Bajo tu custodia

Capítulo 37

Casi paz

Por primera vez en semanas, la mañana no se sintió como una batalla.

Ariadna despertó sola en la cama. El lado de Dante todavía conservaba su calor y su olor. Se quedó un momento allí, respirando ese aroma que tanto había intentado olvidar, y por unos segundos se permitió no odiarse por extrañarlo.

Se levantó, se puso una de sus camisetas negras oversized y bajó descalza.

Dante estaba en la cocina.

Había preparado café, tostadas con manteca y mermelada, y un plato de fruta cortada. Nada exagerado. Nada que pareciera un intento de impresionar. Solo… desayuno.

Cuando la vio aparecer, levantó la vista y sonrió. No era su sonrisa peligrosa de siempre. Era más suave. Más cansada. Más real.

—Buenos días —dijo en voz baja.

Ariadna se detuvo en la entrada de la cocina. Por un momento no supo qué hacer. La escena se sentía demasiado… normal. Demasiado parecida a lo que podrían haber tenido si todo hubiera sido diferente.

—No tenías que preparar nada —murmuró.

—Lo sé —respondió él—. Pero quería hacerlo.

Se sentó frente a él en la isla. Dante le sirvió café exactamente como a ella le gustaba y empujó el plato de tostadas hacia ella.

Comieron en silencio. No era incómodo. Era… casi pacífico.

Dante la observaba de reojo mientras ella comía. Notó que había perdido un poco de peso en estos días. Notó las ojeras que intentaba disimular. Notó cómo sus hombros seguían tensos, como si esperara que en cualquier momento todo se derrumbara.

—¿Estás bien? —preguntó él finalmente, con voz suave.

Ariadna levantó la mirada.

—No lo sé —admitió—. Anoche… esta mañana… todo se siente extraño. Como si estuviéramos jugando a ser normales cuando nada entre nosotros lo es.

Dante asintió lentamente.

—No estamos jugando —dijo—. Solo estamos… respirando un poco. Sin peleas. Sin reglas. Sin pasado por unas horas.

Ariadna soltó una risa baja y amarga.

—Siempre hay pasado, Dante. Siempre está ahí, entre nosotros.

—Lo sé —respondió él—. Pero hoy… hoy solo quiero verte comer. Quiero verte sonreír aunque sea una vez. Quiero fingir, aunque sea por un rato, que no soy el hombre que te rompió.

Ariadna lo miró durante un largo momento. Luego, contra todo pronóstico, estiró la mano y tomó una tostada del plato de él, mordiéndola sin pedir permiso.

Dante sonrió. Una sonrisa pequeña, pero genuina.

Pasaron el resto de la mañana así. Pequeñas cosas.

Dante lavó los platos mientras ella se sentaba en la mesada a mirarlo. Hablaron de tonterías: del clima, de una foto que Ariadna había editado días atrás, de un libro que él había estado leyendo. Nada profundo. Nada doloroso.

Por un rato, casi se sintió como una pareja normal.

Casi.

Al mediodía, Ariadna estaba sentada en el sofá con las piernas sobre las de Dante. Él le masajeaba los pies con movimientos lentos y firmes. Ninguno hablaba. Solo existían.

Ariadna cerró los ojos y suspiró.

—Esto es peligroso —murmuró.

—¿Por qué?

—Porque se siente bien. Y todo lo que se siente bien contigo termina doliendo después.

Dante detuvo sus manos un segundo. Luego continuó, más suave aún.

—Entonces déjame darte algo bueno antes de que duela —dijo en voz baja—. Solo hoy. Solo unas horas más de casi paz.

Ariadna abrió los ojos y lo miró.

Por primera vez en mucho tiempo, no había rabia en su mirada. Solo cansancio… y una pequeña, peligrosa chispa de esperanza.

Se inclinó hacia adelante y lo besó. Fue un beso lento, sin urgencia, sin desesperación. Solo labios que se encontraban porque querían.

Cuando se separaron, Ariadna apoyó la frente contra la de él.

—No te perdono —susurró.

—Lo sé —respondió Dante, cerrando los ojos—. Pero gracias por dejarme estar cerca igual.

Se quedaron así un largo rato.

Casi en paz.

Casi como si pudieran tener un futuro.

Casi.

Porque ambos sabían que la verdad a medias todavía estaba ahí, esperando para salir.

Y cuando saliera… todo esto hermoso se rompería de nuevo.




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