Bajo tu custodia

Capítulo 30

El error más esperado

A la mañana siguiente, el silencio en la casa era casi insoportable.

Ariadna bajó a las siete y cuarenta y cinco con una mochila pequeña al hombro. Solo llevaba lo imprescindible: algo de ropa, su portátil y el pendrive con las fotos que aún conservaba. No miró alrededor. No quería memorizar nada de esa casa.

Bruno ya estaba esperando junto al auto negro estacionado en la entrada. Cuando la vio bajar, le hizo un gesto respetuoso con la cabeza, pero no dijo nada. Sabía que este momento era delicado.

Dante estaba de pie en el centro del living.

No había dormido. Tenía ojeras profundas, la camisa arrugada y la marca de las cachetadas de ayer todavía visible en su mejilla. Cuando Ariadna apareció, levantó la vista y se quedó mirándola como si quisiera grabar cada detalle en su memoria.

Ella se detuvo a varios metros de distancia.

Ninguno de los dos habló durante casi un minuto.

Finalmente, Ariadna rompió el silencio con voz baja pero firme:

—Estoy lista.

Dante tragó saliva. Dio un paso hacia ella, pero se detuvo cuando vio cómo Ariadna tensaba los hombros.

—Quiero que sepas algo antes de que te vayas —dijo él, la voz ronca y cansada—. No voy a seguirte. No voy a vigilarte. No voy a aparecer de repente. Si algún día querés volver a verme… vas a tener que ser vos quien lo decida. Yo voy a respetar lo que elijas.

Ariadna lo miró fijamente. Sus ojos estaban secos, pero brillaban con una mezcla de rabia y algo mucho más profundo.

—Bien —respondió—. Porque si aparecés sin que yo te llame, esta vez no voy a pegarte. Voy a desaparecer de verdad. Y no vas a poder encontrarme.

Dante asintió lentamente. El dolor en su expresión era tan crudo que casi dolía mirarlo.

—Entendido.

Se hizo otro silencio pesado.

Ariadna dio un paso hacia la puerta. Bruno ya tenía el auto encendido.

Antes de salir, se detuvo y miró a Dante por última vez.

—Una parte de mí todavía te odia —dijo en voz baja—. Pero otra parte… todavía te recuerda. Y odio esa parte más que a vos.

Dante dio un paso adelante sin poder evitarlo. Sus ojos estaban brillantes.

—Ariadna…

—No —lo cortó ella, levantando una mano—. No digas nada más. No me pidas que me quede. No me digas que me amás. Solo… déjame ir.

Dante se quedó quieto. Sus puños estaban apretados a los costados. El esfuerzo que estaba haciendo para no acercarse y abrazarla era visible en cada músculo de su cuerpo.

—Está bien —susurró finalmente—. Vete.

Ariadna lo miró un segundo más. Luego se dio media vuelta y caminó hacia la puerta.

Cuando estaba a punto de salir, Dante habló por última vez. Su voz sonó rota, casi un susurro:

—Cuídate. Por favor.

Ariadna no respondió. No se giró.

Salió de la casa y subió al auto sin mirar atrás.

Bruno arrancó suavemente.

Desde la ventana del living, Dante vio cómo el auto se alejaba por la calle. Se quedó allí parado hasta que el vehículo desapareció por completo.

Luego se dejó caer en el sillón, con la cabeza entre las manos.

El silencio de la casa ahora era diferente. Vacío. Frío.

Había cometido muchos errores con Ariadna.

Pero dejarla ir esta vez… ese era el error que más le dolía.

Porque por primera vez, no sabía si ella volvería.

Y aunque sabía que era lo que ella necesitaba…

se sentía como si acabara de perder la única cosa que realmente había amado en su vida.




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