Si te quedas aquí, te encuentran
El SUV negro avanzaba en silencio por las calles casi vacías de Montevideo. Solo se escuchaba el rumor suave del motor y, de vez en cuando, el sonido de la lluvia fina que había empezado a caer.
Ariadna iba pegada a la puerta del lado izquierdo, lo más lejos posible de Dante. Miraba por la ventana, los brazos cruzados sobre el pecho como si eso pudiera protegerla de todo lo que sentía. El corazón todavía le latía con fuerza, una mezcla de miedo, rabia y esa maldita atracción que nunca había logrado matar del todo.
Dante estaba sentado a su lado, pero no la tocaba. Mantenía las manos sobre sus propias rodillas, la mirada fija al frente. Sin embargo, ella podía sentir su presencia como un peso caliente en el aire. Cada vez que respiraba, captaba su olor. Cada vez que el auto tomaba una curva, sus cuerpos casi se rozaban.
Bruno conducía en silencio, sin hacer preguntas. Solo de vez en cuando miraba por el retrovisor.
—¿Adónde me llevás? —preguntó Ariadna por fin, sin girarse.
—A un lugar seguro —respondió Dante con voz baja y controlada—. Una casa en las afueras, en un barrio cerrado. Nadie sabe que existe. Allí podremos hablar con calma.
—¿Hablar? —ella soltó una risa corta y amarga—. Yo no quiero hablar con vos, Dante. Quiero que me expliques por qué creés que tenés derecho a aparecer después de tres años y decidir por mí otra vez.
Él giró la cabeza hacia ella. Sus ojos oscuros la recorrieron con lentitud, deteniéndose un segundo más de lo necesario en sus labios.
—No estoy decidiendo por vos —dijo con calma—. Estoy tratando de mantenerte viva. Si te hubieras quedado en tu departamento, ya estarías muerta o desaparecida.
Ariadna apretó los dientes.
—Tal vez preferiría eso a estar encerrada con vos.
El silencio que siguió fue denso. Bruno fingió no escuchar, pero Ariadna vio cómo sus manos se tensaban sobre el volante.
Dante se inclinó apenas hacia adelante, bajando la voz para que solo ella lo oyera:
—Podés odiarme todo lo que quieras, Ariadna. Tenés derecho. Pero no voy a dejarte morir por una foto que nunca debiste tomar. Cuando estés a salvo, si querés irte, te dejaré ir. Pero esta noche… esta noche te quedás conmigo.
Ella giró la cabeza bruscamente y lo miró a los ojos. Estaban demasiado cerca. Podía ver las pequeñas líneas de cansancio alrededor de sus ojos, la sombra de barba que empezaba a oscurecer su mandíbula, la intensidad que siempre había tenido y que ahora parecía aún más profunda.
—No me llames Ariadna como si todavía significara algo —susurró ella con voz temblorosa—. Para vos solo fui un error que decidiste borrar.
Dante no apartó la mirada. Por un instante, algo crudo y doloroso cruzó su rostro.
—Nunca fuiste un error —dijo en voz tan baja que casi se perdió con el ruido del motor—. Fuiste lo más real que tuve en mucho tiempo. Y por eso mismo tuve que alejarte.
Ariadna sintió que se le cerraba la garganta. Quería creerle. Quería gritarle. Quería golpearlo y luego besarlo hasta que le doliera. Todo al mismo tiempo.
El auto salió de la ciudad y tomó una ruta secundaria. Las luces de Montevideo se fueron quedando atrás, reemplazadas por oscuridad y árboles que se movían con el viento.
Después de casi cuarenta minutos, el SUV se detuvo frente a un portón alto de metal. Bruno marcó un código y las puertas se abrieron con un zumbido suave. La casa apareció al final de un camino de grava: moderna, de líneas limpias, rodeada de un jardín amplio y un muro alto que la aislaba por completo.
Cuando el auto se detuvo frente a la entrada principal, Dante bajó primero y le abrió la puerta. Esta vez no extendió la mano. Solo esperó.
Ariadna bajó sin mirarlo. El aire frío y húmedo de la noche le golpeó la cara. La casa era imponente pero discreta. Luces tenues iluminaban la fachada de piedra y vidrio.
Dante abrió la puerta principal con una huella digital y la invitó a pasar con un gesto.
El interior era elegante y minimalista: pisos de madera oscura, muebles sobrios, una enorme chimenea en el living. Olía a limpio y a madera. No parecía una casa cualquiera. Parecía un refugio preparado para emergencias.
—Tu habitación está arriba —dijo Dante mientras cerraba la puerta con llave—. Segunda puerta a la izquierda. Hay ropa limpia en el armario y todo lo que puedas necesitar. Bruno se quedará en la casa de huéspedes al fondo.
Ariadna se quedó parada en el centro del living, abrazándose a sí misma.
—¿Y vos?
—Yo me quedo aquí abajo. No voy a molestarte esta noche.
Ella soltó una risa seca.
—¿Molestarme? Ya me molestaste bastante apareciendo en mi vida otra vez.
Dante se acercó un paso. No la tocó, pero su presencia era abrumadora.
—Sé que me odiás. Y tenés razones. Pero mientras estés bajo este techo, estás bajo mi custodia. Nadie va a entrar aquí. Nadie va a tocarte. Ni Valcárcel… ni yo, si no querés.
Ariadna levantó la mirada y lo enfrentó. Estaban tan cerca que podía sentir el calor que emanaba de su cuerpo. El deseo traicionero que siempre había existido entre ellos empezó a despertar, mezclado con el dolor.
—No vuelvas a decidir por mí —dijo ella en voz baja, casi un susurro cargado de advertencia—. Nunca más.
Dante inclinó ligeramente la cabeza. Sus ojos bajaron a sus labios por un segundo.
—No lo haré —respondió—. Pero esta vez no pienso dejarte sola.
Se quedaron mirándose en silencio. El aire entre ellos estaba cargado de todo lo que no se decían: rabia, deseo, culpa, añoranza.
Ariadna fue la primera en apartar la mirada.
—Estoy cansada —murmuró—. Me voy a dormir.
Subió las escaleras sin esperar respuesta. Sintió la mirada de Dante clavada en su espalda todo el camino.
Cuando llegó a la habitación y cerró la puerta detrás de sí, se apoyó contra ella y soltó todo el aire que había estado conteniendo.
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Editado: 15.05.2026