Bajo su Imperio

Capítulo 53 El hermano que eligió salvar

El sonido del disparo quedó suspendido en el aire.

Durante unos segundos nadie se movió.

El tiempo pareció detenerse dentro del antiguo santuario.

Alessandro solo pudo ver una cosa.

A Adriano frente a él.

Su hermano había elegido recibir el peligro que estaba destinado para él.

La persona que durante años había vivido alimentando el rencor acababa de hacer el único acto que nadie esperaba.

Proteger.

—Adriano…

La voz de Alessandro salió quebrada.

Su hermano permanecía de pie, pero su expresión había cambiado.

Ya no era el hombre frío que había entrado en la sala.

Era alguien que acababa de descubrir que todavía podía elegir quién quería ser.

Damián observaba la escena con incredulidad.

—No.

Susurró.

—No puede ser.

Adriano lo miró lentamente.

—¿Qué esperabas?

Damián apretó el arma.

—Esperaba que fueras como yo.

Adriano negó.

—Ese fue tu error.

Los soldados de la Guardia del Heredero Oscuro permanecían inmóviles.

Habían seguido a Adriano porque creían en una historia.

Una historia de abandono.

Una historia de venganza.

Pero ahora veían algo diferente.

Veían a un hombre dispuesto a perderlo todo para salvar a alguien.

Elena entró finalmente al santuario junto a Renzo y Gabriel.

Su mirada fue directamente hacia Alessandro.

Después hacia Adriano.

—¿Está herido?

Alessandro negó lentamente.

—No sé.

Pero eligió salvarme.

Elena observó a Adriano.

Por primera vez no vio al enemigo.

Vio a alguien que acababa de romper sus propias cadenas.

Damián retrocedió un paso.

Por primera vez parecía derrotado.

No por una batalla.

Por una verdad que no podía aceptar.

—Todo este tiempo…

Todo este tiempo pensé que el miedo era lo que hacía fuertes a los hombres.

Alessandro lo miró.

—Y te equivocaste.

Damián sonrió con amargura.

—¿Entonces qué los hace fuertes?

Alessandro miró a Elena.

Después a Adriano.

—Elegir amar cuando sería más fácil odiar.

El arma cayó lentamente de la mano de Damián.

Pero su mirada seguía llena de oscuridad.

—No entienden.

El poder siempre termina corrompiendo.

Alessandro respondió:

—No.

El poder revela quién eres.

Tú elegiste convertirte en un monstruo.

Gabriel se acercó a Adriano.

—Necesita atención.

Renzo y los demás lo ayudaron a sentarse.

Alessandro permaneció junto a él.

No como un rey.

No como un heredero.

Como un hermano.

Adriano lo miró con dificultad.

—No entiendo algo.

—¿Qué?

—Después de todo lo que hice…

¿Por qué sigues aquí?

Alessandro tardó unos segundos.

—Porque alguien una vez decidió quedarse conmigo cuando yo tampoco era fácil de salvar.

Adriano miró hacia Elena.

Ella sonrió suavemente.

La tensión del santuario comenzó a cambiar.

El Libro de los Elegidos volvió a abrirse.

Las páginas que antes estaban oscuras comenzaron a iluminarse.

Una nueva frase apareció:

“El heredero no es quien posee el imperio.

Es quien tiene el valor de entregarlo.”

Todos observaron las palabras.

Elías Segundo dejó escapar un suspiro.

—La prueba terminó.

Gabriel negó.

—No.

Aún no.

Todos lo miraron.

El joven señaló la última página.

—La prueba solo reveló quiénes son.

Ahora deben decidir qué harán con el poder.

Alessandro comprendió.

Toda su vida había luchado por llegar a la cima.

Había construido un imperio basado en el miedo porque pensaba que solo así podría protegerse.

Pero ahora tenía frente a él la oportunidad de hacer algo diferente.

Elena se acercó.

—¿Qué piensas hacer?

Él la miró.

—Lo que nunca imaginé.

Ella esperó.

Alessandro cerró el libro.

—Destruir el trono.

El silencio fue absoluto.

Renzo fue el primero en reaccionar.

—¿Estás seguro?

Alessandro asintió.

—Un imperio que necesita que alguien sufra para existir no merece continuar.

Damián levantó la mirada.

No esperaba escuchar eso.

Porque durante años había creído que todos querían el mismo poder que él.

Pero Alessandro no quería quedarse con la corona.

Quería romperla.

Adriano sonrió débilmente.

—Ahora entiendo.

Alessandro lo miró.

—¿Qué?

—Por qué la profecía te eligió.

Alessandro negó.

—No me eligió.

Elena tomó su mano.

—Él eligió.

Pero antes de que pudieran continuar, un estruendo sacudió la montaña.

Las paredes comenzaron a agrietarse.

Gabriel miró hacia arriba.

—Algo está mal.

Elías Segundo observó los símbolos.

Su rostro perdió color.

—El sello final.

Alessandro preguntó:

—¿Qué ocurre?

El anciano respondió:

—El imperio fue protegido por tres sellos.

Dos acaban de romperse.

El último está desapareciendo.

Clara miró hacia la entrada.

—Eso significa que alguien más tiene acceso al legado.

Renzo preparó a los hombres.

—¿Quién?

Nadie respondió.

Hasta que una voz apareció desde los altavoces antiguos del santuario.

Una voz desconocida.

Fría.

Calculadora.

—Siempre me pareció curioso que todos ustedes pensaran que la historia terminaba aquí.

Alessandro levantó la mirada.

—¿Quién eres?

La voz respondió:

—Soy la persona que construyó el tablero donde ustedes solo fueron piezas.

Las luces se apagaron.

En la pantalla de piedra apareció una imagen.

Un rostro desconocido.

Pero todos reconocieron un símbolo detrás de él.

El símbolo de la antigua organización que había iniciado todo.

Gabriel palideció.

—No puede ser.

Elena lo miró.




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