Bajo tu custodia

Capítulo 26

La herida que no cerró

Ariadna bajó las escaleras poco después de las nueve de la mañana con una decisión tomada.

Llevaba el mismo jean oscuro y una sudadera negra holgada. El cabello recogido en una cola alta. La expresión seria, casi fría. Ya no había lágrimas. Solo una determinación cansada.

Dante estaba en la cocina preparando café. Cuando la vio, se enderezó inmediatamente. Sus ojos la recorrieron con esa mezcla de alivio y preocupación que ya se había vuelto habitual.

—Ariadna…

Ella levantó una mano para detenerlo antes de que continuara.

—No —dijo con voz firme pero baja—. No quiero hablar de anoche. No quiero hablar de lo que casi pasó. Solo quiero pedirte una cosa.

Dante dejó la taza sobre la mesada y se giró completamente hacia ella.

—Decime.

Ariadna respiró hondo antes de hablar. Las palabras le pesaban, pero las sacó con claridad:

—Quiero irme con Bruno.

El silencio que siguió fue inmediato y pesado.

Dante se quedó inmóvil. Por un segundo su rostro no mostró ninguna emoción, pero Ariadna vio cómo sus hombros se tensaban y cómo sus dedos se cerraban con fuerza alrededor del borde de la mesada.

—¿Qué? —preguntó él, aunque había entendido perfectamente.

—Quiero que Bruno me lleve a otro lugar —repitió ella, mirándolo a los ojos sin parpadear—. No quiero seguir aquí contigo. No quiero seguir compartiendo el mismo aire, la misma casa, los mismos recuerdos. Me está ahogando. Cada día que paso cerca tuyo duele más. Quiero espacio. Quiero estar con alguien que no me haga sentir todo esto al mismo tiempo.

Dante tragó saliva. Su voz salió ronca, contenida:

—Bruno no puede protegerte como yo.

—Tal vez no —admitió Ariadna—. Pero tampoco me rompe por dentro cada vez que me mira. No me recuerda todo lo que perdí. No me hace querer golpearlo y besarlo al mismo tiempo. Con él puedo respirar.

Cada palabra fue como un golpe directo al pecho de Dante.

Él dio un paso hacia ella, pero se detuvo cuando vio cómo Ariadna retrocedía instintivamente.

—¿Es eso lo que querés? —preguntó, la voz baja y dolorida—. ¿Alejarme tanto que ni siquiera puedas verme?

Ariadna sintió que se le cerraba la garganta, pero no bajó la mirada.

—Sí —respondió—. Por ahora, sí. Necesito un lugar donde no sienta tu presencia en cada rincón. Donde no tenga que luchar contra el deseo y el odio al mismo tiempo. Donde pueda pensar sin que tu voz esté dentro de mi cabeza todo el día.

Dante cerró los ojos un segundo. Cuando los abrió, había un dolor tan profundo en ellos que Ariadna casi se arrepintió.

—Está bien —dijo él finalmente, aunque las palabras parecieron costarle la vida—. Si eso es lo que necesitás… voy a hablar con Bruno. Puede llevarte a la casa segura secundaria. Yo me quedo aquí o me muevo a otro sitio. Lo que sea necesario para que estés más tranquila.

Ariadna sintió una punzada en el pecho. No esperaba que aceptara tan rápido. Una parte de ella había querido que peleara, que insistiera, que demostrara que no podía dejarla ir.

Pero Dante solo asintió, con la mandíbula apretada y los ojos brillantes.

—Solo te pido una cosa —añadió él en voz baja—. Dejame hablar con Bruno primero. Asegurarme de que el lugar sea seguro. Después… podés irte con él.

Ariadna asintió lentamente.

—Gracias —murmuró.

Se quedó allí un momento más, mirándolo. Dante no se movió. Solo la observaba como si estuviera memorizando cada detalle de su rostro, sabiendo que tal vez pasaría tiempo antes de volver a verla tan cerca.

—Nunca quise hacerte tanto daño —dijo él en un susurro casi inaudible—. Pero parece que eso es lo único que sé hacer cuando te tengo cerca.

Ariadna sintió que los ojos se le llenaban de lágrimas, pero las contuvo.

—No es solo daño —respondió ella con voz temblorosa—. Es que me haces sentir viva y muerta al mismo tiempo. Y ya no sé cómo manejar eso.

Se dio media vuelta y subió las escaleras otra vez, dejando a Dante solo en la cocina.

Él se quedó allí, con las manos apoyadas en la mesada y la cabeza baja.

El dolor era tan intenso que le costaba respirar.

Ella quería irse con Bruno.

Quería alejarse de él.

Y aunque entendía por qué, aunque sabía que probablemente era lo mejor para ella…

sentía que le estaban arrancando el corazón del pecho.

Por primera vez desde que la había traído bajo su custodia, Dante Verlicchi se preguntó si esta vez realmente la estaba perdiendo para siempre.




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