El hombre que no esperaba volver a ver
Ariadna se quedó congelada frente a la puerta entreabierta, con el candelabro todavía apretado en la mano derecha. El corazón le latía con tanta fuerza que sentía cada golpe en los oídos.
Del otro lado solo había silencio ahora. Un silencio pesado, cargado, como si Dante estuviera midiendo exactamente cuánto tiempo le daría antes de tomar la decisión por ella.
—No voy a repetirlo —dijo él por fin. Su voz era baja, controlada, pero había una urgencia debajo que no lograba esconder del todo—. Estás en peligro real, Ariadna. Abre la puerta.
Ella tragó saliva. El sonido de su nombre en esa boca después de tres años le provocó un escalofrío que no quiso reconocer.
—¿Y se supone que debo creerte? —respondió con la voz ronca, cargada de rabia y miedo entremezclados—. ¿Después de tres años sin una palabra? ¿Ahora aparecés de repente para “salvarme”?
Un suspiro leve del otro lado. Casi imperceptible.
—No tenemos tiempo para esto ahora. Si no me dejas entrar, voy a tener que abrirla yo. Y preferiría no hacerlo.
Ariadna dudó solo un segundo más. Sabía que era una mala idea. Sabía que dejarlo entrar era abrir la puerta a todo lo que había intentado enterrar. Pero también sabía que, quienquiera que hubiera registrado su departamento, volvería. Y Dante… Dante siempre había sido peligroso. Pero nunca le había mentido sobre eso.
Bajó el candelabro lentamente y quitó la cadena de seguridad. Abrió la puerta solo lo suficiente para verlo.
Y ahí estaba.
Dante Verlicchi.
Más alto de lo que recordaba, o tal vez solo lo parecía por la forma en que ocupaba el espacio. Traje negro impecable, camisa oscura abierta en el primer botón, cabello negro ligeramente desordenado por el viento. La misma mandíbula afilada, los mismos ojos oscuros que parecían leerle el alma sin esfuerzo. Solo había cambiado una cosa: ahora había una dureza nueva en su mirada, como si los últimos tres años también lo hubieran marcado a él.
Sus ojos recorrieron el desastre del departamento en menos de un segundo y luego volvieron a ella. Algo cambió en su expresión cuando la vio: una mezcla de alivio y algo más oscuro. Posesión. Culpa. Deseo contenido.
—Ariadna… —murmuró.
—No —lo cortó ella inmediatamente, levantando una mano—. No digas mi nombre como si tuvieras derecho. ¿Qué hacés acá, Dante?
Él no contestó de inmediato. Entró sin pedir permiso, cerrando la puerta detrás de sí con un clic suave pero definitivo. Su presencia llenó el espacio destrozado de inmediato. Olía a madera cara, a cuero y a algo más sutil que ella nunca había logrado identificar.
Se movió con esa elegancia peligrosa que recordaba demasiado bien. Inspeccionó el living con mirada experta: los cajones abiertos, los libros tirados, el candelabro que ella todavía sostenía como arma.
—Llegué tarde —dijo en voz baja, casi para sí mismo—. Pensé que tendría más tiempo.
—¿Tiempo para qué? —Ariadna dio un paso atrás, manteniendo distancia—. ¿Para desaparecer otra vez después de arruinarme la vida?
Dante se giró hacia ella. Por primera vez desde que había entrado, su mirada se suavizó un poco. Solo un poco.
—No vine a discutir el pasado ahora. Vine porque alguien quiere matarte por lo que viste anoche en ese evento. León Valcárcel no deja cabos sueltos. Y vos… vos te metiste justo en el medio.
Ariadna sintió que el suelo se movía bajo sus pies.
—¿Cómo sabés lo que vi?
—Porque te vi a vos —respondió él sin rodeos—. Te vi tomar esa foto. Y supe en el mismo instante que te habías convertido en un problema para ellos.
Ella soltó una risa amarga, incrédula.
—Claro. Me viste. Y en lugar de advertirme en ese momento, dejaste que llegara a casa, que me amenazaran, que registraran mi departamento… ¿y ahora aparecés como el héroe?
Dante dio un paso hacia ella. Ariadna retrocedió hasta chocar con la pared.
—No soy ningún héroe —dijo él, la voz más baja, más oscura—. Pero soy lo único que tenés entre vos y una bala en la cabeza. Valcárcel ya sabe dónde vivís. Ya mandó gente. Y no van a parar hasta recuperar todo lo que capturaste… o hasta asegurarse de que no puedas contarlo.
Ariadna sintió lágrimas de rabia quemándole los ojos, pero se negó a dejarlas caer.
—¿Y por qué te importa? —preguntó, la voz quebrándose apenas—. Hace tres años decidiste que yo no valía la pena. Me dejaste como si fuera nada. ¿Ahora querés protegerme? ¿De repente?
Dante se quedó callado un momento. Sus ojos bajaron un segundo a los labios de ella, luego volvieron a sus ojos. La tensión entre ellos era casi palpable, cargada de todo lo que no se habían dicho en tres años.
—Porque aunque te dejé —respondió por fin, con una honestidad brutal—, nunca dejé de vigilarte. Y porque si alguien va a lastimarte… va a tener que pasar por mí primero.
El silencio que siguió fue denso, eléctrico.
Ariadna lo miró fijamente, el pecho subiendo y bajando con rapidez. Quería golpearlo. Quería gritarle todo el dolor que había guardado durante tres años. Quería… quería que la tocara, aunque odiara admitirlo.
—No te creo —susurró finalmente—. No te creo nada.
Dante dio otro paso. Ahora estaba demasiado cerca. Podía sentir el calor de su cuerpo, el aroma que todavía le aceleraba el pulso contra su voluntad.
—No te pido que me creas —dijo él, la voz grave y suave al mismo tiempo—. Te pido que vengas conmigo. Ahora. Tengo un lugar seguro. Allí podremos hablar. Allí podré protegerte.
Ariadna negó con la cabeza, aunque su cuerpo traicionero ya estaba reaccionando a su cercanía.
—¿Y si no quiero ir con vos?
Dante inclinó ligeramente la cabeza. Una sombra de esa sonrisa peligrosa que ella recordaba cruzó sus labios por un instante.
—Entonces voy a tener que cargarte yo mismo. Porque no pienso dejarte aquí para que te encuentren.
El aire entre ellos crepitaba.
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Editado: 15.05.2026