La primera noche
La puerta de la habitación se cerró detrás de ellos con un clic suave.
Ninguno encendió la luz. Solo la luna que entraba por la ventana iluminaba tenuemente el espacio. Ariadna estaba de espaldas a Dante, con el corazón latiéndole tan fuerte que estaba segura de que él podía oírlo.
Dante se quedó quieto junto a la puerta, dándole espacio. Sus manos temblaban a los costados.
—Ariadna… —su voz era apenas un susurro ronco—. Si querés que me vaya, dímelo ahora. Porque una vez que te toque… no sé si voy a poder detenerme.
Ella se giró lentamente. Sus ojos brillaban en la penumbra.
—No quiero que te vayas —dijo en voz baja—. Pero tampoco quiero que esto sea como antes. No quiero que me toques como si tuvieras derecho. Quiero que me toques… como si supieras que puedes perderme en cualquier momento.
Dante tragó saliva. Dio un paso hacia ella.
—Entonces voy a tocarte como si esta fuera la última vez —murmuró.
Se acercó hasta quedar a solo centímetros. No la besó. Solo levantó una mano y rozó con las yemas de los dedos su mejilla, bajando lentamente por su cuello, como si estuviera redescubriendo su piel.
Ariadna cerró los ojos y dejó escapar un suspiro tembloroso.
Dante inclinó la cabeza y apoyó los labios en su frente. Un beso suave. Casi reverente. Luego bajó a su sien, a su mejilla, al borde de su mandíbula. Cada roce era lento, deliberado, lleno de años de añoranza.
Cuando llegó a sus labios, se detuvo.
—Decime que pare —susurró contra su boca.
Ariadna no lo dijo.
En cambio, levantó las manos y las hundió en su cabello, atrayéndolo hacia ella.
El beso fue desesperado desde el primer segundo.
Bocas abiertas, lenguas enredadas, gemidos ahogados. Tres años de dolor, deseo y separación explotando de golpe. Dante la besaba como si quisiera devorarla, como si tuviera miedo de que desapareciera entre sus brazos.
Sus manos bajaron por su espalda, agarrándola por la cintura y pegándola contra su cuerpo. Ariadna sintió su erección dura contra su vientre y soltó un gemido que hizo que Dante temblara.
—Te extrañé tanto… —gruñó él contra su boca—. Tu sabor, tu olor, la forma en que te derrites cuando te toco…
La levantó en brazos sin esfuerzo y la llevó hasta la cama. La depositó con cuidado, como si fuera algo frágil, y se colocó sobre ella sin aplastarla. Sus ojos oscuros la miraban con una intensidad que quemaba.
—Decime qué querés —pidió, la voz rota—. Esta noche mando yo solo si vos me lo permitís.
Ariadna lo miró desde abajo. Tenía los labios hinchados y los ojos brillantes.
—Quiero sentirte —susurró—. Quiero que me hagas olvidar todo por un rato. Quiero que me toques como antes… pero esta vez sabiendo que puedo irme mañana.
Dante soltó un sonido ahogado y bajó la cabeza.
Le besó el cuello, bajando lentamente por su clavícula. Le quitó la camiseta con manos temblorosas y besó cada centímetro de piel que quedaba al descubierto. Cuando llegó a sus pechos, los tomó con reverencia, lamiendo y succionando los pezones hasta que Ariadna arqueó la espalda y gimió su nombre.
—Dante…
Él siguió bajando. Le quitó el pantalón y la ropa interior con lentitud tortuosa. Cuando estuvo completamente desnuda frente a él, se detuvo un segundo solo para mirarla.
—Tan hermosa… —murmuró—. Todavía más hermosa de lo que recordaba.
Se arrodilló entre sus piernas y la besó en el interior de los muslos. Ariadna temblaba. Cuando su boca llegó a su centro, ella soltó un grito ahogado.
Dante la devoró con hambre contenida. Lengua lenta, dedos profundos, succionando su clítoris con la presión exacta que sabía que la volvía loca. Ariadna se retorció, agarrando las sábanas, gimiendo su nombre una y otra vez.
Cuando llegó al orgasmo, fue intenso y largo. Su cuerpo se sacudió contra su boca mientras gritaba.
Dante subió por su cuerpo, besándola en el camino, y se colocó sobre ella. Su erección presionaba contra su entrada.
—Mirame —pidió él.
Ariadna abrió los ojos. Estaban llenos de lágrimas y placer.
Dante entró en ella lentamente, centímetro a centímetro, sin apartar la mirada. Cuando estuvo completamente dentro, los dos soltaron un gemido simultáneo.
—Dios… —gruñó él—. Estás tan apretada… tan caliente… tan mía.
Empezó a moverse. Primero lento, profundo. Luego más rápido, más desesperado. Ariadna le rodeó la cintura con las piernas y clavó las uñas en su espalda.
Se amaron con rabia, con dolor, con tres años de separación y deseo acumulado.
Cuando Dante llegó al clímax, lo hizo gimiendo su nombre contra su cuello, derramándose dentro de ella con fuerza.
Se quedaron abrazados, jadeando, sudorosos, temblando.
Ninguno de los dos habló durante varios minutos.
Finalmente, Ariadna susurró contra su pecho:
—Esto no significa que te perdone.
Dante besó su frente con ternura.
—Lo sé —murmuró—. Pero por esta noche… déjame quedarme dentro de vos. Déjame fingir que todavía soy tuyo.
Ariadna cerró los ojos y apretó los brazos alrededor de él.
Por primera vez en mucho tiempo, durmió sin pesadillas.
Y Dante, por primera vez en semanas, durmió sintiendo que su corazón volvía a latir.
Aunque ambos sabían que la mañana traería de vuelta todo el dolor.
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Editado: 24.06.2026