Isabela Ríos siempre había pensado que la felicidad no era un momento extraordinario, sino una suma de cosas pequeñas que, vistas desde fuera, no parecían suficientes para nadie más.
El café tibio de las siete de la mañana. La luz entrando oblicua por la ventana, dibujando líneas de polvo dorado sobre el piso. El sonido distante de Bogotá despertando sin pedir permiso.
La ciudad respiraba lento a esa hora, e Isabela se acompasaba a su ritmo. Vivía en un apartamento modesto, en un edificio antiguo que había aprendido a amar por sus imperfecciones: la madera que crujía bajo sus pies descalzos, las paredes altas que guardaban historias ajenas y el balcón estrecho desde donde observaba cómo la ciudad cambiaba de humor según el clima. No era lujoso. Pero era suyo, y en su mundo, eso era lo más parecido a la libertad.
Se movía con el cabello aún húmedo, repasando mentalmente la agenda del día. Tenía una reunión en una casona del centro histórico; un proyecto de restauración que llevaba meses defendiendo con una mezcla de terquedad y pasión. Le gustaba ese tipo de trabajo: rescatar lo que otros daban por perdido.
Tal vez por eso había elegido la arquitectura. Para ella, no era solo diseño; era memoria. Era identidad. Era la forma humana de permanecer cuando todo lo demás se desvanecía.
El teléfono vibró sobre la mesa de granito de la cocina.
—¿Ya estás despierta o tengo que llamar en modo insistente? —La voz de Clara entró sin pedir permiso, como siempre.
Isabela sonrió, sintiendo la primera pizca de calidez del día. —Estoy despierta desde hace media hora, Clara. Y no empieces, hoy tengo un día largo.
—Eso dices todos los días —respondió su amiga con ese tono pragmático que la caracterizaba—. Café a las ocho. No es negociable. Necesito que me cuentes cómo vas con los planos de la casona antes de que te pierdas entre escombros.
Clara Mendoza era su ancla. Trabajaba en relaciones públicas y poseía una capacidad innata para leer las emociones ajenas antes de que estas salieran a la superficie. A veces, esa perspicacia a Isabela le inquietaba, como si Clara tuviera un mapa de sus pensamientos que ella misma aún no había dibujado.
—Te veo allá —aceptó Isabela—. Diez minutos tarde, como siempre.
Colgó y respiró hondo. Ese era su mundo. Pequeño, imperfecto, pero firme. Antes de salir, se detuvo frente al espejo del pasillo. No buscó verse bonita; buscó verse entera. Se recogió el cabello en un moño bajo, tomó su bolso de cuero gastado y cerró la puerta con la tranquilidad de quien sabe que siempre tendrá un lugar al cual volver.
No sabía que esa rutina estaba viviendo sus últimos segundos de vida.
El café de la esquina olía a grano tostado y pan fresco. Mateo ya estaba allí cuando ella llegó. Mateo Ríos, su primo y hermano de crianza, era su lugar seguro desde la infancia. Ingeniero, estable, predecible… todo lo contrario a ella, y quizás por eso eran el equilibrio perfecto.
—Llegas tarde —dijo él, aunque sus ojos brillaban con afecto.
—Cinco minutos no es tarde —respondió Isabela, sentándose frente a él—. Es estilo.
Mateo negó con la cabeza y le acercó el pocillo de cerámica. —Tienes ojeras, Isa. Te exiges demasiado con esos proyectos de restauración. No puedes salvar todos los edificios viejos de la ciudad.
—Alguien tiene que recordarles que aún valen la pena —replicó ella con una media sonrisa.
Hablaron de cosas pequeñas. De la exposición de arte a la que Clara quería ir, del tráfico imposible y de planes futuros que se sentían sólidos como el mármol. La vida seguía avanzando con una normalidad tan frágil que nadie en esa mesa notó la grieta que empezaba a abrirse bajo sus pies.
Entonces, el teléfono de Isabela volvió a vibrar. Esta vez no sonrió.
Era su madre.
Dudó antes de contestar. Había algo en la insistencia del timbre que le erizó los vellos de la nuca.
—¿Hola?
El silencio al otro lado no fue largo, pero sí pesado. De esos silencios que cambian la presión atmosférica de una habitación sin previo aviso.
—Hija —dijo finalmente su madre. Su voz sonaba pequeña, como si estuviera hablando desde el fondo de un pozo—. ¿Podemos vernos hoy?
Isabela sintió una punzada de intuición incómoda en el pecho. —Claro. ¿Pasa algo?
Otra pausa. Un suspiro entrecortado. —Necesitamos hablar. En casa. Por favor.
Colgaron. Mateo la observó con el ceño fruncido, y Clara, que acababa de llegar, dejó su bolso sobre la mesa notando de inmediato el cambio de temperatura emocional.
—¿Todo bien? —preguntó Clara, analizando el rostro de su amiga.
Isabela asintió, aunque el café de pronto le supo a ceniza. —Sí… supongo.
Se levantó de la mesa con una sensación nueva e inquietante, como si algo invisible hubiera empezado a moverse en las profundidades. Ese día trabajó, midió muros y tocó piedras centenarias, intentando ignorar el escalofrío que la acompañaba.
No sabía que esa noche, al cerrar la puerta de su apartamento, estaría viviendo su último día como una mujer dueña de su destino.
No sabía que un nombre que aún no conocía estaba a punto de borrar el suyo. Que un apellido pesaría más que su voluntad. Y que el silencio de la noche, por primera vez, no le traería paz, sino el eco de una tormenta que ya había comenzado.