Bajo tu custodia

Capítulo 27

Lo que callas cuando amas

Dante encontró a Bruno en la pequeña terraza trasera de la casa, fumando un cigarrillo mientras revisaba su teléfono.

Bruno levantó la vista al oírlo acercarse. Una sola mirada le bastó para entender que algo andaba mal.

—¿Qué pasó? —preguntó directamente.

Dante se apoyó contra la baranda, mirando hacia el jardín sin verlo realmente.

—Quiere irse contigo —dijo con voz ronca—. A la casa secundaria. Dice que no puede seguir aquí conmigo. Que le estoy ahogando.

Bruno soltó el humo lentamente y apagó el cigarrillo contra la suela de su bota.

—¿Y vos qué le dijiste?

—Que sí —respondió Dante, casi sin fuerza—. Que te hable. Que prepares todo. Que la lleves donde ella quiera, siempre que esté segura.

Bruno se quedó en silencio unos segundos, observándolo.

—Estás hecho mierda —dijo finalmente.

Dante soltó una risa seca, sin humor.

—Más que eso. Estoy… perdiéndola de verdad esta vez. Y lo peor es que entiendo por qué quiere alejarse. Cada vez que me mira, ve todo lo que le hice. Cada vez que respiro cerca de ella, le recuerdo lo que perdimos.

Bruno cruzó los brazos.

—¿Y vas a dejarla ir así nomás?

Dante levantó la mirada. Tenía los ojos rojos, cansados, llenos de un dolor que ya no intentaba esconder.

—¿Qué querés que haga? ¿Que la obligue a quedarse? ¿Que le diga que no puede decidir? Ya hice eso una vez. Por eso estamos aquí. Si la obligo ahora, voy a perderla para siempre.

Bruno suspiró y se pasó una mano por la nuca.

—Mirá… yo puedo llevarla. La casa secundaria es segura, está bien equipada y nadie sabe de ella. Pero vos sabés tan bien como yo que esto no es solo por seguridad. Ella está huyendo de vos. Y si se va, va a ser más difícil que vuelva.

Dante apretó la mandíbula.

—Lo sé.

Se quedó callado un largo rato. Cuando volvió a hablar, su voz sonó más baja, casi rota:

—Hay algo que no le dije todavía. Algo que callo porque sé que si lo sabe, va a odiarme más.

Bruno levantó una ceja.

—¿Qué cosa?

Dante miró hacia la ventana del segundo piso, donde estaba la habitación de Ariadna.

—Hace dos semanas, antes del evento, ya sabía que Valcárcel estaba planeando algo grande. Sabía que iba a haber una entrega importante esa noche. Podría haber cancelado su trabajo. Podría haberle advertido que no aceptara ese evento. Pero no lo hice. Dejé que fuera. Porque una parte enferma de mí quería una excusa para volver a verla. Quería que algo la pusiera en peligro… para poder ser yo quien la salvara.

Bruno soltó un silbido bajo.

—Joder, Dante…

—Lo sé —dijo él, pasándose las manos por la cara—. Lo sé. Soy un hijo de puta. Y ahora ella está pagando el precio de mi egoísmo. Si se entera de esto… no va a haber vuelta atrás.

Arriba, Ariadna estaba parada junto a la ventana entreabierta. Había escuchado todo.

No había bajado a hablar con Bruno todavía. Solo había querido tomar aire. Pero las voces llegaron claras a través de la ventana.

Cada palabra de Dante le cayó como un balde de agua fría.

Se llevó una mano a la boca para ahogar un sollozo. Las lágrimas empezaron a caer en silencio.

No solo la había abandonado. No solo la había vigilado. La había usado. Había permitido que se metiera en peligro solo para tener una razón para volver a su vida.

El dolor fue tan intenso que tuvo que apoyarse contra la pared.

Abajo, Dante seguía hablando, sin saber que ella escuchaba:

—Quiero que se vaya con vos, Bruno. Quiero que esté lejos de mí si eso la hace sentir más segura. Pero… decile que la amo. Aunque no me crea. Aunque me odie. Decile que estoy dispuesto a desaparecer de verdad esta vez si es lo que necesita.

Ariadna cerró los ojos con fuerza.

No bajó.

No confrontó.

Solo se dejó caer al suelo junto a la ventana, abrazándose las rodillas mientras lloraba en silencio.

La herida que creía cerrada acababa de abrirse de nuevo, más profunda que nunca.

Y esta vez, no sabía si iba a poder seguir fingiendo que podía soportarlo.




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