Lo que empieza a parecer hogar
Habían pasado ocho días desde que Ariadna se fue con Bruno.
La casa nueva era funcional, limpia y segura, pero seguía sintiéndose como una cárcel disfrazada de refugio. Las paredes eran blancas y frías. Las ventanas tenían rejas discretas. El jardín era pequeño y estaba rodeado de un muro alto. Todo parecía diseñado para que nadie entrara… ni saliera.
Ariadna había creado una rutina para no volverse loca.
Se levantaba temprano, hacía ejercicio en el living (sentadillas, flexiones, abdominales), se duchaba, preparaba su propio desayuno y luego se sentaba frente a su portátil a editar fotos antiguas que tenía guardadas. No trabajaba en nada nuevo. No respondía mails. Solo editaba imágenes que ya había tomado hacía meses, como si eso pudiera devolverle un poco de control sobre su vida.
Bruno era casi invisible. Le dejaba comida en la heladera, le informaba una vez al día sobre la situación con Valcárcel (nada nuevo, solo que seguían buscando) y luego desaparecía. Solo hablaba cuando era estrictamente necesario.
Esa tarde, Ariadna estaba sentada en el sofá con las piernas cruzadas, editando una foto de una playa de Rocha que había tomado el año anterior. La imagen era hermosa: olas rompiendo, cielo dorado, arena vacía. Pero cuanto más la miraba, más se daba cuenta de que ya no sentía nada al verla.
Dejó la laptop a un lado y se abrazó las rodillas.
El silencio era ensordecedor.
Y en ese silencio, Dante aparecía.
No como un recuerdo bonito. Aparecía como un fantasma que se negaba a irse. Recordaba su voz ronca diciendo “cuídate”. Recordaba la forma en que se había arrodillado. Recordaba cómo había temblado cuando casi se besaron.
Se levantó bruscamente y caminó hasta la ventana. Miró el pequeño jardín. Todo estaba quieto.
—Esto no es hogar —murmuró para sí misma—. Esto es solo otro lugar donde esconderme.
Bruno apareció en la puerta del living.
—Hay algo que deberías saber —dijo con su tono seco habitual.
Ariadna se giró.
—¿Qué pasó?
—Dante se mudó ayer a un departamento en el centro. Solo. Sin seguridad extra. Dice que si Valcárcel quiere ir por él, que vaya. Que ya no le importa.
Ariadna sintió que algo se le apretaba en el pecho.
—¿Está solo? —preguntó, intentando que su voz sonara indiferente.
Bruno asintió.
—Completamente. Me dijo que no quiere que nadie lo proteja mientras vos estés lejos. Que si algo le pasa, al menos vos estarás a salvo.
Ariadna se quedó callada. Miró hacia la ventana otra vez.
Bruno esperó unos segundos y luego añadió, más bajo:
—También me pidió que te diga que la casa grande sigue disponible si algún día querés volver. Que no la va a usar. Que la dejó exactamente como estaba cuando te fuiste.
Ariadna apretó los labios.
—No voy a volver —dijo, pero su voz sonó menos convincente de lo que quería.
Bruno se encogió de hombros.
—Solo te estoy pasando el mensaje. Él no va a insistir. Dijo que ya te hizo suficiente daño decidiendo por vos.
Cuando Bruno se retiró, Ariadna se quedó sola otra vez.
Se sentó en el suelo, con la espalda contra el sofá, y cerró los ojos.
La casa donde había estado con Dante ya no se sentía como una prisión. Empezaba a sentirse… como el único lugar donde había sentido algo real en mucho tiempo. Aunque ese “algo real” estuviera lleno de dolor, deseo y heridas abiertas.
Se pasó las manos por la cara.
—¿Por qué tengo que extrañarte? —susurró—. ¿Por qué después de todo lo que me hiciste, todavía siento que algo falta cuando no estás cerca?
No había respuesta.
Solo el silencio de una casa que empezaba a parecerse peligrosamente a un hogar… pero sin él.
Y eso era lo que más la asustaba.
Porque aunque se repetía que odiaba a Dante Verlicchi con toda su alma…
una parte de ella empezaba a sospechar que el verdadero problema no era odiarlo.
Era que, a pesar de todo, todavía lo amaba.
Y ese amor no se había ido con ella cuando se marchó.
#1789 en Novela romántica
#637 en Novela contemporánea
amor redencion esperanza arrepentimiento, segundas opotunidades
Editado: 08.06.2026