Bajo tu custodia

Capítulo 13

No me debes nada

Ariadna no bajó a desayunar.

Dante preparó café, tostadas y fruta como todas las mañanas desde que ella había llegado, pero el plato quedó intacto sobre la isla de la cocina. A las diez de la mañana, cuando Bruno entró a la casa para reportar novedades sobre Valcárcel, encontró a Dante sentado solo frente a la mesa, mirando fijamente la taza de café fría.

—Nada nuevo esta noche —dijo Bruno con su tono seco habitual—. Pero están moviéndose. Valcárcel puso precio a cualquier información sobre ella. No es una cacería discreta ya.

Dante solo asintió. No preguntó detalles. No dio órdenes. Solo se quedó ahí, con la mirada perdida.

Bruno lo observó un segundo más de lo normal.

—¿Estás bien?

—No —respondió Dante con honestidad brutal—. No estoy bien.

Bruno no insistió. Sabía que cuando Dante hablaba así, era mejor no presionar. Se retiró en silencio.

Arriba, Ariadna estaba sentada en el alféizar de la ventana de su habitación, mirando el jardín sin verlo realmente. Había dormido mal otra vez. Pesadillas mezcladas con recuerdos: las manos de Dante en su cuerpo hace tres años, su risa baja contra su cuello, y luego el vacío absoluto cuando desapareció.

Cada vez que cerraba los ojos veía su cara de anoche: rota, desesperada, suplicando una forma de reparar lo irreparable.

Y una parte de ella disfrutaba ese sufrimiento. Otra parte se sentía miserable por disfrutarlo.

A mediodía, bajó.

Dante estaba en el living, de pie frente a la ventana, con las manos en los bolsillos. Cuando la oyó bajar las escaleras, se giró rápidamente. Sus ojos se iluminaron un segundo… y luego se apagaron al ver la expresión fría de ella.

—Comí algo arriba —dijo Ariadna antes de que él preguntara—. No tengo hambre.

Dante tragó saliva y asintió.

—Está bien. Si necesitás algo…

—No necesito nada —lo cortó ella—. Y no me debes nada, Dante. Ni comida, ni explicaciones, ni cuidados. Solo protégeme hasta que esto pase. Después cada uno sigue su camino.

Las palabras fueron como un puñetazo directo al estómago de Dante.

Se quedó callado varios segundos, luchando por mantener la compostura. Cuando habló, su voz sonó baja y rasposa, como si le costara sacarla:

—No digas eso.

—¿Por qué no? —Ariadna dio un paso hacia él, los ojos brillando con una mezcla de rabia y cansancio—. Es la verdad. No me debés nada. Me dejaste. Tomaste la decisión solo. Ahora yo tomo las mías. Cuando todo esto termine, no quiero volver a verte. No quiero explicaciones. No quiero disculpas. Solo… desaparecé de nuevo. Esta vez para siempre.

Dante sintió que algo se rompía dentro de él.

Dio un paso hacia ella, pero se detuvo cuando vio cómo Ariadna levantaba ligeramente la mano, recordándole la regla de no tocarla.

—Ariadna… —su voz se quebró en su nombre—. No puedo hacer eso. No puedo desaparecer otra vez sabiendo el daño que te hice. No puedo vivir sabiendo que me odiás tanto.

—Vas a tener que aprender —respondió ella, la voz firme aunque por dentro temblaba—. Yo aprendí a vivir con tu ausencia. Ahora te toca a vos aprender a vivir con mi indiferencia.

Dante cerró los ojos. Cuando los abrió, tenían un brillo peligroso, no de ira, sino de puro dolor.

—Cada noche de estos tres años me pregunté si estabas bien —confesó en voz baja, casi ahogada—. Cada vez que cerraba los ojos veía tu cara la última noche que estuvimos juntos. Cómo me sonreías. Cómo confiabas en mí. Y luego… el vacío. Saber que te había destruido y que no podía arreglarlo. Saber que estabas sufriendo por mi culpa y que yo no podía acercarme porque eso te pondría en más peligro.

Hizo una pausa, respirando con dificultad.

—Ahora te tengo acá —continuó, la voz cada vez más rota—. Te tengo a metros de distancia y no puedo tocarte. No puedo abrazarte. No puedo decirte que lo siento de la forma en que realmente quiero. Solo puedo mirarte y ver cómo me mirás con odio. Y duele, Ariadna. Duele tanto que a veces no puedo respirar.

Ariadna sintió que se le cerraba la garganta. Quería gritarle que se callara. Quería golpearlo. Quería… quería que dejara de sufrir porque verlo así también la destrozaba.

Pero no lo dijo.

En cambio, levantó la barbilla y respondió con frialdad:

—Bien. Ahora sabés cómo se siente.

Dante dio otro paso. Esta vez su voz salió casi en un susurro desesperado:

—Dime qué querés. Dime que me odies en voz alta todos los días. Dime que me insultes. Dime que me pegues si eso te hace sentir mejor. Pero no me digas que no te debo nada. Porque te debo todo. Te debo los tres años que te robé. Te debo cada lágrima que derramaste por mi culpa. Y voy a pagarlas. Aunque me lleve el resto de mi vida.

Ariadna lo miró fijamente durante largos segundos. Sus ojos estaban húmedos, pero no dejó caer ni una lágrima.

—No quiero tu sufrimiento, Dante —dijo finalmente, la voz baja y temblorosa—. Quiero que te duela tanto como me dolió a mí. Y después… quiero que aprendas a vivir con eso. Como yo lo hice.

Se dio vuelta y caminó hacia las escaleras.

Antes de subir, se detuvo un segundo y habló sin mirarlo:

—No bajes a mi habitación esta noche. No golpees la puerta. No intentes hablarme. Solo… déjame en paz.

Subió las escaleras y cerró la puerta de su habitación con un clic suave pero definitivo.

Abajo, Dante se quedó solo en el living.

Se dejó caer en el sillón, apoyó los codos en las rodillas y enterró la cara entre las manos.

Por primera vez desde que era adulto, sintió ganas de llorar.

No por miedo a Valcárcel.

No por el peligro.

Sino porque la mujer que amaba estaba bajo su techo, viva y a salvo…

y al mismo tiempo, más lejos de él que nunca.

Y esta vez, el dolor era enteramente suyo.




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