Bajo tu custodia

Capítulo 7

No vuelvas a tocarme

Ariadna retrocedió hasta que su espalda chocó contra la pared del living destrozado. El espacio entre ella y Dante se había reducido a menos de un metro, y aun así sentía que era demasiado y demasiado poco al mismo tiempo.

—No me toques —advirtió, la voz baja pero afilada como vidrio roto.

Dante no se movió. Solo la miró. Esa mirada oscura, intensa, que parecía capaz de desarmarla capa por capa. Sus ojos bajaron un segundo a su boca, luego volvieron a los de ella.

—No voy a tocarte si no querés —dijo él con calma peligrosa—. Pero tenemos que irnos. Ya.

Ariadna soltó una risa amarga, temblorosa.

—¿Irnos? ¿Así nomás? ¿Después de tres años de silencio, entrás a mi departamento como si nada, me decís que alguien quiere matarme y esperás que te siga como un perrito?

Dante pasó una mano por su cabello negro, un gesto de impaciencia que ella recordaba perfectamente. El traje le quedaba impecable, pero había una tensión en sus hombros que delataba que no estaba tan controlado como quería aparentar.

—Esto no es un juego, Ariadna. Valcárcel no manda a registrar departamentos por diversión. Ya saben que tenés material. Y si no lo recuperan, te van a hacer desaparecer. No voy a quedarme acá discutiendo mientras ellos se acercan.

Ella sintió que la rabia le subía por el pecho como lava.

—¿Y vos quién sos para decidir eso? —dio un paso hacia él, señalándolo con el dedo—. ¿El salvador de turno? ¿El hombre que desaparece cuando le conviene y reaparece cuando le da la gana? ¡Me dejaste, Dante! Me dejaste sin una explicación, sin una llamada, sin nada. Me hiciste creer que había sido un error, que yo había sido un error. ¿Y ahora querés que confíe en vos?

Su voz se quebró en la última palabra. Odio. Dolor. Humillación. Todo estaba ahí, saliendo de golpe después de tres años de guardarlo.

Dante apretó la mandíbula. Por un instante, algo parecido al arrepentimiento cruzó sus ojos, pero desapareció tan rápido como había llegado.

—No vine a pedir perdón esta noche —dijo en voz baja—. Vine a mantenerte viva. El resto… lo hablaremos cuando estés a salvo.

Ariadna negó con la cabeza, las lágrimas de rabia quemándole los ojos.

—No. No voy a ir a ningún lado con vos. Prefiero arriesgarme sola que volver a dejar que me destroces.

Dante dio un paso adelante. Ella levantó las manos instintivamente.

—No te acerques.

Él se detuvo, pero su presencia seguía llenando todo el espacio. El aroma de su colonia, mezclado con el olor a cuero y a noche fría, le llegaba con demasiada claridad. Su cuerpo traicionero reaccionaba aunque su mente gritara que no.

—Mirame —ordenó él suavemente.

Ariadna levantó la barbilla, desafiante.

—Te estoy mirando. Y lo único que veo es al mismo hombre que me rompió y se fue.

Dante respiró hondo. Por primera vez, su voz bajó aún más, casi un murmullo ronco:

—Te dejé porque estar cerca de mí te ponía en peligro. Pensé que si desaparecía, si cortaba todo de raíz, ellos te dejarían en paz. Fue la decisión más difícil que tomé en mi vida… y la más equivocada. Pero ahora no hay tiempo para explicaciones largas. Tienen tu pendrive. Saben que guardaste copias. Y van a venir por vos esta misma noche.

Ariadna sintió un nudo en la garganta.

—¿Cómo sabés todo eso?

—Porque es mi trabajo saberlo —respondió él con crudeza—. Trabajo en seguridad privada de alto nivel. Conozco a Valcárcel. Conozco cómo opera. Y sé que si no te saco de acá ahora, mañana no vas a estar viva para contarlo.

El silencio cayó pesado entre ellos.

Ariadna miró alrededor: su departamento destrozado, los libros tirados, la vida que había intentado reconstruir hecha pedazos otra vez. Y frente a ella, el hombre que había sido su mayor herida y su mayor adicción.

—No confío en vos —susurró finalmente.

—Lo sé —dijo Dante—. No te pido confianza. Te pido que vengas conmigo por esta noche. Mañana podés odiarme todo lo que quieras. Pero hoy… déjame protegerte.

Extendió la mano hacia ella. No para agarrarla, solo ofreciéndola. Palma hacia arriba. Un gesto sorprendentemente suave para un hombre como él.

Ariadna miró esa mano. Recordó cómo esas mismas manos la habían tocado hace tres años: con hambre, con reverencia, con posesión. Recordó cómo se habían ido sin despedida.

—No vuelvas a tocarme —repitió, pero esta vez su voz sonó más débil.

Dante no bajó la mano.

—No voy a tocarte si no me lo pedís. Pero tenemos que irnos. Mi auto está abajo. Bruno nos espera afuera para cubrirnos. Hay un lugar seguro preparado. Nadie va a encontrarte allí.

Ariadna cerró los ojos un segundo. El cansancio, el miedo y la adrenalina la estaban desgastando. Sabía que quedarse era suicida. Sabía que ir con él era peligroso de otra forma.

Abrió los ojos y lo miró fijamente.

—Si voy con vos… —dijo con la voz temblorosa pero firme—, no es porque te perdone. No es porque crea en tus palabras. Es solo porque no tengo otra opción ahora. ¿Entendés eso?

Dante asintió lentamente. Sus ojos oscuros brillaban con algo intenso, algo que parecía dolor y alivio al mismo tiempo.

—Entiendo.

Ariadna tomó una mochila pequeña, metió su portátil, algo de ropa que encontró tirada y el cargador del teléfono. No miró atrás mientras caminaba hacia la puerta.

Cuando pasó junto a Dante, él levantó la mano como si quisiera tocarle la espalda, pero se detuvo a mitad de camino.

—No me toques —repitió ella sin girarse.

Dante bajó la mano.

Salieron del departamento en silencio. Bajaron las escaleras uno al lado del otro, sin rozarse. En la calle, un SUV negro con vidrios polarizados los esperaba con el motor encendido. Un hombre alto y de expresión seria estaba parado junto a la puerta trasera: Bruno, supuso ella.

Dante abrió la puerta para ella.

Ariadna dudó un segundo más antes de subir.




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