Quédate
Habían pasado dieciséis días desde que Ariadna se fue.
La distancia no había calmado nada. Al contrario. Había hecho que todo se volviera más intenso, más crudo, más imposible de ignorar.
Ariadna estaba sentada en el sofá de la sala, con las piernas recogidas y una taza de té frío entre las manos. Eran las once de la noche. Bruno ya se había retirado. La casa estaba en completo silencio.
De repente, sonó el teléfono seguro que Bruno le había dado.
Número desconocido.
Ariadna miró la pantalla durante varios segundos antes de contestar. Sabía quién era.
—¿Sí?
Hubo un silencio breve al otro lado. Luego, la voz de Dante. Baja, ronca, agotada.
—No voy a pedirte que vuelvas —dijo sin preámbulos—. Solo… necesitaba oír tu voz. Aunque sea para que me digas que me vaya a la mierda.
Ariadna cerró los ojos. Su corazón empezó a latir con fuerza.
—Dante… —susurró. Su nombre le salió sin permiso.
Él soltó un suspiro tembloroso.
—Dios… cómo extrañé que dijeras mi nombre así.
El silencio se estiró entre ellos. Ninguno colgaba.
Ariadna sintió que se le llenaban los ojos de lágrimas.
—¿Por qué llamás ahora? —preguntó, la voz quebrada—. ¿Para torturarme más?
—No —respondió él con honestidad brutal—. Para torturarme yo. Porque cada día sin verte es peor que el anterior. Porque mi cuerpo te recuerda todo el tiempo. Porque me despierto en la noche buscando tu calor y solo encuentro vacío.
Ariadna apretó el teléfono con fuerza.
—Yo también te recuerdo —admitió en un susurro casi inaudible—. Y lo odio. Odio que mi cuerpo todavía reaccione cuando pienso en vos. Odio correrme pensando en tus manos aunque sepa todo lo que me hiciste.
Dante soltó un sonido ahogado al otro lado, como si le hubieran golpeado.
—Ariadna…
—Callate —lo cortó ella, pero su voz ya no era fría—. No digas mi nombre así. No como si todavía tuvieras derecho.
Otro silencio.
Luego Dante habló, más bajo, casi suplicante:
—Vení. Aunque sea solo esta noche. Vení y déjame verte. No te voy a tocar si no querés. Solo… déjame mirarte. Déjame respirar el mismo aire que vos. Después podés volver con Bruno. Te lo juro.
Ariadna sintió que todo su cuerpo temblaba.
Quería decir que no. Quería colgar. Quería seguir odiándolo.
Pero las palabras que salieron de su boca fueron otras:
—Vení a buscarme.
Dante se quedó callado un segundo, como si no creyera lo que acababa de oír.
—¿Estás segura?
—No —respondió ella con voz temblorosa—. Pero vení igual.
Veinticinco minutos después, el SUV negro se detuvo frente a la casa.
Dante bajó del auto. Llevaba una camisa negra y jeans oscuros. Se veía más delgado, más ojeroso, más roto. Bruno lo dejó pasar sin decir una palabra y se retiró discretamente.
Ariadna estaba parada en el centro del living cuando él entró.
Se miraron desde lejos.
Ninguno se movió durante varios segundos.
Luego Dante dio un paso. Y otro. Hasta quedar frente a ella.
—Ariadna… —susurró.
Ella levantó la mano y la apoyó en su pecho, exactamente como lo había hecho días atrás. Podía sentir su corazón latiendo desbocado bajo su palma.
—No digas nada —pidió ella—. Solo… quedate.
Dante cerró los ojos y apoyó su frente contra la de ella. No la besó. No la tocó más allá de ese contacto. Solo respiraron juntos, temblando.
—Te extrañé tanto —murmuró él contra su piel—. Tanto que pensé que me iba a volver loco.
Ariadna sintió que una lágrima rodaba por su mejilla.
—Mi cuerpo todavía te recuerda —confesó en un susurro roto—. Aunque mi mente te odie… mi cuerpo te quiere.
Dante soltó un gemido bajo y doloroso.
—Entonces déjame quedarme esta noche —pidió—. Solo quedarme. Sin promesas. Sin futuro. Solo esta noche.
Ariadna levantó la mirada. Sus ojos estaban llenos de deseo, miedo y una necesidad que ya no podía seguir negando.
—Quédate —susurró finalmente.
Y por primera vez en dieciséis días, los dos dejaron de pelear contra lo inevitable.
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Editado: 24.06.2026