Lo que no dices
El estudio estaba en la planta baja, al final de un pasillo corto. Era una habitación amplia pero sobria: paredes oscuras, un escritorio grande de madera negra, varias pantallas, un sofá de cuero y una pared entera cubierta de estanterías con libros y archivos. Olía a café y a algo metálico, como equipo electrónico nuevo.
Cuando Ariadna entró, Dante ya estaba allí.
Estaba sentado frente al escritorio principal, con las mangas de la camisa aún remangadas y el cabello ligeramente revuelto, como si se hubiera pasado las manos por él varias veces. Frente a él había un ordenador portátil blindado y un segundo monitor.
Levantó la vista cuando ella entró. Sus ojos se detuvieron un segundo en su rostro, luego bajaron brevemente al sweater que se le había deslizado un poco por el hombro. Volvió a subir la mirada con esfuerzo.
—Sentate —dijo con voz neutra, señalando la silla a su lado.
Ariadna se sentó, manteniendo la mayor distancia posible. Colocó su portátil sobre el escritorio y lo abrió.
—Las fotos originales siguen aquí —dijo ella sin mirarlo—. No las borré. Pero después de lo que pasó anoche, no sé si es inteligente tenerlas.
Dante se acercó un poco más, solo lo necesario para ver la pantalla. No la tocó. Cumplía las reglas… por ahora.
—Pasámelas a este equipo —indicó—. Está completamente aislado. Nadie puede rastrear la conexión.
Ariadna conectó el cable y transfirió la carpeta. Mientras las imágenes cargaban, el silencio se volvió pesado. Solo se oía el suave zumbido de los ventiladores del ordenador.
Dante abrió la primera foto del evento. La amplió. Ariadna vio cómo su mandíbula se tensaba al reconocer a León Valcárcel en el fondo.
—Ahí está —murmuró ella—. No sabía quién era en ese momento. Solo sentí que algo estaba mal.
Dante no respondió de inmediato. Pasó a la siguiente imagen, luego a la del dispositivo negro cambiando de manos. Sus dedos se movían con precisión sobre el trackpad, pero Ariadna notó que su respiración se había vuelto más lenta, más controlada.
—¿Reconocés al hombre que entrega el dispositivo? —preguntó ella.
Dante asintió una sola vez.
—Es uno de los hombres de confianza de Valcárcel. Se llama Ramiro Cárdenas. No es el cerebro, pero sí el que hace el trabajo sucio.
Ariadna se mordió el labio inferior.
—¿Y el logo que aparece en el segundo aparato?
Dante amplió la imagen hasta que el escudo estilizado llenó la pantalla. Se quedó mirándolo varios segundos en silencio.
—Es un sello interno —dijo por fin—. Lo usan en operaciones que no quieren que aparezcan en ningún registro oficial. Tráfico de información, favores políticos, movimientos de dinero que no pueden justificarse. Lo que capturaste no es solo una entrega… es prueba de una red mucho más grande.
Ariadna sintió un nudo en el estómago.
—Entonces… ¿realmente estoy jodida?
Dante giró la silla hacia ella. Esta vez sus ojos no se apartaron.
—Sí —respondió con honestidad brutal—. Estás jodida. Pero mientras estés acá, estás protegida. Bruno ya está trabajando en neutralizar las copias que ellos tengan. Yo me encargo de Valcárcel.
Ariadna soltó una risa baja y sin humor.
—Qué lindo. El hombre que me abandonó ahora quiere ser mi guardaespaldas personal.
Dante no sonrió. Solo la miró con esa intensidad que siempre la desarmaba.
—No quiero ser tu guardaespaldas —dijo en voz baja—. Quiero que sigas viva. Y sí, quiero que estés acá. Aunque me odies por eso.
El silencio cayó otra vez. Ariadna apartó la mirada hacia la pantalla, pero ya no veía las fotos. Solo sentía la cercanía de Dante. El calor de su cuerpo. La forma en que su presencia llenaba toda la habitación.
—¿Por qué no me dijiste nada hace tres años? —preguntó de repente, sin poder contenerse—. Aunque fuera una mentira. Cualquier cosa hubiera sido mejor que desaparecer.
Dante se quedó callado un largo rato. Cuando habló, su voz sonó más ronca de lo normal.
—Porque si te hubiera dicho la verdad, habrías intentado quedarte a mi lado. Y yo no hubiera tenido la fuerza para irme. Eras… demasiado. Demasiado importante. Demasiado peligrosa para mí también.
Ariadna sintió que se le aceleraba el pulso.
—¿Y ahora? —preguntó casi en un susurro—. ¿Ahora ya no soy peligrosa?
Dante inclinó la cabeza ligeramente. Sus ojos bajaron a su boca, luego volvieron a sus ojos.
—Ahora sos más peligrosa que nunca —admitió—. Porque ya no soy capaz de alejarme otra vez.
El aire entre ellos se volvió espeso, cargado de todo lo que no se decían. Ariadna podía sentir el deseo latiendo bajo la superficie, mezclado con el dolor viejo y la rabia fresca.
Se levantó abruptamente, rompiendo el momento.
—Voy a seguir revisando las fotos sola —dijo con voz temblorosa—. Prefiero hacerlo en la habitación.
Dante no intentó detenerla. Solo asintió.
—Está bien. Pero si encontrás algo más, decímelo inmediatamente.
Ariadna tomó su portátil y caminó hacia la puerta. Antes de salir, se detuvo un segundo y habló sin girarse:
—No creas que porque estoy acá vamos a retomar algo. Lo que tuvimos terminó hace tres años. Y vos fuiste el que lo mató.
Salió del estudio sin esperar respuesta.
Dante se quedó sentado frente a las pantallas, con las manos apretadas en puños sobre el escritorio.
Arriba, Ariadna cerró la puerta de su habitación y se dejó caer contra ella.
El corazón le latía con fuerza. Las manos le temblaban.
No era solo miedo a Valcárcel.
Era miedo a sí misma.
Porque a pesar de todas las reglas, a pesar del dolor y de la distancia que intentaba poner…
una parte de ella todavía quería que Dante rompiera todas las reglas y la tocara.
Y eso la aterrorizaba más que cualquier amenaza externa.
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Editado: 15.05.2026