Todavía me conoces
La madrugada llegó fría y silenciosa.
Ariadna no había dormido más de una hora seguida. Cada vez que cerraba los ojos volvía a sentir el aliento de Dante contra sus labios, el calor de su cuerpo tan cerca, el esfuerzo brutal que ambos habían hecho para no cruzar la línea.
Se levantó cuando el cielo empezaba a clarear. Bajó las escaleras descalza, envuelta en una manta fina que había encontrado en el armario. No quería encontrarse con él, pero su cuerpo parecía moverse por voluntad propia.
Dante ya estaba despierto.
Estaba sentado en el sillón del living con una taza de café entre las manos, mirando hacia la ventana. Cuando la oyó bajar, levantó la vista lentamente. Sus ojos se oscurecieron al verla: el cabello revuelto, la manta deslizándose por un hombro, los pies descalzos.
No dijo nada. Solo la miró.
Ariadna se detuvo al pie de la escalera.
—Necesito un té —murmuró, más para sí misma que para él.
Fue hacia la cocina. Dante se levantó y la siguió, pero se quedó en la puerta, sin entrar del todo.
Mientras ella ponía agua a calentar, él habló en voz baja:
—Todavía te gusta el té de manzanilla con una cucharada de miel cuando no podés dormir.
Ariadna se quedó congelada frente a la hornalla. El agua empezó a hervir.
—No hagas eso —dijo sin girarse.
—¿Qué cosa?
—Recordar detalles. Anticipar lo que necesito. Actuar como si todavía me conocieras.
Dante dio un paso dentro de la cocina.
—Te conozco —respondió con calma—. Conozco que cuando estás muy nerviosa te muerdes el labio inferior. Conozco que odias el café por las mañanas pero lo tomás igual porque te da energía. Conozco que cuando estás dolida te encerrás y no comes… por eso le pedí a Bruno que dejara fruta cortada en la heladera aunque sabías que no ibas a bajar.
Ariadna apagó la hornalla con más fuerza de la necesaria. Se giró hacia él con los ojos brillantes.
—¿Por qué hacés esto? —preguntó, la voz temblando de rabia y algo más—. ¿Por qué seguís demostrando que me conocés mejor que nadie? ¿Para que me duela más? ¿Para que recuerde todo lo que perdí?
Dante dejó su taza sobre la mesada y se acercó un poco más. No la tocó. Solo se quedó allí, a una distancia peligrosa.
—Porque es lo único que me queda —admitió con voz ronca—. No puedo tocarte. No puedo besarte. No puedo pedirte que me perdones todavía. Pero sí puedo demostrarte que nunca dejé de conocerte. Que nunca dejé de prestar atención. Que aunque te dejé, nunca te borré.
Ariadna soltó una risa amarga, pero sus ojos se llenaron de lágrimas.
—Qué lindo —susurró—. El gran Dante Verlicchi, el hombre de control absoluto, recordando que me gusta la manzanilla. Mientras yo pasaba noches enteras preguntándome por qué no había sido suficiente para que te quedaras.
Dante apretó la mandíbula. El dolor en su mirada era tan crudo que casi se podía tocar.
—Nunca dejaste de ser suficiente —dijo en voz baja—. Fuiste demasiado. Demasiado para mi mundo. Demasiado para mi miedo. Y yo fui demasiado cobarde para admitir que no sabía cómo protegerte sin alejarte.
Ariadna dio un paso hacia él. Ahora estaban muy cerca otra vez. El borde de anoche parecía estar volviendo.
—Entonces dejá de protegerme —dijo ella, casi suplicante—. Dejá de decidir por mí. Dejá de anticipar lo que necesito. Solo… sé honesto. Aunque duela.
Dante inclinó ligeramente la cabeza. Sus ojos bajaron a sus labios por un segundo y volvieron a subir.
—Estoy siendo honesto —murmuró—. Te sigo conociendo. Te sigo queriendo. Y sé que ahora mismo estás temblando por dentro, aunque intentes parecer fuerte. Sé que querés que te toque aunque te odies por quererlo. Y sé que si te beso ahora… vas a responderme. Aunque después me odies más.
Ariadna sintió que se le aceleraba el pulso. Su respiración se volvió irregular.
Levantó la mano y la apoyó en el pecho de Dante, justo sobre su corazón. No era una caricia. Era una barrera. Podía sentir cómo latía, fuerte y descontrolado.
—No lo hagas —susurró ella—. No me beses. No me toques. Solo… quedate ahí. Dejame sentir que todavía me conocés… sin que eso signifique que te perdono.
Dante cubrió su mano con la suya, pero sin apretar. Solo la sostuvo allí, sobre su pecho.
—Estoy aquí —dijo en voz baja—. Conociéndote. Queriéndote. Esperando.
Se quedaron así varios segundos. Mano sobre pecho. Miradas clavadas. Respiraciones entrecortadas.
Ninguno cruzó la línea.
Pero ambos sabían que estaban cada vez más cerca del borde.
Finalmente, Ariadna retiró la mano como si quemara y dio un paso atrás.
—Voy a volver a la habitación —dijo con voz temblorosa.
Dante asintió lentamente, aunque parecía que le costaba dejarla ir.
—Está bien —murmuró—. Pero sabés que si necesitás algo… yo voy a saberlo antes de que lo pidas.
Ariadna no respondió.
Subió las escaleras con el corazón latiéndole con fuerza.
Dante se quedó solo en la cocina, con la mano todavía caliente por el contacto.
Todavía la conocía.
Y eso, en este momento, era tanto una bendición como la peor de las torturas.
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Editado: 08.06.2026