Bajo tu custodia

Capítulo 17

Un hombre hecho de control

Ariadna pasó todo el día encerrada.

No bajó a comer. No contestó cuando Dante golpeó suavemente la puerta a mediodía para preguntarle si necesitaba algo. Solo el silencio le respondió.

Dante se volvió loco poco a poco.

Caminaba por la casa como un fantasma, revisando las cámaras de seguridad cada quince minutos, revisando reportes de Bruno sobre los movimientos de Valcárcel, pero su mente no estaba allí. Estaba arriba, detrás de esa puerta cerrada, imaginando a Ariadna llorando por su culpa. Otra vez.

Al caer la tarde, ya no soportó más.

Subió las escaleras y se detuvo frente a su habitación. Apoyó la frente contra la madera y habló en voz baja, casi un susurro:

—Ariadna… sé que no querés verme. Sé que te hice daño anoche. Pero necesito saber que estás bien. Aunque sea solo eso.

Del otro lado solo hubo silencio durante varios segundos.

Luego, la voz de ella, cansada y ronca:

—Estoy viva. Eso es lo único que te importa, ¿no? Cumplí con tu trabajo. Ahora dejame en paz.

Dante cerró los ojos. El rechazo le dolió como una puñalada fresca.

—No es solo eso —murmuró—. Me importa que no estés sufriendo sola. Me importa que no te estés rompiendo por mi culpa otra vez.

Un sonido amargo, casi una risa, llegó desde dentro.

—Demasiado tarde.

Dante se quedó allí un rato más, con las manos apoyadas en el marco de la puerta, luchando contra el impulso de abrirla. Finalmente bajó la cabeza y bajó las escaleras.

Esa noche, Ariadna bajó cuando creyó que él ya estaría dormido.

Pero Dante no dormía.

Estaba en el living, de pie frente a la ventana, mirando la oscuridad del jardín. Llevaba solo los pantalones negros de pijama otra vez. El torso desnudo. Los músculos tensos por la tensión acumulada.

Cuando la oyó bajar, se giró.

Ariadna se detuvo en la entrada. Llevaba una de las camisetas que él había dejado para ella. Le quedaba grande, le caía por un hombro. El cabello suelto y revuelto. Los ojos todavía hinchados.

Se miraron en silencio.

Dante fue el primero en hablar, con voz baja y controlada, aunque por dentro estaba deshecho:

—Necesitaba verte.

Ariadna cruzó los brazos sobre el pecho, como si eso pudiera protegerla.

—Estoy acá porque no tengo otro lugar donde estar —dijo ella—. No porque quiera estar cerca de vos.

Dante dio un paso lento hacia ella. No la tocó. Solo se acercó lo suficiente para que el aire entre ellos se cargara.

—Sé que me odiás —dijo—. Sé que lo que te conté anoche te dolió. Y tenés todo el derecho. Pero necesito que sepas algo: nunca fue real. Ninguna de ellas. Solo eran cuerpos. Intentos fallidos de borrar lo que siento por vos. Y cada vez que terminaba, me sentía más tuyo que nunca.

Ariadna apretó los labios. Sus ojos brillaban con lágrimas contenidas.

—Callate —susurró—. No quiero escuchar cómo intentabas reemplazarme.

Dante dio otro paso. Ahora estaban muy cerca. Demasiado.

—No intentaba reemplazarte —dijo con voz ronca—. Intentaba sobrevivir sin vos. Y fracasé. Fracasé todas las veces.

El silencio se volvió denso, cargado de dolor y de ese deseo que nunca se había ido.

Ariadna levantó la mirada y lo enfrentó. Sus ojos estaban llenos de rabia, de herida y de algo más oscuro.

—Mirame —dijo ella en voz baja—. Mirame bien, Dante. Esto es lo que dejaste. Esto es lo que tu “protección” creó. Una mujer que no puede ni siquiera odiarte sin desearte al mismo tiempo. Una mujer que se siente sucia por todavía querer tus manos después de saber que tocaron a otras.

Dante tragó saliva con dificultad. Su respiración se había vuelto irregular.

—Odio lo que soy cuando estoy cerca de vos —continuó Ariadna, la voz temblando—. Odio que mi cuerpo todavía reaccione cuando te tengo cerca. Odio que una parte de mí quiera que me toques aunque sepa todo lo que hiciste.

Dante levantó la mano lentamente, como si fuera a tocarle la mejilla, pero se detuvo a centímetros de su piel. El esfuerzo por no tocarla era visible en cada músculo de su cuerpo.

—Entonces dime que pare —susurró él, la voz rota—. Dime que me aleje. Dime que no me mires así. Porque estoy a un segundo de romper todas las reglas que pusiste.

Ariadna lo miró fijamente. Sus labios estaban entreabiertos. El pecho le subía y bajaba con rapidez.

Por un instante eterno, pareció que iba a ceder.

Luego dio un paso atrás, rompiendo la cercanía.

—No —dijo con voz temblorosa pero firme—. No voy a darte eso. No todavía. No mientras siga doliendo tanto.

Se dio media vuelta y subió las escaleras casi corriendo.

Dante se quedó solo en el living, con el cuerpo ardiendo y el corazón hecho trizas.

Se pasó las manos por el cabello y soltó un sonido bajo, casi un gruñido de frustración y dolor.

Era un hombre hecho de control.

Pero con Ariadna cerca, ese control se estaba desmoronando pedazo a pedazo.

Y lo peor era que no sabía si quería detenerlo.




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