Bajo tu custodia

Capítulo 1

La noche equivocada

La luz de las arañas de cristal se reflejaba en las copas de champán como si el salón entero estuviera hecho de diamantes líquidos. Ariadna ajustó el objetivo de su cámara y disparó otra ráfaga discreta, capturando sonrisas falsas, vestidos que costaban más que su alquiler anual y miradas que ocultaban demasiado.

Trabajar eventos de lujo tenía sus ventajas: pagaban bien y le permitían moverse entre la gente sin que nadie le prestara atención real. Ella era solo “la fotógrafa”. Invisible. Perfecta.

Pero esa noche algo se sentía mal.

No era el aire cargado de perfume caro ni el murmullo constante de conversaciones vacías. Era una tensión distinta, casi eléctrica, que se deslizaba bajo la superficie. Ariadna lo percibió cuando enfocó a tres hombres en una esquina apartada del salón. Trajes impecables. Expresiones demasiado serias para una fiesta.

Uno de ellos, alto, de cabello oscuro y mandíbula afilada, hablaba en voz baja mientras entregaba un pequeño dispositivo negro al hombre que tenía enfrente. El gesto fue rápido, casi imperceptible. Casi.

Ariadna apretó el disparador por instinto. La cámara capturó el momento con un clic suave que nadie más oyó.

Un segundo después, el hombre de cabello oscuro levantó la vista.

Directo hacia ella.

El corazón de Ariadna dio un salto violento. No era miedo todavía, solo la certeza instintiva de que acababa de ver algo que no debía. Bajó la cámara con naturalidad, fingiendo ajustar el lente, y se alejó hacia el otro lado del salón. Pero sentía esa mirada clavada en su espalda como un dedo frío.

Siguió trabajando. Sonrió cuando le pidieron fotos con invitados importantes, cambió de ángulo, se movió entre las mesas. Sin embargo, cada pocos minutos revisaba discretamente a su alrededor. El hombre ya no estaba en la esquina. Tampoco sus acompañantes.

A las once y media, cuando el evento empezaba a decaer, Ariadna se refugió en uno de los pasillos laterales para revisar las tomas en la pantalla de la cámara. Pasó las imágenes rápido hasta llegar a esa última secuencia.

Allí estaba.

El dispositivo negro cambiando de manos. El rostro del hombre que lo recibía, parcialmente iluminado. Y en el fondo, apenas visible, un segundo hombre observando todo con expresión gélida.

Ariadna agrandó la imagen. El corazón se le aceleró.

Reconocía ese rostro del fondo. Lo había visto antes, aunque solo en fotos de prensa y en algún que otro rumor oscuro.

León Valcárcel.

—No puede ser… —murmuró.

Cerró la cámara con manos temblorosas y la guardó en su bolso. Necesitaba salir de allí. Ahora.

Mientras caminaba hacia la salida de servicio, el pasillo parecía más largo de lo normal. Sus tacones resonaban demasiado fuerte contra el mármol. Al llegar a la puerta, empujó la barra de emergencia y el aire frío de la noche montevideana la golpeó en la cara.

Respiró hondo, tratando de calmarse.

Solo era una foto. Nadie la había visto tomarla. Mañana borraría esa toma y listo.

Pero mientras bajaba las escaleras hacia el estacionamiento subterráneo, no pudo evitar sentir que alguien la observaba.

Y por primera vez en mucho tiempo, Ariadna Salvatierra tuvo miedo de estar sola en la oscuridad.

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