El lugar no parecía diseñado para intimidar, y precisamente por eso lo hacía.
Isabela llegó quince minutos antes. No por ansiedad, sino por una disciplina que era su única armadura. El restaurante ocupaba el último piso de un hotel que ella jamás habría elegido: mármol claro, madera oscura y una vista de Bogotá que reducía la ciudad a un tablero de luces lejanas. Como arquitecta, Isabela odiaba los espacios que intentaban imponerse sobre las personas; este lugar lo hacía con cada ángulo perfectamente calculado.
—Señorita Ríos.
Isabela giró. El hombre frente a ella no vestía ostentoso, pero su presencia llenaba el vacío. Traje oscuro, corte impecable y un aroma a sándalo y cuero que gritaba procedencia extranjera.
—Soy Yusuf Hamdan —continuó—. Gracias por venir.
No hubo apretón de manos. En ese mundo, el contacto físico parecía un recurso que se ahorraba para momentos de mayor peso.
—Dígame para qué estoy aquí —respondió Isabela.
Yusuf la condujo a una mesa apartada. Sobre el mantel de lino blanco, colocó una carpeta de cuero negro.
—La familia Al-Kareem está dispuesta a absorber la deuda de su padre en su totalidad —dijo Yusuf, yendo directo al grano—. De forma inmediata y legal.
Isabela no parpadeó. Sus dedos acariciaban el borde de la mesa, analizando la frialdad del material.
—¿A cambio de qué?
—De un matrimonio.
La palabra no cayó como un golpe; cayó como una losa de concreto. Isabela se reclinó apenas en la silla, sintiendo que el oxígeno del restaurante se volvía escaso.
—No soy mercancía —dijo con una calma que le costó sangre mantener.
—No lo es. Por eso esta conversación existe —Yusuf cruzó las manos—. Usted decide. Pero su decisión tiene consecuencias para quienes llevan su mismo apellido.
Isabela soltó una risa breve e incrédula.
—¿Quién es él? —preguntó al fin—. ¿Quién es Adnan Al-Kareem?
—Un hombre que cumple lo que promete —respondió Yusuf. No era una descripción, era una advertencia—. Y un hombre que ha aceptado este acuerdo.
Eso fue lo que más le dolió a Isabela. No que la compraran, sino que alguien pudiera aceptar a una extraña como parte de un contrato financiero.
—¿Me tocará? —soltó ella, directa.
Yusuf no se inmutó. Sus ojos, oscuros y sabios, la observaron con respeto.
—No sin su consentimiento. La familia Al-Kareem no negocia desde la brutalidad, señorita Ríos. Negocia desde el control.
Isabela cerró los ojos. En la oscuridad de sus párpados vio a su madre llorando y a su padre encorvado por la vergüenza. El peso de la lealtad era más fuerte que su deseo de huir.
—Dígale a su cliente —dijo Isabela levantándose— que no me compre como si fuera silencio.
Yusuf la observó con una seriedad nueva.
—Él no la está comprando. Está asumiendo un riesgo que nadie más asumiría por una desconocida.
Isabela salió al aire gélido de la noche. Se quedó quieta en la acera, sintiendo cómo su vida se desmoronaba para dar paso a algo que no tenía nombre. Entonces, su teléfono vibró. Un número internacional.
“No quiero que esto sea una prisión para usted. Pero tampoco fingiré que es una elección fácil. —A.”
Isabela bloqueó la pantalla. Sintió rabia, sí. Pero también una chispa peligrosa de curiosidad. ¿Qué clase de hombre enviaba un mensaje de empatía mientras intentaba comprar su libertad?