La distancia más cruel
Dante se quedó parado frente a la ventana de su departamento en el centro de Montevideo durante horas.
El vidrio reflejaba su imagen: ojeras profundas, barba de varios días, camisa arrugada. Parecía un hombre que había perdido una guerra que él mismo había empezado.
Desde que Ariadna se había ido de la casa segura, no había dormido. Apenas comía. Solo caminaba de un lado a otro como un fantasma, revisando el teléfono cada pocos minutos, esperando un mensaje que sabía que no llegaría.
Bruno le había informado que ella estaba de vuelta en su departamento. Que había rechazado protección cercana. Que solo aceptaba vigilancia remota mínima.
Dante no había discutido.
Había aceptado.
Y esa aceptación lo estaba matando lentamente.
Se pasó una mano por la cara y soltó un suspiro tembloroso.
La distancia era cruel de una forma que nunca había imaginado.
Antes, cuando la había dejado hacía tres años, al menos podía engañarse pensando que ella estaba a salvo, que su ausencia la protegía. Ahora sabía la verdad: ella estaba sola, vulnerable, y había elegido estarlo lejos de él.
Cada noche se repetía las mismas imágenes:
Ariadna llorando en el suelo después de que él se fuera. Ariadna diciendo “hasta aquí” con la voz rota. Ariadna mirándolo como si ya no viera al hombre que amaba, sino solo al que la había destruido una y otra vez.
Se dejó caer en el sillón y apoyó los codos en las rodillas.
—Te perdí —susurró en la oscuridad del departamento vacío—. Esta vez de verdad.
El dolor no era solo emocional. Era físico. Un peso constante en el pecho que le dificultaba respirar. Un vacío en el estómago que no se llenaba con nada. Un ardor en la piel donde ella lo había tocado por última vez.
Se levantó y caminó hasta el bar. Se sirvió un whisky doble y lo bebió de un trago. No le ayudó. Nada ayudaba.
Sacó el teléfono y abrió la galería. Tenía una sola foto de ella. Una que había tomado a escondidas hace años, cuando todavía estaban juntos. Ariadna riendo, con el cabello suelto y los ojos brillantes. La miró durante largos minutos.
Luego borró la foto.
No porque quisiera olvidarla.
Sino porque no se merecía tenerla.
Se sentó en el suelo, con la espalda contra la pared, y por primera vez en su vida adulta, Dante Verlicchi se permitió derrumbarse del todo.
Lloró.
Lloró en silencio, con los puños apretados y el cuerpo temblando, como si estuviera expulsando años de control, años de decisiones equivocadas, años de amar mal.
Cuando las lágrimas se secaron, solo quedó una certeza fría y dolorosa:
Ella tenía razón.
La había elegido como un secreto.
La había amado desde las sombras.
La había protegido decidiendo por ella.
Y ahora pagaba el precio.
La distancia más cruel no era estar lejos de ella.
Era saber que ella estaba cerca, en la misma ciudad, respirando el mismo aire… y haber sido él quien la había empujado a alejarse.
Se quedó allí sentado hasta que amaneció.
No durmió.
No comió.
Solo pensó en ella.
Y por primera vez, se preguntó si alguna vez sería digno de volver a tenerla.
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Editado: 13.07.2026