Bajo tu custodia

Capítulo 24

El borde

La noche cayó sobre la casa de Carrasco como una cortina pesada.

Ariadna no había bajado a cenar. Otra vez. Solo había pedido un sándwich a Bruno a través de la puerta, sin abrirla. Dante se quedó abajo, sentado en el sofá, con la luz de una sola lámpara encendida y la mirada fija en la escalera.

El roce de sus dedos en la mejilla todavía le ardía. No era dolor físico. Era algo mucho más profundo. Era la primera vez en días que ella lo había tocado voluntariamente… y había sido con tanta mezcla de rabia y ternura que lo había dejado al borde de algo peligroso.

Cerca de las once y media, Ariadna bajó.

Llevaba solo la camiseta oversized negra que usaba para dormir. El cabello suelto y revuelto. Los ojos enrojecidos. Caminaba descalza, como si intentara no hacer ruido, pero Dante levantó la cabeza en cuanto oyó el primer paso en la escalera.

Se miraron desde lejos.

Ninguno habló al principio.

Ariadna fue hasta la cocina, abrió la heladera y sacó una botella de agua. Bebió un sorbo largo, de espaldas a él. Dante se levantó lentamente del sofá y se acercó hasta el umbral de la cocina, pero se detuvo allí, respetando la distancia invisible que ella siempre imponía.

El aire entre ellos estaba cargado. Pesado. Eléctrico.

—¿No podés dormir? —preguntó él en voz baja.

Ariadna soltó una risa corta y amarga, sin girarse.

—¿Cómo voy a dormir si cada vez que cierro los ojos te veo? A veces te veo abandonándome. A veces te veo vigilándome. A veces… te veo tocándome como antes.

Dante dio un paso más cerca. Solo uno.

—Ariadna…

—No —lo cortó ella, pero su voz ya no sonaba tan firme—. No digas mi nombre así. No como si todavía tuvieras derecho a decirlo con esa voz.

Se giró por fin. Sus ojos se encontraron. Estaban a solo tres metros de distancia, pero parecía que el espacio entre ellos se estaba encogiendo solo.

Dante dio otro paso.

—Dime que me detenga —pidió él, la voz ronca y baja—. Dime que me vaya arriba. Dime que no me acerque más. Porque estoy al borde, Ariadna. Estoy al borde de hacer algo que vos no querés… y que los dos necesitamos.

Ariadna tragó saliva. Su respiración se había vuelto irregular. Podía sentir el calor que emanaba del cuerpo de Dante incluso desde donde estaba.

—No sé qué quiero —admitió en un susurro—. Una parte de mí quiere golpearte otra vez. Otra parte… quiere que me toques. Y odio esa parte. La odio con todo mi ser.

Dante dio el último paso.

Ahora estaban muy cerca. Demasiado cerca. Podía oler el jabón de su piel, ver el pulso latiéndole en el cuello, sentir cómo su pecho subía y bajaba con rapidez.

Levantó la mano lentamente, muy lentamente, y la detuvo a centímetros de su mejilla. No la tocó. Solo la dejó allí, temblando en el aire.

—Decime que no —susurró él, los ojos oscuros fijos en los de ella—. Decime que no te toque. Decime que no te bese. Decime que me odias lo suficiente como para que me detenga.

Ariadna cerró los ojos. Una lágrima escapó y rodó por su mejilla.

Cuando los abrió de nuevo, estaban llenos de deseo y de dolor.

—No puedo… —susurró—. No puedo decirte que no. Pero tampoco puedo decirte que sí.

Dante inclinó la cabeza. Sus labios quedaron a solo un suspiro de los de ella. Podía sentir su respiración cálida contra su boca. El deseo era tan intenso que le dolía el cuerpo entero.

—Entonces déjame quedarme aquí —murmuró él contra sus labios—. Solo aquí. Sin tocarte. Solo… respirando lo mismo que vos.

El momento se estiró, eterno y agonizante.

Ariadna podía sentir el calor de su boca. Podía recordar exactamente cómo se sentían sus labios. Cómo la besaba. Cómo la hacía olvidar todo.

Levantó ligeramente la barbilla.

Sus labios casi se rozaron.

Casi.

En el último segundo, Ariadna giró la cara y apoyó la frente contra el hombro de Dante, sin que sus cuerpos se abrazaran del todo. Solo la frente contra su hombro, respirando con dificultad.

Dante cerró los ojos con fuerza. Sus manos se cerraron en puños a los costados para no tocarla.

Se quedaron así varios segundos. Respirando el mismo aire. Temblando de deseo contenido. Al borde de caer… pero sin caer.

Finalmente, Ariadna se apartó un paso. Tenía los ojos húmedos y los labios entreabiertos.

—No puedo —susurró—. Todavía no. Todavía duele demasiado.

Dante asintió lentamente, aunque parecía que le costaba respirar.

—Lo sé —dijo con voz rota—. Pero voy a esperar. Aunque me mate. Voy a esperar hasta que estés lista… o hasta que me digas que nunca vas a estarlo.

Ariadna lo miró una última vez, con el corazón hecho un nudo.

Luego se dio media vuelta y subió las escaleras casi corriendo.

Dante se quedó solo en la cocina, con las manos todavía cerradas en puños y el cuerpo ardiendo.

Estaba al borde.

Y cada día que pasaba, ese borde se volvía más peligroso.




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