Bajo tu custodia

Capítulo 21

Si sales, vas conmigo

A media mañana, Bruno entró en la casa con expresión seria.

—Tenemos un problema —dijo sin preámbulos, mirando a Dante—. Valcárcel está presionando a tus contactos. Alguien filtró que Ariadna está bajo protección. No saben dónde, pero están empezando a mover gente hacia las zonas periféricas. Si nos quedamos quietos mucho más tiempo, van a empezar a estrechar el cerco.

Dante apretó la mandíbula.

—¿Qué sugerís?

—Necesitamos movernos. Hay que cambiar de ubicación por unas horas. Hacer una salida controlada, recoger algunos suministros y volver por otra ruta. Si nos quedamos encerrados aquí, nos volvemos predecibles.

Dante miró hacia las escaleras. Sabía que Ariadna estaba arriba.

—No quiere salir —murmuró.

—No tiene opción —respondió Bruno—. O sale con vos, o la sacamos nosotros. Pero tiene que ser ahora.

Dante subió las escaleras y golpeó dos veces la puerta de la habitación.

—Ariadna. Tenemos que salir.

La puerta se abrió casi inmediatamente. Ella estaba vestida con jeans oscuros y una sudadera negra, el cabello recogido en una cola alta. Tenía los ojos todavía hinchados de la noche anterior.

—¿Salir? —preguntó con desconfianza—. Dijiste que no podía salir sola.

—No vas a salir sola —dijo Dante con voz grave—. Vas conmigo. Es temporal. Necesitamos movernos. Bruno ya preparó la ruta. Será rápido.

Ariadna cruzó los brazos.

—No quiero ir a ningún lado con vos.

—Entonces te quedás aquí sola y sin protección —respondió él sin suavizar las palabras—. Porque si nos quedamos quietos, van a encontrarnos. Elegí.

Ella lo miró con rabia contenida durante varios segundos. Finalmente soltó un suspiro resignado.

—Está bien. Pero no me hables más de lo necesario.

Veinte minutos después estaban en el SUV negro, con Bruno al volante. Ariadna iba en el asiento trasero, pegada a la puerta, mirando por la ventana. Dante iba a su lado, pero dejando espacio entre ellos.

El trayecto fue tenso y silencioso al principio. Salieron del barrio cerrado y tomaron rutas secundarias hacia una zona industrial discreta donde Bruno tenía un contacto para cambiar placas y recoger equipo nuevo.

Ariadna miraba el paisaje que pasaba. Era la primera vez en días que veía el mundo exterior. El Río de la Plata a lo lejos, el cielo gris, la ciudad que seguía moviéndose como si nada hubiera pasado.

De repente, sin poder contenerse más, habló:

—¿Cómo eran?

Dante giró la cabeza hacia ella, confundido.

—¿Qué?

—Las mujeres —dijo Ariadna, la voz baja pero afilada—. Las dos con las que te acostaste. ¿Cómo eran? ¿Rubias? ¿Morochas? ¿Jóvenes? ¿Mayores? ¿Te miraban como yo te miraba? ¿Gemían tu nombre igual?

Dante se tensó visiblemente. Bruno fingió no escuchar, concentrado en la ruta.

—Ariadna… no hagas esto ahora.

—¿Por qué no? —su voz subió un tono—. Estamos encerrados en un auto. No tengo adónde ir. Quiero saber. Quiero imaginarlo. Quiero que me duela tanto que deje de doler.

Dante respiró hondo. Su voz salió ronca y cansada:

—No importa cómo eran. No significaron nada.

—Para mí sí importa —insistió ella, los ojos brillando de rabia y dolor—. Quiero saber si eran más lindas. Si te hicieron sentir algo que yo no te di. Quiero saber si mientras estabas adentro de ellas pensabas en mí o si por fin lograbas olvidarme por cinco minutos.

El silencio en el auto se volvió asfixiante.

Dante la miró directamente. Tenía la mandíbula apretada y los ojos oscuros llenos de culpa.

—Pensaba en vos —admitió con voz rota—. Siempre. Cada puta vez. Terminaba y me sentía peor. Me sentía sucio. Me sentía como si te hubiera traicionado aunque ya te había dejado.

Ariadna soltó una risa amarga, temblorosa.

—Qué conveniente. El pobre Dante sufriendo mientras se cogía a otras.

El auto se detuvo en un semáforo.

Ella no aguantó más.

Se giró hacia él con los ojos llenos de lágrimas de rabia y, sin pensarlo dos veces, levantó la mano y le dio una cachetada fuerte en la mejilla.

El sonido resonó dentro del auto.

Bruno ni siquiera parpadeó.

Dante no se movió. Solo giró lentamente la cara hacia ella. Tenía la marca roja de sus dedos en la piel. No había ira en sus ojos. Solo un dolor profundo y resignado.

Ariadna respiraba agitada, con la mano todavía temblando en el aire.

—No te atrevas a decirme que sufrías —susurró con la voz quebrada—. No te atrevas a compararte conmigo. Yo estaba sola. Destruida. Vos estabas eligiendo olvidar.

Dante no se tocó la mejilla. Solo la miró.

—Tenés razón —dijo en voz baja—. Merecía eso. Y merezco mucho más.

El semáforo cambió a verde. Bruno arrancó de nuevo.

Ariadna se giró hacia la ventana, con lágrimas cayendo silenciosamente por sus mejillas. La mano todavía le ardía.

Dante se quedó mirando al frente, con la marca de la cachetada todavía visible en su rostro.

Ninguno de los dos habló durante el resto del trayecto.

El silencio era más pesado que nunca.

Porque por primera vez, Ariadna había liberado un poco de la violencia que llevaba dentro…

y Dante la había recibido sin defenderse.




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