Lo hiciste otra vez
Ariadna se quedó de rodillas en el living mucho tiempo después de que Dante se fuera.
El silencio de la casa era ahora ensordecedor. No había pasos, no había voz ronca, no había presencia que llenara el espacio. Solo ella y el eco de sus propias palabras.
“Me elegiste como un secreto.”
“Quiero que me ames como a una igual.”
“Hasta que aprendas a hacerlo… no quiero verte.”
Las había dicho con toda la fuerza que le quedaba. Y ahora, sola, se daba cuenta de que cada una de ellas le había costado un pedazo de alma.
Se levantó con dificultad y caminó hasta la ventana. Miró hacia afuera sin ver nada. Las lágrimas seguían cayendo, pero ya no eran de rabia. Eran de un dolor profundo, agotado, que le pesaba en el pecho como una piedra.
—Otra vez no… —susurró para sí misma, con la voz rota—. Otra vez me hiciste creer que podíamos tener algo distinto… y otra vez lo arruinaste.
Se abrazó a sí misma, temblando.
Recordaba la noche anterior. Sus manos en su piel. Su boca susurrando su nombre. La forma en que la había mirado mientras entraba en ella, como si fuera lo más precioso del mundo. Por unas horas había creído que tal vez, solo tal vez, Dante estaba cambiando.
Y hoy descubría que seguía siendo el mismo.
Seguía ocultándole cosas “por su bien”. Seguía decidiendo qué merecía saber. Seguía amándola desde el control.
Ariadna se dejó caer en el sofá y enterró la cara entre las manos.
El llanto llegó fuerte, desgarrador. Sollozos que le sacudían todo el cuerpo. Lloró por la chica de 21 años que se había enamorado de un hombre peligroso. Lloró por la mujer de 24 que seguía amándolo a pesar de todo. Lloró por la esperanza que había sentido esa mañana y que ahora yacía hecha pedazos en el suelo.
—¿Por qué no podés amarme sin destruirme? —preguntó en voz alta, aunque nadie la escuchaba—. ¿Por qué cada vez que te dejo entrar, termino más rota que antes?
No tenía respuesta.
Solo el silencio.
Y el dolor.
Un dolor tan grande que le costaba respirar.
En algún momento Bruno se acercó. Se quedó en la puerta del living, sin entrar del todo.
—¿Estás bien? —preguntó con voz baja.
Ariadna levantó la cabeza. Tenía la cara hinchada, los ojos rojos y la voz ronca.
—No —respondió con honestidad—. Pero voy a estarlo. Algún día.
Bruno asintió. No intentó consolarla. Solo dijo:
—Dante se fue. Me pidió que te diga que va a respetar tu decisión. Que no va a acercarse hasta que vos lo llames. Y que… si necesitás cualquier cosa, yo estoy acá.
Ariadna cerró los ojos.
—Gracias.
Bruno se retiró en silencio.
Ella se quedó sola otra vez.
Se acostó en el sofá, hecha un ovillo, y cerró los ojos.
—Otra vez no… —repitió en un susurro roto—. Otra vez me hiciste elegir entre amarte y salvarme a mí misma.
Y por primera vez, la elección le dolía tanto que no sabía si iba a poder vivir con ella.
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Editado: 13.07.2026