Lo que todavía me haces
La tarde se arrastró lenta y pesada dentro de la casa.
Ariadna pasó casi todo el día encerrada en su habitación. No bajó a almorzar. Solo salió un momento para buscar una botella de agua y un par de frutas de la cocina cuando calculó que Dante no estaría allí. Evitó mirarlo. Evitó cualquier contacto.
Dante, en cambio, no podía quedarse quieto.
Caminaba de un lado al otro del living como un animal enjaulado. Cada pocos minutos miraba hacia la escalera, esperando oír sus pasos. Cada vez que el silencio se prolongaba, el nudo en su pecho se apretaba más.
Bruno lo observaba desde la puerta del estudio, con los brazos cruzados.
—Jefe… estás hecho mierda —dijo finalmente, sin rodeos.
Dante se detuvo y lo miró con ojos cansados.
—No sé cómo arreglar esto —admitió en voz baja—. La tengo acá, bajo el mismo techo, y es como si estuviera a miles de kilómetros. Cada vez que me mira, veo el daño que le hice. Y no puedo tocarla. No puedo abrazarla. No puedo decirle que la extraño como un loco.
Bruno suspiró.
—Le hiciste mierda la vida hace tres años. Ahora te toca pagar. Y pagar duele.
Dante se pasó las manos por el cabello, desesperado.
—Lo sé. Pero duele más de lo que imaginé. Verla tan cerca y saber que me odia… es peor que si me hubiera olvidado por completo.
Arriba, Ariadna estaba sentada en la cama con las piernas cruzadas, mirando su portátil. Revisaba las fotos una y otra vez, pero su mente no estaba allí. Estaba en la voz rota de Dante de la noche anterior. En sus palabras. En la forma en que había admitido que sufría.
Una parte de ella quería bajar y gritarle todo lo que había guardado durante tres años. Otra parte quería… solo quería que el dolor parara.
Al caer la tarde, no aguantó más el encierro.
Bajó.
Dante estaba en el living, sentado en el sillón con la cabeza apoyada en el respaldo y los ojos cerrados. Parecía exhausto. Cuando la oyó bajar, abrió los ojos de golpe y se enderezó rápidamente.
—Ariadna…
Ella se detuvo al pie de la escalera. No se acercó.
—Necesito aire —dijo simplemente—. Voy a salir al jardín. Sola.
Dante se levantó de inmediato.
—No. No sola. Puedo acompañarte a distancia, pero no…
—Dante —lo interrumpió ella, la voz cansada pero firme—. Dijiste que estaba bajo tu custodia. No que era tu prisionera. Déjame respirar.
Él apretó los puños a los costados. Quería negarse. Quería encerrarla con llave si era necesario para mantenerla a salvo. Pero vio el agotamiento en sus ojos y algo dentro de él se quebró un poco más.
—Está bien —cedió con voz ronca—. Pero quédate dentro del perímetro. Bruno va a vigilar desde lejos. Yo… me quedo acá.
Ariadna asintió y salió sin decir nada más.
El jardín trasero era amplio y cuidado, rodeado de altos muros y árboles. El aire fresco de la tarde le hizo bien. Caminó despacio entre las plantas, respirando hondo. Por primera vez en días sintió que podía pensar con claridad.
Pero incluso allí, sentía la presencia de Dante.
Sabía que él la estaba mirando desde alguna ventana. Sabía que sufría. Y aunque una parte oscura de ella se alegraba, otra parte empezaba a pesarle demasiado.
Dentro de la casa, Dante estaba parado frente a la ventana del living, con las manos apoyadas en el marco y la frente casi pegada al vidrio.
La veía caminar. Veía cómo el viento le movía el cabello. Veía su silueta delgada contra el atardecer.
Y dolía.
Dolía tanto que sentía un peso físico en el pecho.
Recordaba cómo solía abrazarla por detrás hace tres años, cómo ella se reía cuando le besaba el cuello, cómo confiaba en él ciegamente. Ahora ni siquiera soportaba que se acercara.
—Te extraño —susurró contra el vidrio, aunque ella no podía oírlo—. Te extraño tanto que me está matando.
Sus ojos se humedecieron. No lloró —no se permitía ese lujo—, pero el dolor era tan intenso que le costaba respirar.
Cuando Ariadna regresó media hora después, lo encontró en el mismo lugar, de espaldas a la puerta.
Ella se detuvo en la entrada del living.
Dante se giró lentamente. Tenía los ojos rojos, la mandíbula tensa, la expresión de un hombre que estaba aguantando todo lo que podía.
—Volviste —dijo él con voz baja y ronca.
—Dije que iba a volver —respondió ella, sin emoción—. No soy una niña que se escapa.
Dante dio un paso hacia ella, pero se detuvo a mitad de camino, recordando las reglas.
—Ariadna… —su voz se quebró—. No sé cuánto tiempo más voy a poder hacer esto. Verte todos los días y no poder acercarme. No poder tocarte. No poder decirte que todavía te amo como el primer día. Me está destruyendo.
Ariadna sintió un nudo en la garganta. Por primera vez, vio el sufrimiento real en sus ojos. No era actuación. No era manipulación. Era puro, crudo y profundo.
—No me debes nada —repitió ella, pero esta vez su voz sonó menos firme—. Y yo no te debo nada tampoco.
Dante negó con la cabeza, desesperado.
—Te debo todo. Y lo sé. Pero esto… esto de estar tan cerca y tan lejos al mismo tiempo… es una tortura que no sé si merezco. Aunque probablemente sí la merezca.
Se quedó callado un momento, respirando con dificultad.
—Solo quiero que sepas una cosa —dijo finalmente, la voz casi un susurro—. Aunque nunca me perdones… aunque decidas irte cuando todo esto termine… yo nunca voy a dejar de amarte. Nunca voy a dejar de sufrir por lo que te hice. Y voy a vivir con eso el resto de mi vida.
Ariadna lo miró fijamente. Tenía el pecho apretado. Quería odiarlo. Quería seguir castigándolo.
Pero por primera vez, el sufrimiento de Dante empezó a filtrarse a través de su propia armadura.
No dijo nada.
Solo subió las escaleras en silencio y cerró la puerta de su habitación.
Dante se quedó solo en el living, con el corazón hecho pedazos.
Se dejó caer en el sillón y cerró los ojos.
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Editado: 15.05.2026