Bajo tu custodia

Capítulo 4

La primera sombra

Ariadna no durmió esa noche.

Después de la llamada a Elisa, se quedó dentro del auto en el estacionamiento de la estación de servicio hasta que el cielo empezó a clarear. Cada vez que cerraba los ojos veía la figura oscura junto a la columna del garaje, o escuchaba esa voz grave susurrando su nombre.

Cuando el cansancio empezó a pesarle demasiado, condujo hasta un hotel pequeño y discreto en Carrasco. Pagó en efectivo por una noche, usando el nombre de su madre. No era un gran plan, pero era lo único que se le ocurrió en ese momento.

La habitación era sencilla: una cama doble, un escritorio viejo y una ventana que daba a un jardín descuidado. Se duchó con el agua lo más caliente que pudo soportar, como si pudiera lavar el miedo que se le había pegado a la piel. Luego se sentó en la cama envuelta en una toalla, con el pendrive en la mano.

Lo miró durante largo rato.

Era tan pequeño. Tan insignificante. Y sin embargo, sentía que sostenía algo explosivo.

Abrió su portátil y, aunque sabía que era arriesgado, insertó el pendrive. No copió nada nuevo. Solo revisó una vez más las imágenes, esta vez con más calma.

En la foto más clara, León Valcárcel no solo observaba. Tenía una leve sonrisa en los labios. Esa clase de sonrisa que no llega a los ojos. La sonrisa de alguien que ya está calculando cómo eliminar un problema.

Ariadna sintió náuseas.

Cerró todo, sacó el pendrive y lo guardó en el bolsillo interno de su mochila. Luego se acostó, pero el sueño no llegó. Solo pensamientos que daban vueltas sin parar.

¿Quién era el hombre que había entregado el dispositivo? ¿Para qué servía ese logo extraño? ¿Cuánto sabían ya de ella?

A las ocho de la mañana sonó su teléfono. Era Elisa.

—¿Estás viva? —preguntó su amiga sin preámbulos, la voz cargada de preocupación.

—Estoy bien. Por ahora.

— Ari, me asustaste muchísimo anoche. ¿Qué carajo está pasando? ¿Estás metida en algo peligroso?

Ariadna se pasó una mano por la cara.

—No sé exactamente en qué estoy metida. Anoche tomé unas fotos en el evento… y parece que capturé algo que no debía. Me llamaron. Me amenazaron. Alguien intentó entrar a mi departamento.

Elisa soltó una maldición.

—Tenés que ir a la policía.

—No sé si sirve de algo. El nombre que vi… es León Valcárcel.

Hubo un silencio pesado del otro lado.

—Hijo de puta… —murmuró Elisa—. Ari, ese tipo es peligroso de verdad. No es solo un empresario. Hay rumores muy feos.

—Lo sé.

—¿Y qué vas a hacer?

—No lo sé todavía. Necesito pensar. Por ahora me voy a quedar escondida un par de días. No le digas a nadie dónde estoy.

—Tené cuidado, por favor. Y llamame cada cuatro horas o te juro que voy a buscarte yo misma.

—Te quiero, Eli.

—Te quiero más. No hagas ninguna boludez.

Colgó y se quedó mirando el techo. El miedo seguía ahí, pero también había otra cosa: una determinación fría. No iba a dejarse quebrar tan fácil. No otra vez.

Pasó el día encerrada en la habitación. Pidió comida al room service, revisó sus mails de trabajo y rechazó dos encargos nuevos. Intentó distraerse editando fotos inocentes de un shooting anterior, pero su mente volvía una y otra vez a la misma imagen: esa mirada de Valcárcel dirigida hacia ella.

Al caer la tarde, decidió salir a caminar un rato por la rambla para aclarar las ideas. Se puso una gorra y anteojos de sol, aunque el día estaba nublado. El viento del río era fuerte y frío, pero le sentaba bien. La hacía sentir un poco más dueña de sí misma.

Caminó casi una hora. El mar rugía a su lado, gris y agitado. Por momentos lograba calmarse. Tal vez estaba exagerando. Tal vez la llamada había sido un farol.

Entonces lo sintió.

Esa sensación otra vez. La misma del evento. Como si alguien la estuviera observando.

Se detuvo junto a un banco y fingió mirar el horizonte. Con el rabillo del ojo revisó alrededor.

Nada sospechoso. Parejas caminando, gente corriendo, un vendedor de choripanes.

Pero la sensación no desaparecía.

Siguió caminando, más rápido ahora. Cada pocos metros miraba por encima del hombro. Un hombre con campera oscura estaba a unos treinta metros detrás de ella. No parecía apurado. Solo caminaba en la misma dirección.

Ariadna aceleró el paso. El hombre también.

El corazón empezó a latirle con fuerza. Se metió en una de las calles laterales, cruzó rápido y entró en una pequeña cafetería. Se sentó en una mesa cerca de la ventana y pidió un café que no tenía ganas de tomar.

Desde allí vio al hombre pasar frente a la cafetería. No miró hacia adentro. Siguió de largo.

Ariadna soltó el aire que no sabía que estaba conteniendo.

—Estás paranoica —se dijo en voz baja—. Tenés que calmarte.

Pero cuando pagó y salió de nuevo a la calle, la sensación volvió, más fuerte.

Esta vez no vio a nadie.

Sin embargo, al llegar al hotel una hora después, encontró algo que le heló la sangre.

Sobre el picaporte de su habitación había una pequeña marca. Un corte fino, casi invisible, como si alguien hubiera intentado forzar la cerradura con una herramienta delgada.

No había entrado. Pero lo habían intentado.

Ariadna entró rápidamente, cerró con doble llave y se apoyó contra la puerta, respirando agitada.

La sombra ya no era solo una sensación.

Estaba ahí.

Y se estaba acercando.




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