Bajo tu custodia

Capítulo 16

El peso de compartir el aire

Ariadna no durmió esa noche.

Se quedó sentada en la cama con la espalda contra el cabezal, las rodillas abrazadas contra el pecho y la mirada fija en la pared. Cada vez que cerraba los ojos veía la imagen que su mente no dejaba de construir: Dante en una cama que no era la de ella, tocando a otra mujer, besando otra piel, intentando olvidarla.

Y fracasando.

Pero el fracaso no borraba el hecho de que lo había intentado.

Las lágrimas le caían en silencio por las mejillas. No eran lágrimas dramáticas ni de rabia explosiva. Eran lágrimas pesadas, cansadas, del tipo que duele en el alma. Porque por más que se repitiera que Dante no le debía fidelidad después de haberla abandonado, el dolor era visceral.

Él había seguido viviendo. Ella había quedado estancada.

Abajo, Dante tampoco dormía.

Estaba sentado en el sillón del living, con la cabeza entre las manos y el vaso de whisky intacto sobre la mesa. Se sentía vacío. Peor que vacío. Se sentía como un monstruo.

Había visto el momento exacto en que sus palabras le rompieron algo más a Ariadna. Había visto cómo sus ojos se llenaron de un dolor nuevo, más profundo. Y aunque había sido completamente honesto, esa honestidad le había costado caro.

No sabía si había hecho bien en contárselo. Solo sabía que no quería mentirle nunca más.

Cuando el amanecer empezó a filtrarse por las ventanas, Ariadna bajó.

Tenía los ojos hinchados y enrojecidos. Llevaba la misma camiseta oversized, pero esta vez parecía más pequeña dentro de ella. Se detuvo en la entrada del living y lo miró.

Dante se levantó lentamente, como si cualquier movimiento brusco pudiera hacerla desaparecer.

—Ariadna…

—No —lo cortó ella. Su voz sonó ronca, agotada—. No quiero oír tu voz ahora.

Se dirigió a la cocina sin mirarlo. Sacó una taza y se sirvió café con manos temblorosas. Dante se quedó donde estaba, respetando la distancia, pero sus ojos no se apartaban de ella.

El silencio era asfixiante. Compartían el mismo aire, la misma casa, y sin embargo parecía que había un abismo entre ellos.

Ariadna tomó un sorbo de café y habló sin girarse:

—Cuando me dejaste, pasé meses sin poder tocar a nadie. Ni siquiera un beso. Me sentía sucia. Rota. Como si nadie más pudiera quererme porque vos me habías descartado. Mientras tanto… vos estabas acostándote con otras para “sacarme de tu cabeza”.

Dante cerró los ojos. El dolor en su voz lo atravesaba como un cuchillo.

—Nunca quise hacerte daño con eso —murmuró—. Fue mi forma estúpida y cobarde de intentar sobrevivir.

Ariadna soltó una risa amarga y se giró por fin hacia él. Tenía los ojos brillantes de lágrimas contenidas.

—¿Sobrevivir? Yo también estaba intentando sobrevivir, Dante. Pero lo hacía sola. Llorando en la ducha. Cancelando salidas porque todo me recordaba a vos. Cambiando de ruta para no pasar por los lugares donde nos besamos. Y vos… vos estabas follando con otras para olvidarme.

Cada palabra era un golpe directo al pecho de Dante.

Él dio un paso hacia ella, pero se detuvo cuando vio cómo Ariadna se tensaba.

—Dime cómo reparar esto —pidió con voz rota—. Dime qué querés que haga. Si querés que me arrodille, lo hago. Si querés que te cuente cada detalle para que me odies más, también lo hago. Solo… no me mires como si ya estuviera muerto para vos.

Ariadna dejó la taza sobre la mesada con tanta fuerza que el café salpicó.

—No sé cómo repararlo —dijo con la voz quebrada—. Porque cada vez que te miro ahora, te imagino con ellas. Te imagino tocando a otra como me tocabas a mí. Y duele. Duele tanto que no puedo respirar bien.

Dante sintió que se le cerraba la garganta. Por primera vez desde que había vuelto a verla, sus ojos se humedecieron visiblemente.

—Nunca fue como con vos —susurró—. Nunca. Ni siquiera se acercó. Cada vez que terminaba, me sentía más vacío. Más solo. Más tuyo, aunque ya no te tuviera.

Ariadna negó con la cabeza, las lágrimas cayendo libremente ahora.

—Callate. Por favor, callate.

Pero Dante no pudo.

—Te amo —dijo con la voz rota, casi desesperada—. Te amo desde hace tres años y medio. Te amé mientras te dejaba. Te amé mientras intentaba olvidarte. Te amo ahora, mientras me mirás con asco y dolor. Y no sé cómo vivir con el hecho de que yo mismo provoqué esto.

El silencio que siguió fue brutal.

Ariadna lo miró durante largos segundos, con el pecho agitado y las mejillas mojadas.

—Entonces sufre —susurró finalmente—. Sufre como yo sufrí. Porque yo ya no sé cómo quererte sin que me duela. Y vos… vos ya no sabés cómo amarme sin destruirme.

Se dio media vuelta y caminó hacia las escaleras.

Antes de subir, se detuvo un segundo y habló sin mirarlo:

—No me sigas. No me llames. No intentes hablarme hoy. Necesito… respirar sin que tu presencia me ahogue.

Subió las escaleras y cerró la puerta de su habitación con un golpe suave pero definitivo.

Dante se quedó solo en la cocina.

Se apoyó contra la isla, con las manos temblando y el pecho oprimido.

Por primera vez, se permitió sentir todo el peso de lo que había hecho.

Y el dolor fue tan grande que tuvo que cerrar los ojos y respirar hondo para no quebrarse del todo.

Arriba, Ariadna se dejó caer contra la puerta de su habitación y se deslizó hasta el suelo, abrazándose las rodillas.

Compartir la misma casa se estaba volviendo insoportable.

Porque el aire que respiraban juntos estaba lleno de todo lo que ya no podían tener.

Y eso dolía más que estar sola.

💔 Ariadna dice que necesita respirar lejos de él…
pero díganme la verdad: ¿ustedes creen que todavía hay salvación para ellos? 😭

Las leo en comentarios 👀✨
No olviden dejar su ❤️, guardar la novela en su biblioteca 📚 y seguir mi perfil para no perderse lo que viene… porque el dolor entre ellos recién está explotando.




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