Bajo tu custodia

Capítulo 9

Bajo tu custodia

La habitación era amplia y silenciosa. Demasiado silenciosa.

Ariadna se quedó de pie en el centro un largo rato después de cerrar la puerta. La cama king size estaba perfectamente hecha, con sábanas blancas y gruesas. Había un ventanal enorme que daba al jardín trasero, pero las cortinas opacas estaban corridas. Una lámpara de pie emitía una luz cálida y tenue. Todo parecía pensado para ser cómodo, seguro… impersonal.

Se acercó al armario y lo abrió. Ropa interior nueva de su talla exacta, jeans oscuros, sweaters suaves, una campera de cuero negra. Todo en tonos neutros y de excelente calidad. En el baño adjunto encontró productos de higiene femenina, cepillo de dientes sin abrir, cremas hidratantes y hasta su perfume favorito —el mismo que usaba hace tres años—.

Eso la golpeó más fuerte que el registro de su departamento.

Dante no solo la había vigilado. La había estudiado. Recordaba detalles que nadie más conocía.

Se quitó la ropa que llevaba puesta desde el evento de la noche anterior y se metió en la ducha. El agua caliente le cayó sobre los hombros como un castigo bienvenido. Se frotó la piel con fuerza, como si pudiera borrar el miedo, la rabia y la presencia de Dante que parecía impregnada en ella.

Cuando salió, envuelta en una toalla suave, se miró en el espejo empañado. Tenía ojeras profundas. Los ojos enrojecidos. El cabello húmedo le caía sobre los hombros en ondas oscuras. Se veía frágil. Y odiaba verse frágil.

Se puso una camiseta negra oversized que encontró en el armario y un pantalón de algodón gris. Se metió en la cama, pero el sueño no llegaba. Cada ruido de la casa —el crujido leve de la madera, el viento afuera, un paso lejano en la planta baja— la ponía en alerta.

Abajo, Dante no dormía.

Estaba sentado en el sillón del living, con un vaso de whisky en la mano y la mirada perdida en el fuego de la chimenea. Bruno se había retirado a la casa de huéspedes hacía una hora, pero él seguía despierto.

No podía dejar de pensar en la forma en que ella lo había mirado: con dolor, con desprecio… y con ese fuego que nunca se había apagado del todo. Tres años intentando convencerse de que alejarla había sido lo correcto. Tres años convenciéndose de que había hecho lo necesario para protegerla.

Y ahora estaba arriba, bajo su techo, odiándolo con cada célula de su cuerpo.

Y él todavía la deseaba como el primer día.

Un ruido suave en la escalera lo hizo levantar la cabeza.

Ariadna bajaba descalza, con el cabello todavía húmedo y la camiseta negra cayéndole por un hombro. Se detuvo al pie de la escalera cuando lo vio.

—No podía dormir —dijo ella sin preámbulos, la voz baja.

Dante dejó el vaso sobre la mesa y se puso de pie lentamente.

—¿Querés algo? Té, agua, algo más fuerte…

—No quiero nada tuyo —respondió ella, pero igual caminó hasta el living y se detuvo frente a la chimenea, dándole la espalda—. Solo… necesitaba bajar. La habitación se siente como una jaula.

Dante se quedó a varios metros de distancia, respetando el espacio que ella marcaba.

—Es temporal —dijo él con calma—. Hasta que neutralicemos la amenaza. Unos días, quizás semanas.

Ariadna soltó una risa seca y se giró hacia él.

—¿Semanas? ¿Encerrada acá con vos? Preferiría enfrentarme a Valcárcel yo sola.

—No digas eso —la voz de Dante se endureció un poco—. No tenés idea de lo que es capaz.

—Ni vos tenés idea de lo que yo soy capaz de soportar —replicó ella, los ojos brillando con desafío—. Me dejaste sola una vez. Sobreviví. Puedo volver a hacerlo.

Dante dio un paso hacia ella, pero se detuvo cuando vio cómo Ariadna se tensaba.

—No fue fácil para mí —dijo en voz baja, casi ronca—. Alejarte fue lo más difícil que hice. Pensé que si cortaba todo contacto, si desaparecía por completo, te dejarían en paz. Había gente de mi entorno que empezaba a hacer preguntas sobre vos. Preguntas peligrosas.

Ariadna cruzó los brazos sobre el pecho.

—¿Y nunca se te ocurrió explicármelo? ¿Decirme “esto es peligroso, tengo que irme”? ¿O simplemente “esto se terminó”? Cualquier cosa hubiera sido mejor que el silencio. Que hacerme sentir que no valía nada.

Dante apretó la mandíbula. El fuego de la chimenea iluminaba su rostro, marcando las líneas duras de su cara.

—Pensé que si te daba una explicación, ibas a intentar quedarte. Ibas a pelear. Y yo no hubiera podido irme si te veía llorar.

Ariadna sintió que se le llenaban los ojos de lágrimas, pero las contuvo con rabia.

—Qué conveniente —susurró—. Tomaste la decisión por mí. Otra vez. Como ahora, trayéndome acá sin preguntarme.

Él dio otro paso. Esta vez ella no retrocedió.

—Estás viva —dijo Dante, la voz más grave—. Eso es lo único que me importa esta noche.

El aire entre ellos se volvió espeso. La luz del fuego bailaba sobre la piel de Ariadna, resaltando el hombro descubierto por la camiseta. Dante bajó la mirada un segundo y luego la subió de nuevo a sus ojos.

Ariadna sintió el calor subirle por el cuerpo. Odio y deseo. Siempre había sido así con él. Una mezcla explosiva.

—No me mires así —dijo ella en voz baja.

—¿Cómo?

—Como si todavía tuvieras derecho a desearme.

Dante inclinó la cabeza ligeramente. Su voz salió ronca, contenida:

—Nunca dejé de desearte. Ni un solo día.

Ariadna tragó saliva. El corazón le latía con fuerza. Dio un paso atrás, rompiendo el momento.

—Voy a volver a la habitación —murmuró—. No me sigas. No subas. No… no hagas nada.

Dante asintió lentamente, aunque sus ojos decían otra cosa.

—Buenas noches, Ariadna.

Ella subió las escaleras sin responder.

Cuando cerró la puerta de la habitación por segunda vez, se dejó caer contra ella y cerró los ojos.

Estaba bajo su custodia.

Pero lo que más miedo le daba no era Valcárcel.

Era darse cuenta de que, a pesar de todo el dolor, una parte de ella todavía se sentía extrañamente… a salvo con él.




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