Si la pierdes, será por ti
Ariadna bajó las escaleras como una tormenta.
Tenía los ojos rojos e hinchados, pero ya no lloraba. Ahora había rabia pura, cruda, imparable. La revelación que acababa de escuchar desde la ventana le había roto algo definitivo.
Dante estaba todavía en la terraza trasera con Bruno. Cuando la vio bajar, se enderezó de inmediato. Bruno, al ver su expresión, murmuró un “mejor los dejo solos” y se retiró discretamente hacia el frente de la casa.
Ariadna se detuvo frente a Dante. Tenía los puños apretados a los costados.
—¿Dejaste que fuera a ese evento a propósito? —preguntó con voz temblorosa pero afilada—. ¿Sabías que iba a ser peligroso y no me advertiste? ¿Dejaste que me metiera en esto solo para tener una excusa para volver a aparecer en mi vida?
Dante palideció. Abrió la boca, pero no salió ningún sonido al principio.
—Ariadna… escuchaste…
—¡Sí, escuché! —gritó ella, ya sin poder contenerse—. ¡Escuché cada palabra! ¡Sos un hijo de puta egoísta! Me usaste. Me pusiste en peligro a propósito porque no podías soportar que yo siguiera viviendo sin vos. ¡Me convertiste en un peón de tu culpa y tu obsesión!
Dante dio un paso hacia ella, con el rostro destrozado.
—Nunca quise que te pasara nada malo —dijo con voz ronca—. Solo… solo quería una forma de volver a verte. Pensé que podría controlarlo. Pensé que llegaría a tiempo…
Ariadna no lo dejó terminar.
Le dio un empujón fuerte en el pecho con ambas manos.
—¡No me mientas más! —gritó—. ¡Ya no quiero escuchar tus excusas! ¡“Pensé que llegaría a tiempo”, “lo hice para protegerte”…! ¡Todo es mentira! ¡Lo hiciste porque sos un cobarde que no soporta perderme pero tampoco sabe cómo tenerme!
Lo empujó otra vez, más fuerte. Dante retrocedió hasta chocar con la baranda de la terraza, pero no levantó las manos para defenderse.
Ariadna tenía lágrimas de rabia corriendo por sus mejillas.
—¿Sabés cuánto me dolió creer que yo era la que no valía la pena? ¿Cuántas noches me pregunté qué tenía de malo para que me dejaras sin explicación? ¡Y ahora descubro que todo este tiempo fuiste vos manipulando mi vida desde las sombras!
Le dio una cachetada fuerte en la misma mejilla que ya había marcado antes.
Dante giró la cara por el impacto, pero no se movió. No se defendió. Solo cerró los ojos un segundo y respiró temblando.
—Pegame —dijo con voz rota—. Pegame todo lo que quieras. Lo merezco.
Ariadna soltó un sollozo ahogado y le dio otra cachetada, esta vez con más fuerza. Luego lo empujó otra vez.
—¡Te odio! —gritó entre lágrimas—. ¡Te odio tanto que me duele el pecho! ¡Me usaste! ¡Me pusiste en peligro solo para calmar tu ego! ¡Y después aparecés como mi héroe, como si tuvieras derecho a protegerme!
Dante abrió los ojos. Tenía la mejilla roja y los ojos brillantes.
—Lo sé —susurró—. Lo sé todo. Y tenés razón. Si me pierdes ahora… va a ser por mí. Solo por mí. No por Valcárcel. No por el peligro. Por todo lo que te hice.
Ariadna levantó la mano para golpearlo de nuevo, pero esta vez se detuvo en el aire. Le temblaba todo el cuerpo. Las lágrimas caían sin control.
—No quiero pegarte más —dijo con la voz quebrada—. Quiero que duela tanto como me dolió a mí. Quiero que sientas lo que es que la persona que amás te use y te tire como si no valieras nada.
Dante dio un paso hacia ella, aunque parecía que le dolía moverse.
—Entonces déjame sentirlo —pidió, la voz completamente rota—. Déjame pagar. No me alejes. No te vayas con Bruno. Quédate y castígame todos los días si querés. Pero no te vayas. Por favor… no te vayas.
Ariadna lo miró fijamente. Tenía el pecho agitado y el rostro mojado de lágrimas.
—Quiero irme —dijo entre sollozos—. Quiero alejarme de vos aunque me duela. Porque cada vez que te miro veo al hombre que me rompió… y al que todavía amo a pesar de todo. Y eso me está matando.
Dante sintió que algo se le rompía por dentro.
Se dejó caer de rodillas frente a ella, sin importarle nada.
—Entonces vete —susurró, con la voz ahogada—. Vete con Bruno. Estaré donde sea necesario. Pero si algún día podés perdonarme… aunque sea un poco… voy a estar esperando. Aunque me lleve años.
Ariadna lo miró desde arriba. Verlo de rodillas, destrozado, con la mejilla marcada por sus golpes, le provocó una mezcla brutal de satisfacción y dolor insoportable.
Se dio media vuelta sin decir nada más y subió las escaleras.
Dante se quedó de rodillas en la terraza, solo, con la frente apoyada contra el suelo y los puños cerrados.
Había recibido su paliza.
Y esta vez, el dolor era exactamente el que se merecía.
#1789 en Novela romántica
#637 en Novela contemporánea
amor redencion esperanza arrepentimiento, segundas opotunidades
Editado: 08.06.2026