Bajo tu custodia

Capítulo 20

La forma en que me tocabas

La mañana siguiente llegó gris y pesada.

Ariadna bajó temprano, antes de que Dante pudiera preparar el desayuno. Quería evitarlo. Quería moverse por la casa como si él no existiera. Pero cuando entró a la cocina, él ya estaba allí.

Dante estaba de espaldas, preparando café. Llevaba una camisa negra remangada y pantalones oscuros. Su postura era tensa, como si hubiera pasado la noche entera luchando contra algo.

Cuando la oyó entrar, se giró lentamente.

Sus ojos se encontraron.

Ninguno de los dos dijo buenos días.

Ariadna fue directo a la heladera, sacó yogurt y fruta, y se sentó en la isla, lo más lejos posible de él. El silencio era tan denso que se podía cortar.

Dante sirvió dos tazas de café y deslizó una hacia ella sin preguntar. Negro, sin azúcar. Exactamente como a ella le gustaba.

Ariadna miró la taza pero no la tocó.

—No quiero que hagas esto —dijo en voz baja, sin levantar la vista—. No quiero que me prepares café, que recuerdes cómo me gusta, que actúes como si todavía supieras quién soy.

Dante se apoyó contra la mesada, mirándola fijamente.

—Sé quién sos —respondió con voz grave y cansada—. Aunque hayas cambiado. Aunque me mires como si fuera un extraño. Todavía sé quién sos, Ariadna.

Ella soltó una risa corta y amarga.

—¿Sabés quién soy? Entonces deberías saber que cada vez que me preparás algo, cada vez que me mirás así, me recordás todo lo que perdí. La forma en que me tocabas… —su voz se quebró un segundo, pero se recompuso—. La forma en que me hacías sentir segura aunque todo a tu alrededor fuera peligroso. Y ahora eso solo me duele.

Dante apretó la mandíbula. Sus nudillos se pusieron blancos contra la mesada.

—No puedo dejar de recordarlo —admitió en voz baja—. Cada noche cierro los ojos y te veo. Te siento. Recuerdo cómo temblabas cuando te tocaba por primera vez. Cómo decías mi nombre como si fuera lo único que importaba. Y me odio por haberte quitado eso.

Ariadna levantó la mirada. Tenía los ojos brillantes, llenos de un dolor que ya no intentaba esconder del todo.

—Entonces deja de mirarme como si todavía tuvieras derecho a recordarlo —susurró—. Porque yo estoy intentando olvidarlo. Estoy intentando borrar la sensación de tus manos. Y vos seguís acá, respirando el mismo aire que yo, haciendo que sea imposible.

Dante dio un paso hacia ella. Solo uno. Suficiente para que el espacio entre ellos se volviera peligroso.

—No quiero que lo olvides —dijo con voz ronca—. Quiero que lo recuerdes y que sepas que nunca fue mentira. Que todo lo que sentiste conmigo fue real. Que todavía es real.

Ariadna se levantó bruscamente de la silla. Ahora estaban frente a frente, separados solo por la isla de la cocina.

—Real —repitió ella con rabia contenida—. ¿Tan real como cuando te acostaste con otras para olvidarme? ¿Tan real como cuando decidiste que yo era un riesgo que no valía la pena correr?

Dante cerró los ojos un segundo, como si cada palabra fuera un golpe.

—Fui un cobarde —reconoció, la voz rota—. Fui un cobarde porque te amaba demasiado y tenía miedo de que te pasara algo por mi culpa. Pero nunca dejé de quererte. Ni un solo día. Ni siquiera cuando intentaba tocar a otra mujer.

Ariadna sintió que se le cerraba la garganta.

—No digas eso —pidió con voz temblorosa—. No uses el amor como excusa. Porque si realmente me hubieras amado, me habrías elegido. Me habrías dicho la verdad. No me habrías dejado sola con la herida.

Dante rodeó la isla lentamente. No la tocó, pero se detuvo muy cerca. Tan cerca que Ariadna podía sentir el calor de su cuerpo y el aroma que todavía la desarmaba.

—Todavía te elijo —susurró él—. Aunque llegué tarde. Aunque estés rota por mi culpa. Aunque me mires con odio cada vez que me ves. Te sigo eligiendo, Ariadna. Cada segundo que respiro bajo este techo.

Ariadna levantó la mirada. Sus ojos estaban llenos de lágrimas y de algo más oscuro, más peligroso.

—Entonces elige sufrir —dijo ella en voz baja y temblorosa—. Porque yo no voy a elegirte a vos. No todavía. Tal vez nunca.

Se quedó mirándolo unos segundos más, con el pecho agitado.

Luego pasó a su lado, rozando apenas su brazo, y salió de la cocina.

Dante se quedó solo, con las manos apoyadas en la isla y la cabeza baja.

El roce accidental de su brazo todavía le quemaba la piel.

El peso de compartir el mismo espacio se estaba volviendo insoportable.

Porque cuanto más cerca estaban, más claro quedaba que el amor no se había ido.

Solo se había vuelto más doloroso.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.