Bajo tu custodia

Capítulo 2

Un archivo fuera de lugar

El departamento de Ariadna en Pocitos estaba en silencio cuando llegó poco después de la medianoche. Solo el zumbido suave del refrigerador y el lejano rumor del mar rompían la quietud. Cerró la puerta con llave doble, algo que casi nunca hacía, y se apoyó contra ella un momento, respirando hondo.

Todavía llevaba el vestido negro ajustado del evento, el cabello recogido en un moño deshecho y el corazón latiéndole demasiado rápido.

Se quitó los tacones con un suspiro de alivio y caminó descalza hasta la mesa del comedor. Sacó la cámara del bolso y la conectó al portátil. La pantalla se iluminó con un brillo azul frío que le lastimó los ojos.

—No es nada —se repitió en voz baja mientras abría la carpeta de las fotos del evento—. Solo una noche rara. Mañana borro todo y sigo con mi vida.

Pero sus dedos se detuvieron cuando llegó a la secuencia del pasillo lateral.

Allí estaba de nuevo.

La imagen ampliada mostraba con cruel claridad el momento exacto: la mano de un hombre entregando el dispositivo negro, el rostro del receptor iluminado por la luz tenue de una lámpara cercana, y al fondo, ligeramente desenfocado pero inconfundible, León Valcárcel observando la escena con esa expresión serena y letal que lo caracterizaba.

Ariadna sintió un escalofrío subirle por la espalda. No era experta en nada ilegal, pero sabía reconocer poder cuando lo veía. Y Valcárcel era sinónimo de poder sucio en Montevideo. Rumores de lavado de dinero, contratos oscuros y favores que nadie se atrevía a rechazar circulaban desde hacía años en los círculos de eventos de lujo.

Amplió aún más la imagen. En el borde inferior derecho, casi invisible, había capturado algo más: un segundo dispositivo, similar al que se entregaba, pero con un pequeño logo grabado. Un escudo estilizado que no reconoció.

Su pulso se aceleró.

—No debí haber tomado esto —susurró, pasándose una mano por el cabello suelto—. Fue solo un clic automático. Instinto.

Se levantó y caminó hasta la ventana. La ciudad brillaba abajo, tranquila y ajena. El Río de la Plata se extendía negro y plateado bajo la luna. Todo parecía normal. Sin embargo, no podía quitarse la sensación de que alguien la había seguido desde el evento.

Abrió el archivo RAW completo y empezó a revisar frame por frame. En una de las tomas posteriores, tomada apenas dos segundos después, se veía a Valcárcel girando ligeramente la cabeza hacia donde ella estaba. Como si hubiera sentido la cámara.

Ariadna tragó saliva.

Cerró el portátil de golpe y se abrazó a sí misma. El vestido negro de repente le parecía demasiado ajustado, como si la estuviera ahogando.

—Está bien. Mañana elimino la carpeta entera. Nadie va a saber que existió.

Pero incluso mientras lo decía, sabía que era mentira.

Se sirvió una copa de vino tinto barato y se sentó en el sofá, con las piernas recogidas. El reloj marcaba la una y cuarto. Debería estar exhausta después de cuatro horas de pie con tacones, pero el sueño no llegaba. Solo imágenes. El rostro de Valcárcel. El dispositivo negro. Esa mirada que parecía haberla encontrado entre cientos de personas.

Intentó distraerse revisando su teléfono. Mensajes de Elisa preguntando cómo había ido el evento. Una notificación de Instagram de un cliente potencial. Nada importante.

Entonces sonó.

No el teléfono. El timbre del departamento.

Ariadna se quedó congelada. Nadie tocaba a esa hora. Ni siquiera Elisa, que solía avisar antes.

Se levantó despacio, descalza, y se acercó a la puerta sin encender la luz del pasillo. Miró por la mirilla.

El rellano estaba vacío.

Solo la luz amarillenta del ascensor al fondo y el silencio.

—¿Hola? —preguntó en voz baja, aunque sabía que era inútil.

Nada.

Regresó al living con el corazón golpeándole el pecho. Tal vez había sido un vecino borracho que se equivocó de piso. O el viento. O su imaginación jugándole una mala pasada.

Volvió a sentarse frente al portátil y, contra todo buen juicio, abrió de nuevo la carpeta. Esta vez copió las imágenes comprometidas en un pendrive pequeño que guardaba para emergencias y lo escondió dentro de un libro de fotografía antigua en su biblioteca. El resto de las fotos las dejó visibles.

Justo cuando iba a apagar todo, su teléfono vibró sobre la mesa.

Número desconocido.

Ariadna lo miró fijamente durante varios segundos antes de contestar.

—¿Sí?

Silencio al otro lado. Solo una respiración lenta, controlada.

Luego, una voz grave y baja, casi un susurro:

—Señorita Salvatierra… debería borrar esas fotos.

La línea se cortó.

Ariadna dejó caer el teléfono como si quemara. Se quedó mirando la pantalla negra, con la boca seca y las manos temblando.

No era una amenaza vaga.

Era una advertencia precisa.

Sabían su nombre. Sabían lo que había visto.

Y ahora, ella ya no podía fingir que esa noche había sido solo una noche equivocada.




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