Bajo tu custodia

Capítulo 18

Lo que pasó hace tres años

Ariadna se despertó sobresaltada poco antes del amanecer.

Había soñado con él. Otra vez.

En el sueño estaban en aquel salón de gala, tres años atrás. Ella con un vestido negro sencillo, cámara en mano. Él mirándola desde el otro lado del salón como si el resto del mundo no existiera.

Se sentó en la cama, con el corazón acelerado y la piel caliente. El sueño se sentía tan real que todavía podía sentir el roce de sus dedos en su cintura.

No quería recordar. Pero su mente ya había abierto la puerta.

Se levantó y bajó en silencio. La casa estaba a oscuras. Dante no estaba en el living ni en la cocina. Probablemente estaría en su habitación o en el estudio.

Se sirvió un vaso de agua y se sentó en el sillón frente a la chimenea apagada. Cerró los ojos y, por primera vez en mucho tiempo, se permitió volver atrás.

Tres años atrás

El salón de la galería de arte en Punta Carretas brillaba con luces doradas y cristales. Era una inauguración privada, de esas a las que solo asistía gente con mucho dinero o mucha influencia.

Ariadna, con apenas 21 años, había conseguido el trabajo de fotógrafa freelance gracias a una recomendación de Elisa. Llevaba un vestido negro simple pero elegante, el cabello recogido en un moño bajo y la cámara colgando del cuello.

Estaba tomando fotos discretas cuando lo sintió.

Una mirada.

Intensa. Pesada. Directa.

Levantó la vista y lo vio.

Dante Verlicchi estaba de pie junto a una columna, con un traje negro impecable, una copa de whisky en la mano y los ojos clavados en ella. Treinta y dos años. Alto, de presencia silenciosa y peligrosa. No sonreía. Solo la observaba como si ya supiera todo sobre ella.

Ariadna sintió un escalofrío recorrerle la espalda. No era miedo. Era algo mucho más peligroso: atracción inmediata y brutal.

Durante toda la noche él la siguió con la mirada. Cada vez que ella cambiaba de ángulo, cada vez que hablaba con algún invitado, sentía esos ojos oscuros sobre su piel.

Cerca de la medianoche, cuando ella se retiró a un pasillo lateral para cambiar la tarjeta de memoria, él apareció.

No hizo ruido. Simplemente estaba ahí.

—Estás capturando más de lo que la gente quiere mostrar —dijo con voz baja y grave.

Ariadna levantó la vista, sorprendida. De cerca era aún más intimidante. Mandíbula afilada, ojos que parecían leer el alma, un leve aroma a madera y especias.

—No sé de qué habla —respondió ella, intentando sonar profesional.

Dante dio un paso más cerca. Demasiado cerca.

—Sabés exactamente de qué hablo. Tomaste tres fotos de la esquina noroeste del salón. La que nadie más estaba mirando.

Ariadna sintió que el pulso se le aceleraba.

—¿Me estabas vigilando?

—Te estaba mirando —corrigió él, con una media sonrisa peligrosa—. Hay diferencia.

Se quedaron en silencio unos segundos. El aire entre ellos ya crepitaba.

—¿Cómo te llamás? —preguntó Dante.

—Ariadna. Ariadna Salvatierra.

—Dante Verlicchi —se presentó él, aunque ella ya intuía que ese nombre pesaba.

Extendió la mano. Cuando Ariadna la tomó, sintió una corriente eléctrica subirle por el brazo. Él no la soltó inmediatamente. Sus dedos se demoraron un segundo más de lo necesario.

—Tenés una forma de mirar el mundo que incomoda —dijo Dante, sin soltarle la mano—. Como si vieras lo que los demás intentan esconder.

Ariadna levantó el mentón, desafiante a pesar de lo nerviosa que estaba.

—¿Y eso es malo?

—No —respondió él, bajando la voz—. Es peligroso. Especialmente para alguien como yo.

Esa noche no pasó nada más.

Solo una conversación corta, cargada de subtexto, y una mirada que duró demasiado cuando ella se fue.

Pero dos días después, Dante apareció en la cafetería donde Ariadna solía trabajar por las mañanas editando fotos.

Se sentó frente a ella sin pedir permiso.

—Quiero verte de nuevo —dijo sin rodeos.

Ariadna levantó una ceja.

—¿Siempre sos tan directo?

—Cuando quiero algo, sí.

—¿Y qué querés exactamente?

Dante se inclinó hacia adelante, con esa intensidad que ya empezaba a volverla adicta.

—Quiero conocerte. Quiero saber por qué no pudiste dejar de mirarme esa noche. Y quiero saber si sentís lo mismo que yo cuando estamos cerca.

Ariadna sintió que se le secaba la boca.

Esa fue la primera vez que aceptó.

Quedaron en verse en un bar pequeño y discreto esa misma semana.

Y ahí empezó todo.

Conversaciones hasta las tres de la mañana. Besos robados en autos oscuros. Noches en hoteles donde él la tocaba como si fuera algo precioso y peligroso al mismo tiempo. Dante era controlado, intenso, posesivo sin ser asfixiante. Le hacía el amor como si el mundo fuera a terminarse al amanecer.

Ariadna se enamoró rápido y profundo.

Él también.

Pero nunca le contó del todo quién era. Nunca le habló de Valcárcel, de las operaciones encubiertas, del peligro real que rodeaba su vida.

Hasta que un día, tres meses después de haber empezado lo que fuera que tenían, Dante vio cómo uno de los hombres de Valcárcel miraba a Ariadna con demasiado interés en un evento.

Esa misma noche tomó la decisión.

La decisión que lo destrozaría todo.

De vuelta al presente

Ariadna abrió los ojos frente a la chimenea apagada.

Las lágrimas le corrían por las mejillas sin control.




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