Bajo tu custodia

Capítulo 36

Lo que no sabía extrañar

La luz del amanecer se filtraba suavemente por las cortinas cuando Ariadna abrió los ojos.

Dante seguía allí.

Estaba dormido a su lado, boca abajo, con un brazo cruzado sobre su cintura como si incluso en sueños temiera que ella desapareciera. Su respiración era profunda y tranquila, algo que Ariadna no había visto en él desde que se habían reencontrado.

Ella se quedó quieta, observándolo.

La marca de sus cachetadas ya casi había desaparecido, pero había nuevas marcas en su espalda: las uñas que ella había clavado anoche durante el placer. Verlas le provocó una mezcla extraña de satisfacción y ternura.

Se permitió, solo por un momento, extrañar lo que nunca había tenido del todo: despertar junto a él sin que el mundo estuviera a punto de derrumbarse.

Dante se removió. Abrió los ojos lentamente y, al verla despierta, su mirada se suavizó de una forma que Ariadna nunca había visto en él. No era deseo. Era algo más profundo. Más vulnerable.

—Buenos días —murmuró con voz ronca por el sueño.

Ariadna no respondió de inmediato. Solo lo miró.

Dante levantó una mano con cuidado y le apartó un mechón de cabello de la cara. El gesto fue tan suave que ella sintió un nudo en la garganta.

—No me mires así —susurró ella.

—¿Cómo?

—Como si esto fuera real. Como si pudiéramos tener mañanas normales.

Dante se acercó un poco más, pero sin invadir su espacio. Sus labios rozaron apenas su frente.

—Esta mañana es real —dijo en voz baja—. Aunque solo dure unas horas. Aunque mañana vuelvas a odiarme. Esta mañana… es nuestra.

Ariadna cerró los ojos. Su cuerpo todavía recordaba cada caricia de la noche anterior. Cada beso. Cada vez que él había susurrado su nombre como si fuera una oración.

Dante bajó la cabeza y besó su hombro desnudo. Luego su clavícula. Luego el valle entre sus pechos. Era lento, reverente, completamente distinto al sexo desesperado de anoche.

—Déjame cuidarte un poco —pidió contra su piel—. Solo hoy. Sin protección, sin reglas, sin miedo. Solo… déjame quererte como debería haberlo hecho siempre.

Ariadna sintió que se le llenaban los ojos de lágrimas.

—No sé cómo dejar que me quieras —confesó en un susurro—. Cada vez que lo intentás, termino rota.

Dante levantó la cabeza y la miró a los ojos.

—Entonces déjame aprender —dijo con voz ronca—. Déjame mostrarte cómo se ve el amor cuando no tengo miedo de perderte. Aunque sea solo por unas horas.

La besó. Esta vez no fue desesperado. Fue profundo, lento, lleno de todo lo que no se habían dicho en tres años. Sus manos recorrieron su cuerpo con paciencia, redescubriendo cada curva como si fuera la primera vez.

Cuando entró en ella, lo hizo mirándola a los ojos. Movimientos lentos, profundos, sin prisa. Ariadna se aferró a sus hombros, gimiendo suavemente contra su boca.

Esta vez no fue solo sexo.

Fue algo más cercano a la intimidad que habían perdido.

Cuando llegaron juntos al clímax, Ariadna enterró el rostro en su cuello y dejó escapar un sollozo ahogado. Dante la abrazó con fuerza, besando su cabello, sus sienes, sus lágrimas.

Se quedaron así un largo rato, enredados, respirando el mismo aire.

Ariadna fue la primera en hablar, con la voz quebrada:

—No sé qué estoy haciendo.

Dante besó su frente.

—Estás dejando que te quiera un poco —murmuró—. Y yo… estoy aprendiendo a no destruirte mientras lo hago.

Ella se quedó en silencio, con la cabeza apoyada en su pecho, escuchando los latidos de su corazón.

Por primera vez en mucho tiempo, no sintió solo dolor.

Sintió algo que se parecía peligrosamente a la esperanza.

Y eso la aterrorizaba más que cualquier amenaza de Valcárcel.

Porque si dejaba entrar esa esperanza… y Dante volvía a fallarle…

esta vez no estaba segura de poder sobrevivir.




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