Lo que no debía ver
Ariadna se quedó paralizada en medio del living, con el teléfono todavía vibrando débilmente sobre la mesa de centro después de la llamada. El silencio del departamento se volvió denso, casi asfixiante. Solo se oía su propia respiración agitada y el latido desbocado de su corazón golpeándole las costillas.
“Señorita Salvatierra… debería borrar esas fotos.”
La voz había sido grave, calmada, sin prisa. No era un grito ni una amenaza vulgar. Era peor: era la voz de alguien que sabía exactamente lo que decía y que tenía el poder para hacer que esa advertencia se cumpliera.
Se llevó una mano al pecho, como si pudiera calmar el pánico que empezaba a subirle por la garganta. Sus piernas temblaban. Caminó hasta la ventana y corrió las cortinas con manos torpes, dejando el departamento en penumbras. Solo la luz azulada del portátil seguía encendida, iluminando la carpeta abierta con las fotos del evento.
Tenía que borrar todo. Ahora.
Se sentó frente a la pantalla y seleccionó toda la carpeta. El cursor temblaba sobre el botón de “Eliminar”. Pero algo la detuvo.
Si borraba las fotos, ¿desaparecería el problema? ¿O solo estaría destruyendo la única prueba de lo que había visto?
Recordó la imagen ampliada: León Valcárcel en el fondo, esa mirada fría que parecía atravesar la lente. El dispositivo negro pasando de mano en mano. El logo extraño grabado en el segundo aparato.
No era una simple entrega. Era algo más grande. Algo que olía a poder, a dinero sucio y a secretos que la gente mataba por mantener ocultos.
Ariadna se mordió el labio inferior con fuerza. Su mente corría a toda velocidad.
“Piensa, Ari, piensa.”
Podía llamar a la policía. Pero ¿qué les diría? “Hola, tomé una foto en un evento de lujo y ahora me amenazan por teléfono”. Sonaría como una paranoica. Y si ValcárceI tenía la influencia que se rumoreaba, la policía probablemente no haría nada… o peor, podría empeorar las cosas.
Otra opción era borrar todo y fingir que nunca había pasado. Cambiar de número, no aceptar más eventos de ese tipo, desaparecer por un tiempo. Pero sabía que ya era tarde. Sabían su nombre. Sabían dónde trabajaba. Probablemente sabían dónde vivía.
El timbre sonó de nuevo.
Esta vez fue más fuerte. Insistente. Dos veces seguidas.
Ariadna dio un salto en la silla. Se levantó despacio, el corazón en la garganta, y se acercó a la puerta sin encender ninguna luz. Miró por la mirilla.
Nada. El rellano seguía vacío.
Pero esta vez oyó algo más: un leve roce, como si alguien estuviera probando el picaporte desde afuera.
El miedo se volvió tangible. Un sudor frío le bajó por la espalda.
Corrió de vuelta al living, agarró su bolso, las llaves del auto y el pendrive que había escondido en el libro. Metió el portátil en el bolso y se puso unas zapatillas deportivas a toda prisa. No iba a quedarse esperando a que entraran.
Salió del departamento descalza con las zapatillas en la mano, cerró la puerta con llave y bajó las escaleras de emergencia en silencio, evitando el ascensor. Cada piso que bajaba sentía que el aire se volvía más pesado.
Cuando llegó al garaje subterráneo, el lugar estaba en penumbras. Solo algunas luces de emergencia parpadeaban. Su auto estaba al fondo, un Fiat 500 blanco que de repente le parecía demasiado pequeño y vulnerable.
Corrió hacia él, abrió la puerta con el control remoto y se metió dentro. Cerró con seguro y encendió el motor. Las manos le temblaban tanto que le costó poner la marcha.
Justo cuando iba a salir del lugar, vio por el retrovisor una figura oscura parada junto a la columna más cercana a la rampa de salida. No se movía. Solo observaba.
Ariadna pisó el acelerador. El auto salió disparado hacia la calle, dejando atrás el garaje con un chirrido de neumáticos.
Condujo sin rumbo fijo durante casi veinte minutos, mirando constantemente por los espejos. Nadie parecía seguirla. O al menos eso quería creer.
Finalmente se detuvo en una estación de servicio 24 horas cerca de la rambla. Apagó el motor y apoyó la frente contra el volante, respirando entrecortadamente.
—¿Qué carajo estoy haciendo? —susurró.
Sacó el pendrive del bolso y lo miró bajo la luz tenue del tablero. Ese pequeño pedazo de plástico contenía algo que podía costarle la vida.
Y sin embargo, no podía destruirlo. Todavía no.
Porque en el fondo, debajo del miedo, había algo más: una rabia sorda, una curiosidad peligrosa y la certeza de que, si alguien estaba dispuesto a amenazarla por esas fotos, era porque valían algo.
Tomó su teléfono y marcó el número de Elisa. Sonó cuatro veces antes de que su amiga contestara con voz somnolienta.
—¿Ari? ¿Estás loca? Son las dos de la mañana…
—Eli, necesito que me escuches y no me preguntes nada ahora —dijo Ariadna con voz temblorosa pero firme—. Si mañana no te llamo antes de las diez, llama a la policía y diles que busquen en mi departamento. Hay un pendrive escondido en el libro grande de Ansel Adams. ¿Entendiste?
Silencio del otro lado.
—Ariadna… ¿qué mierda está pasando?
—Prometémelo.
—Te lo prometo, pero…
—Gracias. Te quiero.
Colgó antes de que Elisa pudiera seguir preguntando.
Se quedó mirando la rambla a través del parabrisas. El mar estaba oscuro y revuelto, igual que su cabeza.
No sabía qué hacer.
Pero sí sabía una cosa con absoluta claridad:
Ya no podía volver atrás.
Lo que había visto esa noche la había cambiado todo.
Y ahora, alguien estaba dispuesto a cazarla por ello.
Bueno… si llegaste hasta acá ya sabes que se viene todo 😳
necesito saber qué pensás: ¿vos confiarías en él?
leé los comentarios o dejá el tuyo, los estoy viendo todos 🖤
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Editado: 26.04.2026