Reglas
Ariadna despertó con la primera luz del amanecer filtrándose por las cortinas opacas. Por un segundo no supo dónde estaba. Luego recordó todo: el evento, las fotos, el departamento destrozado, Dante apareciendo en la noche, la casa segura.
Se sentó en la cama y se pasó las manos por la cara. Había dormido solo unas pocas horas, pero su cuerpo se sentía pesado, exhausto. El silencio de la casa era absoluto. Ningún ruido de tráfico, ningún vecino, solo el canto lejano de algunos pájaros afuera.
Se levantó, se puso unos jeans oscuros y un sweater negro suave que encontró en el armario, y bajó descalza.
Dante ya estaba despierto.
Estaba en la cocina abierta, de espaldas a ella, preparando café. Llevaba pantalones negros y una camisa gris oscura con las mangas remangadas hasta los antebrazos. Los músculos de su espalda se marcaban sutilmente con cada movimiento. El aroma del café recién hecho llenaba el ambiente.
Cuando la oyó bajar, se giró lentamente.
—Buenos días —dijo con voz grave y calmada. Sus ojos la recorrieron de arriba abajo, deteniéndose un segundo más de lo necesario en su rostro cansado.
Ariadna no respondió al saludo. Se detuvo al otro lado de la isla de la cocina, manteniendo distancia.
—Necesito reglas —dijo sin preámbulos—. Si voy a quedarme acá, no quiero sorpresas. No quiero que decidas por mí. Y no quiero que esto se convierta en una prisión disfrazada de protección.
Dante asintió, como si ya esperara esa conversación. Sirvió dos tazas de café y deslizó una hacia ella sobre la isla de mármol. Negro, sin azúcar, exactamente como a ella le gustaba. Otro detalle que recordaba.
—Está bien —dijo él, apoyando las manos en la isla—. Reglas. Las mías y las tuyas.
Ariadna tomó la taza pero no bebió. Solo la sostuvo entre las manos para calentarse.
—Tú primero —dijo ella, desafiante.
Dante la miró fijamente. Su expresión era seria, controlada, pero había una intensidad debajo que hacía que el aire se sintiera más pesado.
—Regla uno: No sales de la propiedad sin mí o sin Bruno. Nunca sola. El perímetro está vigilado, pero afuera no puedo garantizar tu seguridad.
Ariadna apretó los labios.
—Regla dos: No usás tu teléfono ni tu computadora para contactar a nadie excepto a mí o a Bruno. Nada de redes sociales, nada de mensajes a Elisa que puedan rastrearse. Si necesitás hablar con alguien, lo hacés a través de un teléfono seguro que te voy a dar.
Ella entrecerró los ojos.
—Regla tres: Me decís todo. Cualquier cosa que recuerdes del evento, cualquier detalle de las fotos, cualquier llamada o mensaje extraño que hayas recibido. No ocultes nada pensando que me estás protegiendo.
Ariadna soltó una risa corta y amarga.
—¿Yo protegiéndote a vos? Qué irónico.
Dante ignoró el comentario y continuó:
—Regla cuatro: No intentes escaparte. Si lo hacés, te voy a encontrar. Y voy a traer te de vuelta. No porque quiera controlarte, sino porque afuera te matan.
Ariadna dejó la taza sobre la isla con más fuerza de la necesaria.
—Ahora las mías —dijo con voz firme—. Regla uno: No me toques. Ni un roce, ni un abrazo, ni una mano en la espalda. Nada.
Dante asintió lentamente, aunque sus ojos se oscurecieron un poco.
—Regla dos: No entres a mi habitación sin que yo te lo permita. Esta casa puede ser tuya, pero esa habitación es mía mientras esté acá.
—Entendido.
—Regla tres: No me mientas. Ni aunque creas que es por mi bien. Si me mentís una sola vez, me voy. Aunque tenga que salir caminando de esta casa.
Dante la miró en silencio unos segundos. Luego inclinó la cabeza.
—Trato.
—Regla cuatro —continuó ella, la voz más baja pero cargada—: No me hables del pasado como si tuvieras derecho a justificarte. Cuando yo quiera hablar de eso, yo lo voy a sacar. No vos.
Dante apretó la mandíbula. Por primera vez pareció que una de las reglas le dolía de verdad.
—Está bien —aceptó finalmente—. Pero hay una regla mía que no es negociable.
Ariadna levantó una ceja.
—Mientras estés bajo este techo, estás bajo mi custodia. Eso significa que tu vida vale más que tu orgullo. Si tengo que elegir entre que me odies o que estés viva, elijo que estés viva. Siempre.
El silencio cayó entre ellos, denso y cargado.
Ariadna dio un paso más cerca de la isla, mirándolo directamente a los ojos.
—Entonces queda claro —dijo en voz baja—. Estoy acá porque no tengo opción. No porque te perdone. No porque confíe en vos. Y si en algún momento siento que me estás manipulando otra vez, me voy. Aunque tenga que arriesgarme.
Dante rodeó la isla lentamente hasta quedar frente a ella. No la tocó, pero estaba lo suficientemente cerca como para que Ariadna sintiera el calor de su cuerpo.
—Entendido —murmuró él, la voz ronca—. Pero voy a hacer todo lo que esté en mis manos para que no quieras irte.
Sus ojos bajaron un segundo a los labios de ella, luego volvieron a subir.
Ariadna sintió un calor traicionero subirle por el vientre. Dio un paso atrás, rompiendo la cercanía.
—Voy a prepararme algo para comer —dijo, cambiando de tema bruscamente—. Y después quiero ver las fotos que todavía tengo. Tal vez pueda recordar algo más.
Dante asintió y se apartó, dándole espacio.
—Cuando estés lista, bajá al estudio. Tengo un equipo seguro para revisarlas sin que nos rastreen.
Ariadna se giró hacia la heladera sin responder.
Mientras sacaba huevos y pan, sintió la mirada de Dante clavada en su espalda. No dijo nada más. Solo se sirvió otra taza de café y desapareció por el pasillo hacia el estudio.
Ella se quedó sola en la cocina, respirando agitada.
Reglas.
Distancia.
Control.
Pero ya sentía que las reglas iban a ser mucho más difíciles de cumplir de lo que parecía.
Porque aunque lo odiara con toda su alma…
una parte de ella todavía recordaba demasiado bien cómo se sentía cuando Dante Verlicchi la miraba como si fuera lo único importante en su mundo.
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Editado: 15.05.2026