Bajo su Imperio

Capítulo 54 El padre de la heredera

El nombre apareció grabado sobre la pared de piedra.

Lucien Moreau.

Durante unos segundos nadie respiró.

Elena permaneció inmóvil.

Era como si una parte de su pasado hubiera regresado para reclamarla.

Un nombre que había intentado olvidar.

Un nombre que durante años había asociado con una ausencia.

Con preguntas sin respuesta.

Con una herida que nunca logró cerrar.

—No…

Susurró.

Alessandro inmediatamente se acercó a ella.

—Elena.

Ella negó lentamente.

—No puede ser.

Gabriel observaba la inscripción con preocupación.

—Es él.

Elías Segundo cerró los ojos.

—El último arquitecto del antiguo imperio.

Alessandro miró la imagen.

Un hombre de mirada fría apareció en la pared.

No parecía un líder.

Parecía alguien que siempre había estado detrás de todos los acontecimientos.

Moviendo piezas.

Esperando.

—¿Tu padre creó todo esto?

Preguntó Alessandro.

Elena bajó la mirada.

—Mi padre desapareció cuando yo era una niña.

Siempre dijeron que había muerto.

Nunca entendí por qué nadie hablaba de él.

Clara se acercó.

—Porque su muerte también fue una mentira.

Elena la miró sorprendida.

—¿Tú lo sabías?

Clara asintió con tristeza.

—Sabía que Lucien había elegido desaparecer.

Pero nunca imaginé que regresaría de esta manera.

La imagen de Lucien volvió a aparecer.

Su voz llenó el santuario.

—Durante años observaron cómo peleaban por un imperio que nunca comprendieron.

Damián apretó los dientes.

—Otro manipulador.

Lucien continuó:

—Damián creyó que el miedo era la clave.

Los De Luca creyeron que el honor era suficiente.

Pero todos olvidaron una verdad.

El poder pertenece a quien conoce los secretos.

Alessandro dio un paso adelante.

—¿Qué quieres?

La voz respondió:

—Lo mismo que todos los hombres que llegaron hasta aquí.

Que el mundo recuerde mi nombre.

Elena sintió una mezcla de tristeza y rabia.

—Mi padre no era así.

Todos la miraron.

Ella continuó:

—No era un hombre que buscara destruir.

Alessandro tomó su mano.

—Quizás no conociste toda su historia.

Ella lo miró.

—¿Y si sí?

¿Y si la persona que más amé fue la misma que creó todo este sufrimiento?

Alessandro comprendió esa pregunta.

Porque él también había tenido que enfrentar la verdad sobre su familia.

Sobre su sangre.

Sobre aquellos a quienes había idealizado.

Se acercó más a ella.

—Una persona puede cometer errores terribles.

Pero sus errores no deciden quién eres tú.

La frase quedó entre ambos.

Porque Elena necesitaba escucharla.

No era responsable de las decisiones de su padre.

No era responsable del legado que otros habían puesto sobre sus hombros.

Adriano, aún herido, observaba en silencio.

Finalmente habló.

—Ahora entiendo por qué todo estaba conectado.

Alessandro lo miró.

—¿Qué quieres decir?

—Nuestros padres.

Tus padres.

Los míos.

Los de Elena.

Todos fueron parte del mismo juego.

Renzo frunció el ceño.

—¿Entonces todos fueron manipulados?

Adriano negó.

—No todos.

Algunos jugaron.

Otros solo intentaron sobrevivir.

La puerta del santuario comenzó a abrirse.

Pero esta vez nadie apareció.

Solo una pequeña caja de madera entró lentamente sobre una plataforma.

Elena se acercó.

Alessandro intentó detenerla.

—Espera.

Ella lo miró.

—Toda mi vida esperé respuestas.

Ahora están delante de mí.

Abrió la caja.

Dentro había una carta.

Su nombre estaba escrito en la portada.

Para Elena.

Sus manos comenzaron a temblar.

—Es su letra.

Dijo.

La abrió lentamente.

La voz de Lucien comenzó a escucharse desde el sistema antiguo.

Como si la carta hubiera sido preparada para ese momento.

“Hija:

Si estás leyendo esto, significa que finalmente descubriste la verdad.

Sé que me odiarás.

Y tienes derecho a hacerlo.

Pero antes de juzgarme, escucha lo que nunca pude decirte.”

Elena cerró los ojos.

Una lágrima recorrió su rostro.

Alessandro permaneció junto a ella.

Sin interrumpir.

Sin intentar quitarle ese momento.

La voz continuó:

“Yo no construí este imperio para gobernarlo.

Lo construí porque sabía que algún día alguien intentaría destruirlo.

Pero cometí el error más grande.

Creí que podía controlar el poder sin convertirme en parte de él.”

Gabriel escuchaba atentamente.

—Está admitiendo su error.

Elías respondió:

—Pero también está revelando algo más.

La carta continuó:

“El verdadero peligro nunca fue el imperio.

Fue la persona que creyera necesitarlo.”

Alessandro miró a Elena.

Ambos entendieron el significado.

El poder siempre había sido la prueba.

No el premio.

La voz de Lucien cambió.

Se volvió más grave.

“Pero hay algo que debes saber.

Tu sangre no solo protege el último sello.

También puede destruirlo.”

Todos quedaron inmóviles.

Elena levantó la mirada.

—¿Destruirlo?

Gabriel comprendió.

—Por eso eras importante.

No porque pudieras heredar el imperio.

Sino porque podías terminarlo.

La imagen de Lucien apareció nuevamente.

—Elena.

Si Alessandro está contigo…

Entonces significa que encontraste al único hombre capaz de elegirte a ti antes que al poder.

Alessandro sintió una presión en el pecho.

Porque esas palabras eran exactamente lo que había intentado demostrar.

De repente, una explosión sacudió el santuario.

El techo comenzó a desprenderse.




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