Bajo su Imperio

Capítulo 55 La heredera del imperio perdido

El santuario había dejado de ser un refugio.

Ahora era el último escenario de una guerra que llevaba generaciones esperando.

Los soldados del símbolo de Lucien Moreau avanzaban lentamente.

No tenían prisa.

Porque estaban convencidos de que la victoria ya les pertenecía.

Al frente caminaba aquel hombre desconocido.

El guardián del verdadero imperio.

Su mirada se detuvo en Elena.

—Después de tantos años, finalmente la heredera está frente a mí.

Alessandro dio un paso adelante.

Su presencia cambió completamente el ambiente.

Ya no era el hombre que buscaba venganza.

Era el hombre que había elegido proteger.

—Da un paso más hacia ella y será el último.

El guardián sonrió.

—Exactamente como esperaba.

El rey del miedo protegiendo a la heredera.

Qué curioso destino.

Elena observó al hombre con atención.

Había algo en sus palabras que la inquietaba.

No parecía querer simplemente capturarla.

Parecía convencido de que ella le pertenecía.

—¿Quién eres realmente?

Preguntó.

El hombre inclinó la cabeza.

—Mi nombre es Sebastián Varela.

Fui la mano derecha de tu padre.

La persona que estuvo a su lado cuando todos lo abandonaron.

Elena sintió una presión en el pecho.

—Si estabas con él…

¿Por qué nunca apareciste?

Sebastián sonrió levemente.

—Porque tu padre me pidió que esperara.

Alessandro frunció el ceño.

—¿Esperar qué?

Sebastián miró a Elena.

—Esperar a que estuviera preparada.

Gabriel avanzó unos pasos.

—No estás aquí para protegerla.

Sebastián lo observó.

—¿Y tú quién eres para decidir eso?

Gabriel respondió:

—Alguien que sabe reconocer cuándo una persona habla de protección mientras intenta controlar.

Sebastián soltó una pequeña risa.

—Todos ustedes siguen cometiendo el mismo error.

Confunden control con poder.

Elena respondió:

—No.

El error es creer que alguien puede poseer la vida de otra persona.

Alessandro la miró.

Esa era la diferencia entre ellos.

Antes, él también había creído que proteger significaba decidir por otros.

Pero Elena le había enseñado que amar era caminar al lado.

No encerrar.

Sebastián levantó una pequeña llave dorada.

El mismo símbolo que había aparecido en el legado.

—Tu padre dejó una última orden.

Elena permaneció firme.

—¿Cuál?

El hombre respondió:

—Que la heredera regresara al lugar que le corresponde.

Adriano observó a Sebastián.

—¿Y qué pasa si ella no quiere?

Sebastián lo miró.

—Entonces nunca comprendieron lo que significa un legado.

Adriano sonrió con ironía.

—No.

Creo que tú nunca comprendiste lo que significa una persona.

La tensión aumentó.

Los hombres de Sebastián rodearon la sala.

Pero nadie retrocedió.

Porque algo había cambiado.

Durante años todos habían luchado por un trono.

Ahora luchaban por una elección.

Clara se acercó a Elena.

—Tu padre cometió errores.

Muchos.

Pero dejó algo importante.

Elena la miró.

—¿Qué?

—La decisión final.

Sebastián negó.

—Ella no entiende todavía.

Elena respondió:

—Tal vez porque nadie me preguntó nunca qué quería.

Aquellas palabras hicieron que el silencio fuera absoluto.

Porque esa era la verdad.

Todos habían hablado sobre ella.

Su sangre.

Su destino.

Su apellido.

Pero pocos habían preguntado por Elena.

Alessandro tomó su mano.

—Ahora decides tú.

Ella lo miró.

—¿Aunque eso signifique perder todo?

Él asintió.

—Aunque signifique perderlo todo.

Porque nunca te elegiría por lo que puedes darme.

Te elegiría por quien eres.

Sebastián observó la escena.

Por primera vez su expresión cambió.

Como si estuviera viendo algo que no comprendía.

—Ahora entiendo.

Dijo.

—Por eso Lucien confiaba en ti.

Miró a Alessandro.

—Porque eres el único hombre que podría tener el imperio y aun así elegir destruirlo.

Alessandro no respondió.

Porque esa era exactamente su decisión.

Sebastián caminó hasta el centro de la sala.

Colocó la llave sobre el antiguo altar.

Una puerta secreta comenzó a abrirse.

Detrás apareció una cámara oculta.

En el interior había una corona.

No de oro.

No de piedras preciosas.

Era una corona sencilla.

De metal oscuro.

Gabriel susurró:

—La Corona del Alba.

Elías Segundo quedó inmóvil.

—La leyenda era cierta.

Sebastián asintió.

—El objeto que todos buscaron durante siglos.

El símbolo del poder absoluto.

Elena observó la corona.

Pero no sintió deseo.

Sintió tristeza.

Porque comprendió cuántas personas habían sufrido por algo tan vacío.

Sebastián tomó la corona.

—Elena Moreau.

Como última heredera…

Debes reclamar tu lugar.

Todos esperaron su respuesta.

Incluso Alessandro.

Porque aunque la amaba más que a nada, sabía que esa decisión solo podía pertenecerle a ella.

Elena caminó hacia la corona.

Cada paso parecía representar toda su vida.

El abandono.

Las preguntas.

El dolor.

La búsqueda de identidad.

Finalmente llegó frente al altar.

Tomó la corona.

La sostuvo unos segundos.

Y todos pensaron que la colocaría sobre su cabeza.

Pero Elena hizo algo inesperado.

La dejó nuevamente sobre la piedra.

Sebastián abrió los ojos.

—¿Qué haces?

Elena respondió:

—Elegir.

Él frunció el ceño.

—¿Rechazas tu legado?

Ella negó.

—No.

Lo libero.

El santuario comenzó a temblar.

Los símbolos antiguos empezaron a desaparecer.




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