Bajo tu custodia

Capítulo 12

La distancia de una pared

La noche cayó sobre la casa como una manta pesada.

Ariadna llevaba más de dos horas encerrada en su habitación. No había bajado a cenar. No había respondido cuando Dante golpeó suavemente la puerta a las ocho para preguntarle si necesitaba algo. Solo había dicho “estoy bien” con una voz tan fría que él sintió el rechazo como un golpe físico.

Ahora eran casi las once y media.

Dante estaba sentado en el sillón del living, con la chimenea apagada y solo una lámpara encendida. Tenía un vaso de whisky en la mano, pero apenas lo había tocado. Miraba fijamente la escalera, como si pudiera atravesar las paredes con la mirada.

Cada minuto que pasaba sin verla era una tortura lenta.

Recordaba su voz de esa tarde en el estudio: “No creas que porque estoy acá vamos a retomar algo. Lo que tuvimos terminó hace tres años. Y vos fuiste el que lo mató.”

Esas palabras se le habían clavado como vidrio bajo la piel. No podía sacárselas. Cada vez que las repetía en su cabeza, sentía que se hundían más profundo.

Se pasó una mano por la cara, exhausto. Hacía tres años que vivía con el peso de haberla dejado. Pero tenerla tan cerca y al mismo tiempo tan lejos… eso era nuevo. Era peor.

Arriba, Ariadna estaba sentada en el borde de la cama, con las rodillas abrazadas contra el pecho. No lloraba. Ya no le quedaban lágrimas fáciles. Solo un vacío sordo en el pecho que le dolía con cada respiración.

Lo odiaba. Lo odiaba tanto que le costaba respirar cuando lo tenía cerca. Pero también lo deseaba. Y ese deseo la hacía sentirse débil, traicionada por su propio cuerpo.

Se levantó y caminó hasta la puerta. Apoyó la frente contra la madera fría. Sabía que él estaba abajo. Podía sentir su presencia incluso a través de la distancia. Era como si el aire de la casa estuviera cargado de él.

—No voy a bajar —se dijo en voz baja—. No voy a darle la satisfacción de verme rota.

Pero sus pies se movieron solos.

Bajó las escaleras en silencio, descalza, con la misma camiseta oversized negra que había usado la noche anterior. Cuando llegó al último escalón, se detuvo.

Dante levantó la cabeza de inmediato. Sus ojos se encontraron.

Por un segundo ninguno de los dos habló.

Él se puso de pie lentamente, como si cualquier movimiento brusco pudiera hacerla huir. El vaso de whisky quedó olvidado sobre la mesa.

—Ariadna… —su voz salió ronca, casi rota.

—No —lo cortó ella antes de que pudiera continuar—. No digas nada. Solo… no podía dormir.

Dante asintió. Se quedó donde estaba, respetando la distancia invisible que ella había impuesto entre ellos. Pero sus ojos lo traicionaban. Había hambre, culpa, dolor y un deseo tan crudo que casi dolía mirarlo.

—¿Querés que me vaya a otra habitación? —preguntó él en voz baja—. Puedo dormir en el estudio. O en la casa de huéspedes con Bruno.

Ariadna negó con la cabeza, aunque le costó.

—No. Esta es tu casa. Yo soy la que está… bajo tu custodia.

La forma en que dijo “custodia” sonó como un insulto. Dante cerró los ojos un segundo, como si la palabra lo hubiera golpeado.

—Odio esto —murmuró él de repente. La voz le salió más baja, más rota de lo que pretendía—. Odio verte así. Odio saber que soy yo quien te hizo daño. Odio que estés aquí por obligación y no porque quieras estar cerca de mí.

Ariadna sintió que algo se le apretaba en el pecho.

—Entonces deberías haberlo pensado hace tres años —respondió ella, la voz temblando de rabia contenida—. Deberías haber pensado cómo me iba a sentir cuando desapareciste sin una palabra. Cuando me hiciste creer que yo no había sido suficiente. Cuando me dejaste sola lamiéndome las heridas mientras vos seguías con tu vida perfecta y peligrosa.

Dante dio un paso hacia ella, pero se detuvo cuando vio cómo Ariadna se tensaba.

—Cada día de estos tres años pensé en vos —confesó con voz ronca—. Cada vez que cerraba los ojos te veía. Cada vez que alguien mencionaba un evento de lujo, me preguntaba si estarías ahí con tu cámara. Me volví loco revisando tus redes en silencio, viendo cómo seguías adelante sin mí. Y me decía a mí mismo que había valido la pena si estabas a salvo.

Ariadna soltó una risa amarga que sonó más como un sollozo.

—¿A salvo? ¿Eso es lo que pensás que hiciste? Me dejaste hecha mierda, Dante. Me costó meses volver a creer que alguien podía quererme sin terminar abandonándome. Y ahora aparecés de nuevo, me encerrás en esta casa y pretendés que te agradezca.

Dante se pasó ambas manos por el cabello, desesperado. Por primera vez desde que lo conocía, parecía estar perdiendo el control.

—No pretendo que me agradezcas —dijo con la voz quebrada—. Solo… solo quiero que estés viva. Aunque me odies. Aunque nunca vuelvas a mirarme como antes. Aunque tenga que vivir el resto de mi vida sabiendo que te perdí por mi propia culpa.

El silencio que siguió fue brutal.

Ariadna lo miró fijamente. Tenía los ojos brillantes, pero no lloraba. Su orgullo se lo impedía.

—Duele, ¿verdad? —susurró ella—. Sentir que la persona que amás está tan cerca y al mismo tiempo tan lejos. Bienvenido a mi mundo de los últimos tres años.

Dante dio otro paso. Esta vez ella no retrocedió, pero tampoco se acercó.

—Dime qué querés que haga —pidió él, casi suplicante—. Dime cómo reparar esto. Porque si hay alguna forma, aunque sea mínima, voy a hacerla. Aunque me lleve años. Aunque tenga que sufrir cada día que vos sufriste.

Ariadna lo miró durante varios segundos eternos.

Luego, con voz baja y fría, respondió:

—Primero, aprende a vivir con el dolor de no poder tenerme. Porque yo tuve que aprender a vivir sin vos.

Se dio media vuelta y subió las escaleras sin mirar atrás.

Dante se quedó solo en el living, con el pecho subiendo y bajando con fuerza. Se dejó caer en el sillón y enterró la cara entre las manos.




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