Bajo su Imperio

Capítulo 57 La última conspiración

La oscuridad de la nueva cámara parecía diferente.

No era la oscuridad de un lugar abandonado.

Era la oscuridad de un secreto que había esperado durante siglos para ser descubierto.

Alessandro permanecía junto a Elena.

No soltaba su mano.

No porque pensara que ella fuera débil.

Sino porque después de todo lo que habían vivido, ambos sabían que algunas batallas no se ganaban luchando separados.

Se ganaban permaneciendo juntos.

La puerta terminó de abrirse con un sonido profundo.

Dentro solo había una mesa antigua.

Y sobre ella, un libro negro.

Sin símbolos.

Sin nombre.

Sin ninguna señal de pertenecer a una familia.

Gabriel fue el primero en acercarse.

—Esto no estaba registrado en ningún documento.

Elías Segundo negó lentamente.

—Porque no debía ser encontrado.

Sebastián observaba la habitación con temor.

Por primera vez desde que apareció, parecía no tener respuestas.

Elena lo notó.

—Tú sabías que esto existía.

El hombre tardó en contestar.

—Sabía que había una posibilidad.

Alessandro endureció la mirada.

—¿Una posibilidad de qué?

Sebastián observó el libro.

—De que el verdadero enemigo nunca hubiera estado buscando el imperio.

Renzo frunció el ceño.

—Entonces, ¿qué buscaba?

Sebastián respondió:

—Eliminarlo.

Todos quedaron en silencio.

Porque esa respuesta cambiaba todo.

Durante años habían pensado que el conflicto era una lucha por controlar el poder.

Pero quizá alguien había estado intentando destruirlo desde el principio.

Alessandro tomó el libro.

La cubierta estaba fría.

Como si hubiera estado esperando sus manos.

Al abrirlo, las primeras páginas estaban vacías.

Después apareció una frase.

“No temas a quien quiere gobernar el mundo.

Teme a quien quiere verlo arder.”

Elena sintió un escalofrío.

—¿Quién escribió esto?

Gabriel revisó las páginas.

—No es de Adrian Valmont.

Ni de Lucien.

Es anterior.

Mucho más antiguo.

Adriano se acercó.

—Entonces toda la historia que conocemos está incompleta.

Alessandro cerró el libro.

—Como siempre.

Miró a todos.

—Alguien ha estado moviendo las piezas desde antes de que nuestras familias existieran.

Una pequeña luz apareció en el centro de la habitación.

Una imagen comenzó a proyectarse.

Pero esta vez no era un mensaje grabado.

Era una transmisión activa.

Alguien estaba observándolos.

Una voz desconocida habló.

—Finalmente llegaron.

Alessandro levantó la mirada.

—Muéstrate.

La voz respondió con calma.

—Siempre me gustó esa seguridad tuya, Alessandro De Luca.

Elena miró alrededor.

—¿Quién eres?

La voz soltó una pequeña risa.

—La pregunta correcta es:

¿Quién creen que soy?

La imagen comenzó a formarse.

Un hombre apareció lentamente.

Pero no era un desconocido.

Todos quedaron paralizados.

Porque aquel rostro pertenecía a alguien que creían muerto.

Elías Segundo dio un paso atrás.

—No puede ser.

Adriano lo miró.

—¿Lo conoces?

El anciano apenas pudo hablar.

—Es imposible.

Alessandro observó la imagen.

—¿Quién es?

Elías respondió con miedo:

—El primer traidor.

La imagen sonrió.

—Me han llamado muchas cosas.

Traidor.

Fantasma.

Monstruo.

Pero mi verdadero nombre es…

La transmisión se cortó durante unos segundos.

Después apareció una palabra.

Valmont.

Elena sintió que el mundo se detenía.

—Otro Valmont.

Sebastián bajó la mirada.

—El hermano de Adrian.

Todos quedaron en silencio.

Porque la historia acababa de revelar una nueva herida.

Una familia dividida.

Un legado roto.

Un secreto oculto.

—Mi padre nunca habló de él.

Dijo Elena.

Sebastián respondió:

—Porque prometió que nadie volvería a pronunciar su nombre.

Alessandro preguntó:

—¿Por qué?

Sebastián miró el libro.

—Porque él fue quien intentó convertir el legado en un arma.

La voz volvió.

—Mi hermano creyó que el mundo podía salvarse con compasión.

Qué ingenuo.

Elena apretó los puños.

—¿Y tú qué crees?

La voz respondió:

—Que los seres humanos solo entienden una cosa.

El miedo.

Alessandro sintió una antigua sensación regresar.

La misma que había tenido durante años.

La necesidad de destruir a quien amenazaba lo que amaba.

Pero esta vez era diferente.

Ya no era un hombre consumido por la venganza.

Era un hombre que sabía controlar su oscuridad.

Elena lo miró.

Sabía lo que ocurría dentro de él.

—Alessandro.

Él la miró.

—Estoy bien.

Ella negó suavemente.

—No tienes que demostrarme que eres fuerte.

Él guardó silencio.

—Solo tienes que recordar quién eres.

Sus palabras lo alcanzaron.

Porque antes Elena era la única persona capaz de detener su furia.

Ahora era la persona que le recordaba que no necesitaba vivir en ella.

Adriano observó a ambos.

Y comprendió algo.

Elena no había cambiado a Alessandro.

Había despertado la parte de él que siempre estuvo escondida.

La voz del enemigo volvió.

—Qué hermoso.

El rey del miedo convertido en protector.

La heredera rechazando el poder.

Los hermanos reconciliados.

Una historia perfecta.

Pero las historias perfectas siempre terminan con una tragedia.

La cámara comenzó a cerrarse.

Renzo gritó:

—¡Está bloqueando la salida!

Los hombres intentaron detener la puerta.

Pero era demasiado tarde.

Elena miró a Alessandro.

—Si esta es una trampa…

Él respondió:




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