La casa de su madre olía a limpio, pero no a calma.
Isabela lo notó apenas cruzó la puerta: no había música, no había ruido de televisión, no había ese caos doméstico que siempre anunciaba vida. Todo estaba demasiado ordenado. Como si alguien hubiera intentado borrar el miedo acomodando los muebles en ángulos perfectos.
—Mamá… —dijo, dejando el bolso sobre la mesa.
Su madre apareció desde la cocina con las manos húmedas, secándolas en un paño que no necesitaba. Tenía el rostro tenso, la sonrisa mal puesta y los ojos demasiado despiertos, como si el parpadeo fuera un lujo que no pudiera permitirse.
—Siéntate un momento, hija.
Ese “un momento” sonó a sentencia.
Isabela se sentó sin quitarse el abrigo. No por prisa. Por instinto. Como si el cuerpo le dijera que aquel ya no era un lugar donde quedarse, sino una zona de desastre de la que debía estar lista para huir. Su padre estaba en la sala, de espaldas. Miraba por la ventana como si pudiera escaparse por ella, como si el cristal fuera la única frontera entre él y su propia ruina.
—¿Qué pasa? —preguntó Isabela, sosteniendo la voz firme.
Su madre tragó saliva, pero el silencio se tragó lo que venía después. Isabela giró hacia su padre.
—Papá.
Él no respondió de inmediato. Cuando por fin se dio la vuelta, no parecía enojado. Parecía agotado, como un hombre que lleva semanas cargando un muerto y ya no sabe qué es peor: el peso del cadáver o la vergüenza de que lo vean con él.
—No quise que te enteraras así —dijo, con una voz que parecía astillarse, dejando los pedazos rotos en el aire.
Esa frase, sola, ya era mala. Isabela sintió un latido más fuerte, seco, contra el pecho.
—¿Enterarme de qué?
Su madre se sentó frente a ella, intentando buscar su mano, pero Isabela la retiró sutilmente para acomodarse el cabello. Necesitaba espacio, no consuelo.
—Nos metimos en un negocio —empezó su padre—. Una inversión. Un préstamo para levantar lo del local… para expandir…
—¿Cuánto? —lo cortó Isabela. La voz le salió más fría de lo que esperaba.
—Mucho —respondió él, bajando los ojos.
En ese momento, la puerta se abrió. Mateo entró sin tocar, seguido de Clara. Isabela no los había llamado, pero bastó ver el rostro de su amiga para entenderlo todo. Clara no necesitó que nadie hablara; sus ojos recorrieron la mesa, el paño retorcido en las manos de la madre y la postura encorvada del padre.
—Tienen el agua al cuello, ¿verdad? —soltó Clara, sin preámbulos. Su capacidad para leer el aire de una habitación siempre había sido inquietante, pero hoy era quirúrgica—. No es solo una deuda, Isabela. Es un incendio.
Mateo se puso al lado de su prima, como un escudo humano.
—¿Qué hicieron, tío? —preguntó, directo.
El padre de Isabela se pasó una mano por el rostro. El nombre del desastre tardó en salir: Camilo Becerra. El socio. El "amigo".
—Ahora nos exigen el pago inmediato —susurró la madre—. Nos están amenazando, hija. No son cobradores de banco. Es gente que no quiere esperar.
Isabela sintió que el aire de la sala se volvía denso, difícil de procesar.
—¿Y por qué me llamaron? —preguntó Isabela, aunque el presentimiento ya le recorría la columna.
Su madre la miró como si ya estuviera pidiéndole perdón por lo que aún no había dicho. El padre tragó saliva y soltó la venda de golpe.
—Hay una salida. Me pidieron… que te comprometas con alguien.
El silencio que siguió no fue un vacío, fue un impacto. Isabela se quedó petrificada. El reloj de la pared parecía martillar cada segundo contra sus sienes. Pasaron cinco, diez, quince segundos en los que el mundo se detuvo.
—¿Qué? —la palabra salió pequeña, incrédula.
Mateo reaccionó con un golpe en la mesa.
—¡No! Ni lo piensen. Eso es una locura de otro siglo.
Clara se llevó una mano a la boca, sus ojos saltando del padre a Isabela, analizando las implicaciones de algo tan atroz. Isabela, en cambio, sintió una risa amarga subiendo por su garganta, pero lo que salió fue una pregunta seca.
—¿Comprometerme con quién?
Su padre dudó. El nombre pesaba demasiado.
—Con la familia Al-Kareem.
Isabela sintió que el suelo se inclinaba. No era por la riqueza mítica de ese nombre, ni por el misterio que los rodeaba. Era por el horror simple de entender que su vida, sus planos, su café de las siete de la mañana y sus muros antiguos estaban siendo subastados por las personas que más amaba.
—¿Y si digo que no? —preguntó, mirando a su madre.
—Entonces nos destruyen —sentenció su padre.
Isabela tomó su bolso con una lentitud que asustó a los presentes. No gritó. No lloró. Había una calma peligrosa en ella, la calma de quien acaba de entender que ya no es dueña de sus pasos.
—Necesito aire —dijo.
Salió al frío de la noche bogotana. Caminó tres cuadras sin sentir los pies, hasta que su teléfono vibró en el bolsillo. Un número desconocido. Un mensaje corto.
“Sabemos que ya lo sabe. Hablemos mañana. No lo haga más difícil.”
Isabela se detuvo en seco bajo un poste de luz. El frío ya no importaba. Lo que importaba era que el apellido Al-Kareem todavía no tenía rostro, pero ya le estaba robando el oxígeno.