Bajo tu custodia

Capítulo 33

Mi cuerpo todavía te recuerda

Habían pasado doce días desde que Ariadna se había ido.

La nueva casa seguía siendo silenciosa, pero ahora el silencio tenía un nuevo peso. Ya no era solo vacío. Era ausencia. La ausencia de Dante.

Ariadna estaba acostada en la cama, mirando el techo a las dos de la madrugada. No podía dormir. Otra vez. Su cuerpo estaba exhausto, pero su mente no dejaba de girar.

Cerró los ojos y trató de pensar en cualquier otra cosa.

No funcionó.

De repente, sintió calor. Un calor familiar que subía desde su vientre y se extendía por toda su piel. Recordó sus manos. La forma en que Dante la tocaba hace tres años: lento, posesivo, como si estuviera memorizando cada centímetro de su cuerpo. Recordó cómo sus dedos bajaban por su espalda, cómo se clavaban en sus caderas cuando la acercaba más, cómo su boca recorría su cuello mientras susurraba su nombre como si fuera una plegaria.

Ariadna apretó los muslos con fuerza.

—No —susurró en la oscuridad—. No ahora.

Pero su cuerpo no obedecía.

Su piel se erizó. Sus pezones se endurecieron bajo la camiseta fina. Sintió un palpitar insistente entre las piernas, un deseo profundo y traicionero que no había sentido con tanta intensidad desde que se había ido.

Se dio vuelta en la cama, frustrada, y enterró la cara en la almohada.

Intentó pensar en las cosas horribles que él había hecho. En la mentira. En las otras mujeres. En que la había vigilado. En que había dejado que fuera al evento a propósito.

Nada funcionaba.

Su cuerpo todavía lo recordaba. Recordaba el peso de Dante sobre ella. Recordaba cómo la llenaba, cómo se movía dentro de ella con esa mezcla perfecta de control y desesperación. Recordaba el sonido grave de su voz cuando llegaba al orgasmo diciendo su nombre.

Ariadna soltó un gemido ahogado y metió la mano dentro de su ropa interior.

Estaba mojada. Mucho.

Sus dedos rozaron su clítoris y un escalofrío violento le recorrió todo el cuerpo. Empezó a tocarse lentamente, imaginando que eran las manos de Dante. Imaginando su boca entre sus piernas. Imaginando cómo la miraba mientras la penetraba, con esos ojos oscuros llenos de posesión y amor.

Sus movimientos se volvieron más rápidos. Más desesperados.

—Dante… —susurró sin querer, y se mordió el labio con fuerza para no volver a decirlo.

El orgasmo llegó fuerte y repentino. Su espalda se arqueó, sus piernas temblaron y un gemido ahogado escapó de su garganta. Se corrió pensando en él. En el hombre que más daño le había hecho. En el hombre que todavía no podía sacarse de la piel.

Cuando terminó, se quedó jadeando, con lágrimas de frustración y vergüenza corriendo por sus mejillas.

Se sentía sucia. Traicionada por su propio cuerpo.

Se levantó de la cama con las piernas temblorosas y fue al baño. Se miró en el espejo. Tenía las mejillas sonrojadas, los labios hinchados de morderlos y los ojos brillantes.

—Te odio —le dijo a su propio reflejo—. Te odio por seguir deseándolo.

Pero su cuerpo todavía vibraba con el placer que acababa de darse pensando en él.

Volvió a la cama y se abrazó la almohada con fuerza.

En la otra casa, a varios kilómetros de distancia, Dante estaba despierto.

Estaba sentado en el borde de la cama, con la cabeza entre las manos. No había dormido bien desde que ella se fue. Su cuerpo también lo recordaba todo. Cada noche tenía que contenerse para no tomar el auto e ir a buscarla. Cada noche luchaba contra el impulso de llamarla solo para oír su voz.

Se levantó y caminó hasta la ventana. Miró la ciudad oscura.

—Te extraño —susurró hacia la noche—. Te extraño tanto que duele respirar.

No sabía que, en ese mismo momento, Ariadna estaba en otra cama, con el cuerpo todavía temblando por un orgasmo que había tenido pensando en él.

Ninguno de los dos sabía que el otro estaba sufriendo exactamente el mismo tipo de dolor.

Un dolor que no era solo emocional.

Era físico.

Era carnal.

Era el cuerpo recordando lo que la mente intentaba olvidar.

Y eso hacía que todo fuera mucho más peligroso.




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