La primera vez que me miró
Ariadna no volvió a dormirse.
Después de bajar a la madrugada y revivir el primer encuentro con Dante, se quedó sentada en la cama con la espalda contra el cabezal, abrazando una almohada contra el pecho. La casa estaba en completo silencio, pero su mente era un torbellino.
Los recuerdos seguían llegando, uno detrás de otro, como si hubieran estado esperando el momento exacto para invadirla.
Cerró los ojos y dejó que la memoria la llevara de nuevo.
Tres años atrás – Segunda noche
El bar era pequeño, casi escondido en un callejón de Pocitos. Luces tenues, música baja, mesas de madera oscura. Ariadna había llegado nerviosa, con un jean negro ajustado y una blusa blanca sencilla. Se sentía fuera de lugar y, al mismo tiempo, exactamente donde quería estar.
Dante ya estaba allí.
Sentado en una mesa del fondo, con camisa negra y los primeros botones abiertos. Cuando la vio entrar, se levantó lentamente. No sonrió. Solo la miró de esa forma que ya empezaba a volverla adicta: como si fuera la única persona en el mundo.
Se sentó frente a él. Durante los primeros minutos hablaron de cosas banales: el evento de la galería, la fotografía, el clima. Pero la tensión debajo de las palabras era palpable.
—¿Por qué me mirabas tanto esa noche? —preguntó ella de repente, sin rodeos.
Dante inclinó la cabeza ligeramente, observándola con esos ojos oscuros que parecían leerle el alma.
—Porque desde el momento en que te vi, supe que ibas a complicarme la vida.
Ariadna levantó una ceja, intentando parecer más segura de lo que estaba.
—¿Y eso es bueno o malo?
—Para mí… es peligroso —respondió él con voz baja—. Soy un hombre que necesita control. Y vos… vos tenés cara de ser alguien que me va a hacer perderlo.
Ella sintió un calor subirle por el cuello.
—¿Y aun así quisiste verme?
Dante extendió la mano sobre la mesa y, sin pedir permiso, rozó con los dedos el dorso de la de ella. Fue un toque leve, casi inocente, pero Ariadna sintió que le recorría todo el cuerpo.
—Porque aunque sea peligroso —dijo él—, no pude dejar de pensar en vos desde que te vi.
Esa noche hablaron durante horas.
Dante le contó poco de su trabajo (solo que se dedicaba a “seguridad privada de alto nivel”). Ella le habló de su pasión por la fotografía, de cómo le gustaba capturar momentos que la gente intentaba esconder. Él la escuchaba con atención absoluta, como si cada palabra que salía de su boca fuera importante.
Cuando el bar cerró, la acompañó hasta su auto.
Estaban parados junto a la puerta del conductor. El aire de la noche era fresco. Ninguno de los dos quería que la noche terminara.
Dante dio un paso más cerca. Ahora estaban casi pegados.
—Quiero besarte —dijo sin rodeos, la voz grave y ronca.
Ariadna levantó la mirada. El corazón le latía tan fuerte que estaba segura de que él podía oírlo.
—Entonces hacelo —susurró ella.
Dante no lo pensó dos veces.
La tomó por la cintura con una mano, la otra subió hasta su nuca, y la besó.
No fue un beso suave. Fue intenso, hambriento, como si hubiera estado conteniéndose toda la noche. Ariadna se aferró a su camisa, respondiendo con la misma urgencia. Sus labios se movían con desesperación, como si supieran que el tiempo que tenían era limitado.
Cuando se separaron, ambos respiraban agitados.
—Esto no va a ser fácil —murmuró Dante contra su boca.
—Lo sé —respondió ella, todavía sosteniéndose de su camisa—. Pero no quiero que sea fácil.
Esa fue la primera vez que la besó.
Y desde ese momento, Ariadna supo que estaba perdida.
De vuelta al presente
Ariadna abrió los ojos en la habitación oscura.
Las lágrimas caían en silencio por sus mejillas. Se las limpió con rabia, pero no dejaban de salir.
Recordar ese primer beso dolía de una forma brutal. Porque había sido perfecto. Porque en ese momento había sentido que algo real estaba empezando. Porque Dante la había mirado como si fuera lo más importante del mundo.
Y ahora…
Ahora estaba encerrada en su casa, a solo unos metros de él, y todo se sentía roto.
Se levantó de la cama y caminó hasta la puerta. Apoyó la frente contra la madera fría. Sabía que Dante probablemente estaba despierto abajo. Siempre parecía estar despierto cuando ella no podía dormir.
Quería bajar. Quería enfrentarlo. Quería gritarle que recordaba todo y que eso la estaba matando.
Pero no lo hizo.
En cambio, se quedó allí, respirando con dificultad, luchando contra el impulso de buscarlo.
Abajo, Dante estaba sentado en el sillón del living con un vaso de whisky en la mano. No había bebido casi nada. Solo lo sostenía.
Había oído los pasos de Ariadna arriba. Sabía que ella estaba despierta. Sabía que probablemente estaba recordando lo mismo que él.
Y el dolor era insoportable.
Recordaba ese primer beso como si hubiera sido ayer. Recordaba cómo ella se había aferrado a su camisa. Cómo había respondido con tanta pasión. Cómo, por primera vez en su vida adulta, había sentido que perdía el control… y le había gustado.
Ahora ese mismo control era lo único que le impedía subir las escaleras, abrir la puerta de su habitación y besarla hasta que ambos olvidaran todo el daño.
Se pasó una mano por la cara, exhausto.
—Perdón —susurró en la oscuridad, aunque ella no podía oírlo—. Perdón por haberte besado esa noche. Perdón por haberte dejado entrar. Perdón por no haber sido lo suficientemente fuerte para alejarte antes.
Arriba, Ariadna se apartó de la puerta y volvió a la cama.
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Editado: 08.06.2026