.

Nadie respondió inmediatamente.

Hasta que Clara tomó aire.

—Antes de que existieran los imperios, las familias y los consejos, existieron dos herederos.

Alessandro frunció el ceño.

—¿Dos?

Ella asintió.

—Uno representaba la protección.

El otro representaba la conquista.

El primero aprendió que el poder debía servir.

El segundo aprendió que el poder debía pertenecerle.

Elena observó la página oscura.

—¿Y qué ocurrió con el segundo?

Clara bajó la mirada.

—Fue expulsado.

Pero nunca desapareció.

Solo esperó.

Un ruido profundo atravesó la montaña.

Todos levantaron la vista.

El suelo comenzó a vibrar.

Las antorchas parpadearon.

Renzo llevó su mano al arma.

—No estamos solos.

Alessandro sintió algo extraño.

No era miedo.

Era una sensación conocida.

Como si alguien estuviera observándolo desde hacía mucho tiempo.

De repente, las paredes del santuario comenzaron a iluminarse.

Una imagen apareció sobre la piedra.

Era Damián.

Pero no estaba solo.

Junto a él había una figura desconocida.

Un hombre joven.

Aproximadamente de la misma edad que Alessandro.

Cabello oscuro.

Mirada fría.

Una expresión que parecía no conocer la compasión.

Damián estaba de pie detrás de él.

No como un líder.

Como un hombre derrotado.

La voz del desconocido resonó por todo el santuario.

—Durante años creyeron que el heredero había sido elegido.

Se equivocaron.

El heredero siempre existió.

Solo estaba esperando su momento.

Alessandro dio un paso adelante.

—¿Quién eres?

El hombre sonrió.

—Alguien que tú debiste conocer antes que a ella.

Miró hacia Elena.

—Alguien que pertenece más a este imperio que cualquiera de ustedes.

Elena sintió un escalofrío.

No por sus palabras.

Por la forma en que la miraba.

Como si conociera secretos sobre ella.

Alessandro se colocó inmediatamente delante de ella.

El desconocido soltó una pequeña risa.

—Siempre haces eso.

Alessandro frunció el ceño.

—¿Qué?

—Proteger.

Es lo único que sabes hacer.

El problema es que incluso los protectores terminan destruyendo aquello que aman.

Renzo observó la imagen.

—¿Damián está con él?

La figura joven respondió:

—Damián me dio lo que necesitaba.

Información.

El poder de su nombre.

Y la llave para abrir la última puerta.

Vittorio apretó los puños.

—¿Qué le hiciste?

La figura miró hacia él.

—Nada.

Solo le mostré lo que siempre fue.

Un hombre que perdió porque nunca pudo aceptar que el futuro no le pertenecía.

Alessandro sintió rabia.

Pero esta vez no dejó que dominara sus acciones.

Elena tomó su mano.

—No dejes que te convierta en lo que él quiere.

Él la miró.

Y recordó las palabras de su madre.

Ella no llegó a tu vida para salvar tu imperio.

Llegó para salvar tu alma.

La imagen desapareció.

Pero una última frase quedó escrita en la pared.

“El heredero oscuro despertará cuando el heredero de luz renuncie al trono.”

Gabriel palideció.

—Ahora entiendo.

Todos lo miraron.

—¿Qué?

Gabriel señaló a Alessandro.

—El libro no hablaba de un enemigo externo.

Hablaba de una transformación.

Alessandro comprendió.

El verdadero peligro no era perder el imperio.

Era permitir que el odio volviera a dominarlo.

Porque el enemigo más peligroso no siempre estaba frente a él.

A veces estaba dentro.

Clara se acercó.

—Alessandro.

Hay algo que debes saber antes de enfrentarlo.

Él la miró.

—¿Qué?

Ella dudó.

Por primera vez parecía tener miedo.

—Ese hombre…

No es un extraño.

El silencio volvió.

Alessandro esperó.

Clara continuó:

—Es tu hermano.

Nadie habló.

El mundo pareció detenerse.

Vittorio cerró los ojos.

Como si hubiera esperado ese momento durante años.

Elena miró a Alessandro.

Él no reaccionaba.

No podía.

Toda su vida había creído que estaba solo.

Que era el único heredero.

Que la pérdida había sido su destino.

Ahora descubría que alguien más había vivido en las sombras.




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