Después del beso
La nueva casa era más pequeña, más fría y más silenciosa.
Ariadna llevaba tres días allí y todavía no se había acostumbrado al silencio. No era el mismo silencio de la casa anterior, cargado de tensión y presencia de Dante. Este era un silencio vacío, hueco, como si alguien hubiera quitado el aire de la habitación.
Bruno era discreto. Apenas hablaba. Le dejaba comida, le informaba de las novedades sobre Valcárcel y luego se retiraba a la habitación del fondo o al garaje. No preguntaba cómo se sentía. No intentaba consolarla. Solo cumplía con su trabajo.
Ariadna agradecía eso.
Pero por las noches, cuando se quedaba sola en la habitación, el silencio se volvía insoportable.
Se sentaba en la cama con las rodillas abrazadas y cerraba los ojos. Y ahí estaba él. Siempre él.
Recordaba el casi beso en la cocina. El calor de su aliento contra sus labios. La forma en que Dante había temblado de deseo y contención. La manera en que se había arrodillado en la terraza, recibiendo sus golpes sin defenderse.
Y lo peor: recordaba cómo se había sentido cuando él le dijo “cuídate” antes de que se fuera. Esa voz rota. Esa mirada de derrota absoluta.
Ariadna se pasaba las manos por la cara, frustrada.
—Te odio —susurraba en la oscuridad—. Te odio tanto…
Pero su cuerpo traicionero no le creía. Su piel todavía recordaba el calor de Dante. Su mente reproducía una y otra vez el momento en que casi se besaron. Y en el fondo, muy en el fondo, una parte de ella se preguntaba cómo estaría él ahora. Solo. En esa casa grande. Sin ella.
En la otra casa, Dante estaba peor.
No dormía. Apenas comía. Se pasaba las horas sentado en el mismo sillón del living, mirando la puerta por donde ella había salido. La marca de las cachetadas ya había desaparecido de su mejilla, pero el dolor seguía ahí, más profundo.
Bruno iba y venía entre las dos casas para coordinar seguridad. Cada vez que regresaba, Dante le preguntaba lo mismo:
—¿Cómo está?
Y Bruno siempre respondía lo mismo:
—Callada. Come poco. No habla mucho. Pero está segura.
Dante asentía y volvía a hundirse en el sillón.
La cuarta noche, ya no aguantó más.
Tomó el teléfono seguro y marcó el número de Bruno.
—¿Está despierta? —preguntó sin saludar.
—Está en su habitación —respondió Bruno—. ¿Querés que le pase el teléfono?
Dante cerró los ojos. El deseo de oír su voz era tan fuerte que le dolía el pecho.
—No —dijo finalmente—. Solo… decile que estoy bien. Y que si necesita algo, lo que sea, yo estoy acá.
Bruno se quedó en silencio un segundo.
—Dante… ella pidió espacio. Si le digo eso, va a saber que seguís pendiente.
—Lo sé —respondió Dante con voz cansada—. Pero no puedo fingir que no me importa. Decile… decile que no la estoy vigilando. Que solo estoy esperando. Que si algún día quiere hablar, aunque sea para insultarme, estoy acá.
Bruno suspiró.
—Se lo diré. Pero no esperes que responda.
Colgó.
Dante dejó el teléfono sobre la mesa y se pasó las manos por el cabello.
Estaba perdido.
Había dejado que se fuera porque era lo que ella pedía. Pero cada día sin verla se sentía como una lenta agonía. No sabía cuánto tiempo más podría soportar esta distancia.
Mientras tanto, en la otra casa, Ariadna estaba sentada en la cama cuando Bruno golpeó suavemente la puerta.
—Dante llamó —dijo Bruno desde el otro lado—. Me pidió que te diga que está bien. Que no te está vigilando. Y que si algún día querés hablar, aunque sea para putearlo, él va a estar ahí.
Ariadna se quedó mirando la puerta cerrada.
No respondió.
Bruno esperó unos segundos y luego se alejó.
Ella se dejó caer hacia atrás en la cama y miró el techo.
—Mentiroso —susurró.
Pero su voz sonó débil. Casi triste.
Porque aunque quería odiarlo con toda su alma…
una parte de ella ya empezaba a extrañar el peso de su presencia. El calor de su mirada. La forma en que él parecía conocerla mejor que nadie.
Cerró los ojos y apretó los puños.
—No voy a volver —se dijo en voz baja—. No voy a volver.
Pero por primera vez desde que se había ido, esa frase sonó más como una súplica que como una promesa.
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Editado: 08.06.2026