Bajo tu custodia

Capítulo 29

Dime qué quieres de mí

Ariadna no bajó en todo el día.

Se quedó encerrada en su habitación, sentada en el suelo con la espalda contra la cama, abrazándose las rodillas. Tenía los ojos secos. Ya no le quedaban lágrimas. Solo un vacío enorme y una rabia que le quemaba por dentro.

Abajo, Dante seguía en la terraza. No se había movido de donde había caído de rodillas. Bruno se acercó un par de veces, pero solo le dejó un vaso de agua y un sándwich que Dante ni tocó.

Al caer la noche, Ariadna finalmente bajó.

Dante estaba sentado en el sillón del living, con los codos apoyados en las rodillas y la cabeza entre las manos. La mejilla izquierda todavía mostraba la marca rojiza de sus golpes. Cuando la oyó bajar, levantó la vista lentamente.

Sus ojos estaban rojos. Cansados. Derrotados.

Ariadna se detuvo a varios metros de distancia.

—Quiero irme mañana —dijo sin preámbulos—. Con Bruno. A la otra casa. No quiero seguir aquí.

Dante asintió despacio. No discutió. No suplicó. Solo la miró con una expresión que parecía de completo agotamiento emocional.

—Está bien —respondió con voz ronca—. Bruno ya preparó todo. Pueden salir a las ocho de la mañana. Yo me quedo aquí o me muevo a otro lugar. Lo que sea más seguro para vos.

Ariadna lo miró fijamente. Esperaba que peleara. Que insistiera. Que le rogara. Pero Dante solo aceptaba. Y eso, de alguna forma, le dolía más.

—¿Eso es todo? —preguntó ella, la voz temblando de rabia contenida—. ¿Después de todo lo que pasó hoy, solo decís “está bien”?

Dante se pasó una mano por la cara y se levantó lentamente. Se veía más viejo, más cansado.

—¿Qué querés que diga, Ariadna? —preguntó con sinceridad brutal—. ¿Que no quiero que te vayas? ¿Que me estoy muriendo por dentro solo de imaginar que no voy a verte todos los días? ¿Que preferiría que me siguieras golpeando antes que dejarte ir? Ya lo dije todo. Ya me arrodillé. Ya recibí tus golpes. Ya te conté mis peores verdades.

Dio un paso hacia ella, pero se detuvo cuando vio cómo Ariadna se tensaba.

—Ahora te toca a vos —continuó—. Dime qué querés de mí. Dime qué necesitás. Si querés que desaparezca de tu vida para siempre después de que todo esto termine, lo hago. Si querés que me quede lejos pero disponible por si me necesitás, también lo hago. Solo… decime qué querés. Porque ya no sé cómo seguir amándote sin hacerte más daño.

Ariadna sintió que se le cerraba la garganta.

Lo miró durante un largo rato. Dante estaba frente a ella: alto, imponente, peligroso… y completamente roto por su culpa.

—Quiero que duela —susurró finalmente—. Quiero que sepas lo que se siente cuando la persona que amás decide por vos. Quiero que entiendas que no podés arreglar esto con protección, ni con vigilancia, ni con palabras bonitas. Quiero que sientas que yo también puedo elegir… y que hoy elijo alejarme de vos.

Dante cerró los ojos un segundo. Cuando los abrió, brillaban con algo muy cercano a la desesperación.

—Entonces elijo sufrir —dijo en voz baja—. Elijo quedarme aquí solo, sabiendo que estás lejos. Elijo esperar. Elijo pagar todo lo que te debo, aunque nunca alcance.

Ariadna dio un paso atrás. Tenía el pecho agitado.

—Mañana me voy con Bruno —repitió, como si necesitara decirlo en voz alta para que fuera real—. No me sigas. No me llames. No intentes verme. Solo… déjame respirar sin vos.

Dante asintió una sola vez. Le costó horrores hacerlo.

—Como quieras —susurró.

Ariadna se quedó mirándolo unos segundos más. Quería odiarlo con toda su alma. Quería que él sufriera tanto como ella había sufrido.

Pero ver al hombre fuerte, controlador y peligroso de rodillas frente a ella… le provocaba una mezcla de satisfacción y un dolor nuevo que no sabía cómo manejar.

Se dio media vuelta y subió las escaleras sin decir nada más.

Dante se quedó solo en el living.

Se dejó caer de nuevo en el sillón y apoyó la cabeza contra el respaldo, cerrando los ojos.

Mañana ella se iría.

Y aunque era lo que Ariadna necesitaba…

para él era como si le estuvieran arrancando el último pedazo que le quedaba de corazón.




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