Hasta aquí
Ariadna se levantó del sofá cuando el sol ya estaba alto.
Tenía los ojos hinchados, el cuerpo pesado y un vacío en el pecho que parecía no tener fondo. Se miró en el espejo del baño y casi no se reconoció. La mujer que veía allí ya no era la misma que había llegado a esa casa semanas atrás.
Se duchó con agua caliente, como si pudiera lavar todo el dolor. No funcionó. Cuando salió, se vistió con ropa cómoda y bajó.
Bruno estaba en la cocina, preparando café. La miró un segundo y entendió todo sin que ella dijera una palabra.
—Quiero irme —dijo Ariadna con voz ronca pero firme—. No a otra casa segura. Quiero irme de verdad. A mi vida. O a lo que quede de ella.
Bruno dejó la taza que tenía en la mano.
—Sabés que Valcárcel sigue buscando —respondió con calma—. No es seguro.
—Lo sé —dijo ella—. Pero quedarme aquí, escondida, esperando que Dante decida cuándo es el momento de volver… eso tampoco es vivir. Prefiero arriesgarme a que me encuentren a seguir viviendo como un secreto que alguien más protege.
Bruno la observó durante un largo rato. Luego asintió lentamente.
—Voy a hablar con Dante. Si él está de acuerdo, te llevo yo mismo a donde quieras. Pero necesito que seas consciente de que esto cambia todo. Ya no habrá custodia directa. Solo vigilancia remota y un protocolo de emergencia.
Ariadna tragó saliva.
—Está bien.
Bruno sacó su teléfono y salió a la terraza para hablar.
Ariadna se quedó sola en la cocina. Se sirvió un vaso de agua con manos temblorosas y bebió despacio, intentando calmar el nudo que tenía en la garganta.
Cuando Bruno volvió, su expresión era seria.
—Dante aceptó —dijo—. Dijo que si esto es lo que necesitás, lo va a respetar. Pero me pidió que te diga una cosa antes de que te vayas.
Ariadna levantó la mirada.
Bruno continuó con voz baja:
—Dijo que entiende que llegaste hasta aquí. Que entiende que ya no podés más. Que va a darte el espacio que pedís. Y que… si algún día querés volver, no va a ser como su secreto. Va a ser como su igual. O no va a ser.
Ariadna sintió que se le cerraba la garganta.
No respondió.
Bruno esperó unos segundos y luego añadió:
—Podemos salir en una hora. ¿Adónde querés ir?
—A mi departamento —dijo ella sin dudar—. Aunque esté destrozado. Aunque sea peligroso. Quiero volver a mi vida. Aunque sea pedazo por pedazo.
Bruno asintió.
—Voy a preparar todo.
Una hora después, Ariadna estaba sentada en el asiento trasero del auto. Llevaba solo una mochila con lo esencial. Miraba por la ventana mientras la casa segura se alejaba por el espejo retrovisor.
No miró atrás.
Cuando llegaron a su edificio en Pocitos, el departamento seguía con la puerta arreglada, pero el interior todavía mostraba las huellas del registro. Libros tirados, cajones abiertos, el desorden que alguien había dejado atrás.
Ariadna entró y cerró la puerta.
Se quedó de pie en el medio del living destrozado.
Y entonces, por primera vez desde que todo empezó, se permitió sentirlo todo.
El abandono. La vigilancia. Las mentiras. Las noches en que Dante la había tocado como si fuera lo único que importaba. La forma en que él se había arrodillado. La esperanza que había sentido y que acababa de morir.
Se dejó caer en el sofá destrozado y lloró.
Lloró hasta que no le quedaron lágrimas.
Cuando finalmente se calmó, se limpió la cara y miró alrededor.
—Hasta aquí —susurró para sí misma—. Hasta aquí llegué contigo, Dante.
Se levantó, recogió algunos libros del suelo y los colocó en la biblioteca con manos temblorosas.
No era mucho.
Pero era un comienzo.
Su comienzo.
Sin custodia.
Sin secretos.
Sin él.
Por primera vez en mucho tiempo, Ariadna Salvatierra sintió que estaba eligiendo su propio camino.
Aunque doliera como el infierno.
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Editado: 13.07.2026